Gastrohistorias

De cuando el cóctel quiso llamarse «copetín»

Ilustración de Gumersindo Sainz de Morales para 'El arte del coktelero europeo', 1931./
Ilustración de Gumersindo Sainz de Morales para 'El arte del coktelero europeo', 1931.

En los años 30 y 40 hubo quien quiso eliminar todo extranjerismo del léxico gastronómico. Por ejemplo, rebautizando la palabra «cocktail»

Ana Vega Pérez de Arlucea
ANA VEGA PÉREZ DE ARLUCEAMadrid

«Un copetín, por favor. Y agitado, no revuelto». Si la iniciativa que les cuento hoy hubiese triunfado, no sólo serían diferentes las películas de James Bond sino que ahora iríamos a los bares a pedir copetines, habría copetinerías y en las tiendas de menaje se venderían copetineras. Que serían los mismos utensilios que en nuestro espacio-tiempo conocemos como «cocteleras», pero con otro nombre.

Quizás exista por ahí un universo paralelo en el que los españoles digan «copetín» en vez de «cóctel», porque ciertamente hubo gente que se esforzó mucho en intentar implantar ese cambio de nomenclatura. Por si ustedes no lo saben, «copetín» es la palabra con la que se conoce en muchos países de Hispanoamérica al traguito aperitivo o bebida que se toma antes de comer, mientras que en Argentina por ejemplo es directamente sinónimo de «cóctel» y, a la vez, una tradición culinaria de picoteo vespertino con bebidas incluidas. El alcohólico copetín argentino proviene no de un diminutivo derivado de «copa» (como cree la RAE), sino al parecer del vocablo genovés cuppetin, pero nada de eso sabían en España los filólogos aficionados que en los años 30 quisieron borrar el anglófilo cóctel por el —según ellos— muy hispano copetín.

En 1927 el 'Diccionario manual e ilustrado de la lengua española' incluyó por primera vez el término «coctel», sin tilde, para denominar la «bebida compuesta con diversos licores, azúcar, nuez moscada, limón, menta, hielo, etc.» Una definición tan ambigua como sufrido había sido el proceso de adaptación del cock-tail anglosajón al idioma castellano, con versiones en spanglish que fueron desde el chincotel de Pérez Galdós hasta el coktel, el jog-tail o el cotel. Para cuando la RAE quiso reaccionar ante la creciente popularidad de esta mezcla de licores, los combinados llevaban ya más de 30 años dando guerra y el léxico popular había adoptado con fervor aquel extranjerismo, de modo que no pudo hacer más que certificar su uso y si acaso indicar su uso con tilde, como hizo en 1983.

Hubo a quien aquello le pareció un despropósito y una debacle nacional comparable a la de la Armada Invencible, así que desde distintos frentes se orquestaron diversas guerras anti-cóctel y pro-copetín. La revista gastronómica 'Marmitón', por ejemplo, que desde sus páginas reivindicó la españolidad de la mahonesa e incluso del mismísimo foie-gras. incluyó en su segundo número (diciembre de 1933) un artículo titulado «¿Y por qué no llama usted copetín al cotel o cock-tail?». El autor clamaba a la RAE por haber olvidado meter en el diccionario el ilustre copetín, «neologismo sonoro, eufónico y de expresión graciosa y picaresca con que los argentinos han castellanizado el bárbaro y antipático nombre de cock-tail». Fue incluso más allá, sospechando de la paternidad estadounidense del invento y defendiendo cual soldado de los Tercios el origen nacional de las mixturas embolingantes. Resignado ante tamaña leyenda negra, apuntó que ya que el dichoso concepto yanqui se había universalizado, al menos era «preciso designarlo con una palabra de contextura española. Los argentinos crearon el nombre copetín, de indudable prosapia castellana y su uso se ha divulgado extendiéndose ya por toda América del Sur. ¿No sería obra de patriotismo y de hispanoamericanismo aceptar y consagrar en el Diccionario de la Academia esa palabra argentina?».

En 1935 el problema seguía vigente y se barajaron alternativas al cóctel como hipocrás, meringote, mezcla y mezcolanza además del consabido copetín, que por fin hizo su entrada de honor en la gastronomía española en 1942, seguramente empujado por el patrioterismo de posguerra. 'Mi plato', un recetario del gran cocinero Ignacio Doménech dedicado a la cocina regional, incluye dos copetines: uno a base de vino manzanilla, curaçao y jarabe y otro, colmo de la cursilería, llamado Copetín Caricia Interior. Menos mal que nos quedamos con el cóctel.