La generación que quiere denunciar al Estado

Feministas de Madrid se manifiestan por sus derechos en 1978./EFE
Feministas de Madrid se manifiestan por sus derechos en 1978. / EFE

La novelista Sònia Hernández relata las expectativas fallidas de los nacidos a finales de los 70 en 'El lugar de la espera'

Álvaro Soto
ÁLVARO SOTOMadrid

No pretendía hacer Sònia Hernández (Terrassa, 1976) con 'El lugar de la espera' (Acantilado) un retrato generacional, pero algunas obras escapan a la intención de su creador y probablemente haya sucedido eso con la novela de la escritora catalana, una de las voces más interesantes del panorama literario nacional. «Si todos (menos yo) dicen que es el retrato de una generación, debe de serlo, pero mi voluntad era mostrar el desencanto como un momento vital que sucede cuando uno pasa los 40 años y descubres, con Gil de Biedma, que la vida iba en serio», explica la narradora.

Por 'El lugar de la espera' desfilan personajes que no saben a quién culpar por no haber alcanzado los sueños que les prometieron. Está Malva, la actriz que pasó una mala etapa y que ahora sirve copas, pero que piensa que en dos años podrá retomar su carrera, están los que se refugian en el arte como consuelo o protesta; o los que, como Javier, se proponen denunciar a sus padres, a la escuela o al Estado. «Hace unos meses apareció la noticia de que un indio de 27 años había denunciado a sus padres por engendrarlo. Me decían que yo me había inspirado en esa noticia, pero yo lo hice en el pintor y dramaturgo Iago Pericot, fallecido el año pasado y amigo mío, que decía que iba a denunciar a la Iglesia y al Estado por haberle robado la juventud», apunta Hernández.

Hacerse mayor es gestionar las expectativas fallidas, y más en el caso de los jóvenes que nacieron en los años 60 y 70, algunos de los cuales, como en la novela, cantaron el 'Cara al sol' en la escuela y que, sin embargo, en su adolescencia vieron llegar la democracia y con ella, la esperanza. «En el desarrollismo de los 60 había una efervescencia especial, unas ganas de que el país cambiara. Pero a toda esa gente, cuando ha llegado a cierta edad, le ha tocado hacerse más realista», explica la autora de 'Los Pissimboni' y 'El hombre que se creía Vicente Rojo'.

Las quejas contra la realidad de sus protagonistas permiten a la escritora reflexionar sobre el victimismo y el dolor. «Tanto el victimismo como el dolor se pueden convertir en una zona de confort. El dolor puede ser también una manera de no aburrirte y yo sí que detecto cierta actitud victimista entre mucha gente (no todos, obviamente) de los que nacieron a finales de los 70», apunta Hernández, admiradora del escritor Emmanuel Carrére. «Carrére decía que al principio tenía que inventar el dolor y la abyección, pero que pasado el tiempo ya no le hacía falta inventárselo porque lo había conocido. Mis libros pueden salir oscuros, pero mis imágenes de referencia son más luminosas», concede la autora.

La lucha entre la responsabilidad individual y la colectiva es otro de los ejes sobre los que pivota 'El lugar de la espera'. «Muchas veces yo me pregunto hasta qué punto el individuo se diluye en lo colectivo y uno se deja llevar», subraya Hernández, que para Malva se inspiró en una actriz de series de televisión que trabajaba como camarera y que ella conoció en Barcelona. «Decían que se le habían cruzado los cables, pero que, en cuanto superase sus problemas de depresión y de drogas, volvería a ser actriz. A mí me obsesionaba que siempre decía: 'Dentro de dos años'. ¿Cómo podía tener tan claro que todo se iba a arreglar en dos años? ¿Cómo imaginarnos cómo será nuestra vida dentro de dos años?», se cuestiona la escritora.

En la novela también hay una crítica al sistema político de la transición, en un momento en que lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer. «El sistema político no lo ha hecho bien y del franquismo y de la transición quedan aún remanentes. Pero no podemos culpar sólo a los políticos. ¿Volvemos a ser asamblearios? Yo creo que la esperanza la debemos mantener cada día sin necesidad de que miles de personas se reúnan en las plazas. El reto es la educación y la cultura, que la gente sea capaz de tener espíritu crítico», concluye Hernández.

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