«Con 14 años leí obligada el 'Quijote' y me aburrí. Con 20 lo releí y me enamoró»

Ana María Matute. /
Ana María Matute.

"Mi discurso será corto. No quiero aburrir", avanzaba Ana María Matute en esta entrevista concedida en vísperas de recibir el premio Cervantes

MIGUEL LORENCIMadrid

«A la literatura, a la grande, se entra a través del dolor, de la pérdida y las lágrimas». Lo dice Ana María Matute (Barcelona, 1925), un cuerpo frágil con una mente muy ágil que mañana recibirá el diploma y la medalla que la acreditan como ganadora del premio Cervantes. Matute, narradora y académica, la tercera mujer distinguida con el premio mayor de las letras hispanas, lo recibirá de manos del rey Juan Carlos «con respeto y alegría». Así lo explicó ayer en la Biblioteca Nacional, donde veló las armas del premio junto a la ministra de Cultura, Ángeles González- Sinde, y un buen puñado de escritoras y políticas.

Llegó la Matute -así le gusta que la llamen- puntual a su cita. Ayudándose con una muleta, posó risueña ante la escalinata principal, bajo las esculturas de Lope y Cervantes. Cambió la muleta por una silla de ruedas y ya en el interior sí explicó la ambivalencia de sus sensaciones ante las primeras lecturas de "El Quijote", origen de la novela moderna, con la que viajó del aburrimiento a la lágrima. «La primera vez lo leí obligada con sólo 14 años. Me aburrió muchísimo y no entendí nada. La segunda fue con 18 o 20 años; me dije que no podía ser que no lo hubiera leído cuando ya estaba instalada como escritora y me enamoró», explicó risueña. «Fue la primera vez que lloré leyendo un libro: la muerte del Quijote, que muriera como se moría... Me dio una pena enorme. Pero aquellas lágrimas no brotaron por la muerte en sí del personaje; lloré por comprender que la muerte trae un desencanto, una frustración, y pensar que tu vida ha sido una pérdida de tiempo», explicó.

El discurso de Matute en el paraninfo de la centenaria universidad complutense será «breve y emotivo». Estará trufado de referencias a la infancia y la obra de Cervantes. Es lo único que anticipó la octogenaria y lúcida escritora ante la curiosidad de una multitud de periodistas. «¿El discurso? Será corto. No quiero aburrir», se zafó Matute, reconociendo que sí habrá referencias a «mi razón de vivir». «Leerlo me da miedo. No lo hago muy bien y reconozco que estoy muy nerviosa», admitió la autora, auxiliada por la ministra para subsanar su sordera. «Si lo cuento ahora, con lo cortito que es... Daré las gracias por este honor tan grande y explicaré lo que ha sido la razón más importante de mi vida: la escritura y la literatura», avanzó.

Comenzó a escribir con cinco años y su vida no ha sido, ni mucho menos, un camino de rosas. «Ha habido mucho dolor, muchas dificultades, pero también muchas alegrías». Reconocía, sí, que el dolor es más importante para un escritor que la felicidad. «A la literatura grande, la de verdad, no se entra con positividad y el optimismo, se entra con dolor y con lágrimas», insistía.

La autora de "Paraíso inhabitado" y "Olvidado Rey Gudú" tampoco dio pistas sobre la novela en la que trabaja y que ya tiene casi cocinada. «El premio me está retrasando, pero digamos que gloriosamente. Estoy muy feliz por este retraso», bromeó. «Lo tengo todo captado. Esto de escribir es una cacería y yo ya tengo a la presa en la red», explicó.

Tercera mujer

A punto de cumplir 85 años, a Matute le suena bien lo de Internet, los libros electrónicos y las nuevas tecnologías, pero para ella el disfrute sigue en el libro convencional. «Los libros de siempre... Es la única manera en que he leído y leo. Adoro el olor del papel, pasar las páginas. No creo que las nuevas tecnologías hagan daño: quizá logren que la gente que no lee lo considere más fácil, más cómodo. Para mí no, desde luego, pero para las nuevas generaciones es algo natural. A mí que me dejen con mis antiguallas», reclamó.

Titular del sillón k en la Real Academia, Matute es la tercera mujer en el palmarés del Cervantes, que en sus 35 años de existencia sólo había distinguido a otras dos escritoras: la malagueña María Zambrano en 1988 y la cubana Dulce María Loynaz en 1992. Le gustaría que hubiera más mujeres en esa lista pero no quiso entrar en disquisiciones sobre cuotas.