A Julián Rodríguez, gracias

Tenía ese don, el de descubrir antes que los demása escritores, artistas o lugares que nos hacen sentirque vale la pena cada segundo de vida. Y no se guardaba ninguno para sí mismo, todos los regalaba, como si la belleza solo existiera realmente en el hecho sencillo de compartirla

ANTONIO SÁEZ DELGADOProfesor de la Universidad de Évora, traductor y escritor

Es difícil despedirse de alguien como Julián Rodríguez, que lo llenaba todo con su presencia. Parecía haber leído todos los libros del mundo, conocer todas las editoriales y haber visto todos los cuadros, y aún tenía espacio para ser una enciclopedia ambulante de restaurantes, vinos, hoteles, paisajes y afectos. Julián era, y duele escribir el verbo en pasado, alguien singular, con una sensibilidad y un talento especiales para todo aquello que nos regala la vida en forma de belleza. Tenía ese don, el de descubrir antes que los demás a escritores, artistas o lugares que nos hacen sentir que vale la pena cada segundo de vida. Y no se guardaba ninguno para sí mismo, todos los regalaba, como si la belleza solo existiera realmente en el hecho sencillo de compartirla. Julián lo compartía todo, siempre llegaba con una bolsa de libros o discos, con una botella de vino o un regalo inesperado.

He tenido el privilegio de ser su amigo durante cuarenta años. El pasado viernes murió, de un ataque al corazón, cuando contaba cincuenta. Con Julián se va el escritor sobrio y contenido, esencial y delicado al que tantas veces seguiré leyendo, para aprender; se va también el galerista, comisario y crítico, que hizo de su manera de entender el arte contemporáneo una fórmula genuina para separar el trigo de la paja, en continuo diálogo con la tradición; se marcha el editor lúcido y virtuoso de Periférica, un milagro con sede en Extremadura; nos deja el incansable agitador cultural, el propulsor del café-concierto La Torre de Babel y de varios restaurantes de Cáceres; se va alguien fundamental y absolutamente necesario para la cultura y la sociedad.

Nació en Ceclavín y llegó a Cáceres con diez años. Pronto nos hicimos amigos, gracias a su hermano Javier (un hermano que compartimos), y pasamos la infancia y la adolescencia y la primera juventud en un piso de la calle Diego María Crehuet o en otro de la calle de Gallegos, en las aulas del colegio Paideuterion o en la antigua Facultad de Filosofía y Letras. Allí estaba Julián, llenándolo todo con su presencia, hablando en voz baja, como los portugueses, con su mirada irónica y su inusual amabilidad. En los tiempos de la universidad, lo recuerdo llevándonos a Javier y a mí a la cafetería de la facultad, sentándonos a una mesa repleta de libros y conversación, y Julián parecía ya dirigir la tertulia literaria de un cuadro de Solana. Por aquel entonces, alcanzando apenas la veintena, amueblaba a pasos acelerados la inabarcable biblioteca de su memoria.

No creo que haya nadie que se haya cruzado en su camino, dentro o fuera de Extremadura, del mundo de la literatura o de las artes, que no tenga una palabra de agradecimiento hacia él. Serían incontables los libros que pasaron por sus manos en forma de manuscrito antes de ser publicados o los proyectos artísticos que le llegaban buscando su opinión. Julián iba siempre por delante, pero nunca dejó de ayudar, de orientar, de iluminar. Déjenme decirlo en una frase: no ha habido en Extremadura nadie que haya conseguido un lugar de privilegio semejante al suyo en la cultura nacional, y menos aún que lo haya desempeñado con tanta generosidad e inteligencia, siempre dispuesto a tender la mano a nuevos proyectos e inquietudes. Julián era todo corazón, y precisamente por eso también implacable en sus juicios, porque creía enormemente en el rigor y la justicia.

La última vez que nos vimos fue en el Meiac de Badajoz. Allí bromeamos sobre el paso del tiempo, los viajes que habíamos hecho recientemente y los achaques que teníamos. Como siempre, me habló de una de sus grandes pasiones: sus sobrinos. Al cabo de unos días me escribió para preguntarme cómo iban las cosas. Cuesta imaginar a alguien tan cercano –incluso en la distancia– y tan sensible, generoso hasta el extremo.

Recuerdo a Julián riendo en tardes de conversaciones sobre literatura o en noches interminables en Lisboa. Su mirada cómplice, la distancia irónica y salvadora con la que se enfrentaba a tantas aristas de la vida, seguramente entre ellas a su propio fin. Amaba rabiosamente vivir, le apasionaba la belleza en todas sus formas, cultivaba con delicadeza la extraña flor de la amistad. Por eso, ahora que ya no está, estoy seguro de que todas las botellas que descorchemos los que hemos tenido el privilegio de ser sus amigos, todos los libros que leamos, todos los cuadros y las fotografías que veamos y todos los lugares bellos que visitemos nos hablarán de él, de Julián Rodríguez, maestro en tantas formas de la vida, a quien hice confesiones inconfesables y me respondió siempre con una de sus muchas cualidades, la discreción, la virtud de los más sabios y exigentes.