La actriz de las muecas y el cruce de piernas

Lina Morgan, en una escena de la película 'La tonta del bote'./
Lina Morgan, en una escena de la película 'La tonta del bote'.

En pocos casos tendrá más sentido la separación entre el personaje público y la persona privada, porque María de los Ángeles fue un misterio, una mujer reservada y huidiza, refugiada siempre tras la sonrisa y el éxito colosal y duradero de Lina Morgan

CARLOS BENITO

En realidad, Lina Morgan nació en 1956 y no heredó ese sonoro apellido de su padre, sino de la banca Morgan, porque alguien pensó que le daba al nombre un toque cosmopolita y de altos vuelos. Pero la mujer que hay detrás del seudónimo, María de los Ángeles López Segovia, vino al mundo el 20 de marzo de 1937 en un piso de alquiler de la calle madrileña de Don Pedro. En pocos casos tendrá más sentido la separación entre el personaje público y la persona privada, porque María de los Ángeles fue un misterio, una mujer reservada y huidiza, refugiada siempre tras la sonrisa, las muecas y el éxito colosal y duradero de Lina Morgan. A Lina, en cambio, todos la conocíamos de sobra, ¿verdad?

Aquella niña del barrio de La Latina, hija de sastre y poco amiga de los estudios, pudo cumplir a los 11 años su sueño de apuntarse en una academia para estudiar baile español. Su porvenir estaba decidido: a los 13, la seleccionaron para la compañía infantil Los Chavalillos de España, debutó en Canarias y vio por primera vez el mar. Dicen también que enrolada en aquella 'troupe' de pequeños prodigios conoció a su primer amor, el actor Manuel Zarzo. A los 15, falsificó la documentación para entrar a trabajar en la sala de fiestas La Parrilla de Rex, donde estaba de bailarina su hermana Julia: el contrato incluía chocolate y un bollo, a la vez que dejaba clara la prohibición de alternar con clientes. Y, poco después, ya estaba dando palmas y bailando sevillanas junto a Rafael Farina y empezaban a llamarla 'el bombón de la revista'. Era un tiempo de vedettes carnales, voluptuosas, como apariciones llegadas de un mundo donde brillaban las lentejuelas y las mujeres tenían muslos, pero María Ángeles, y después ya Lina, fue prosperando en el riguroso escalafón del género a pesar de su metro sesenta y su cuerpo poco mareante: pasó de vicetiple a tiple, figurita, cuarta vedette...

El mejor empeine

«Era la antivedette por excelencia, pero ojo, porque tampoco se trata de que fuese fea: tenía un rostro muy 'pizpireto'», puntualiza Juan José Montijano Ruiz, profesor de la Universidad de Granada y experto en teatro frívolo español, que retrató a Lina en su libro '6 vedettes 6'. «Aunque no podía ser exuberante como Celia Gámez, ella tenía la simpatía, la cercanía al público y una versatilidad escénica que la hacía apta para cualquier papel. Cantaba y bailaba estupendamente, pero descubrió su vis cómica y se dedicó a explotarla». Aunque hubo algún degustador de exquisiteces que elogió el empeine de sus pies como «el más bonito de la revista», Lina se dio cuenta pronto de que su gran baza era hacer reír. Su personaje por excelencia, la paleta patosa y gestera que no acaba de catar el amor, habría de convertirse en uno de los emblemas cómicos de España, como principal referente femenino al lado de tantos actores chaparros y rijosos de la época. «Era el contrapunto a lo que se ha llamado el 'enano falócrata'», resume el experto.

Los escenarios de los sesenta y los setenta fueron el reino de esta mujer dormilona, mala cocinera, que detesta el teléfono -«ese aparato aborrecible»-, tenía un insospechado miedo al ridículo y sentía pavor por los espejos rotos. El cine se le resistió más, con una larga serie de papeles secundarios, pero en 1970 protagonizó 'La tonta del bote' y arrasó en taquilla. Incluso tuvo intentos dramáticos como la mujer barbuda de 'Una pareja... distinta', junto a José Luis López Vázquez en el papel de payaso travesti, pero nunca funcionaron igual. Lo suyo era la comedia exagerada con unas gotas de ternura: Lina admiraba al mimo francés Marcel Marceau y siempre recordaba con ilusión que, una vez, el crítico Eduardo Haro Tecglen la comparó con un dibujo de Walt Disney. «Aquello me conmovió», reconoció.

En 1975, con la muerte de Franco y los nuevos vientos, alguien le dijo a Lina que sus tiempos de gloria habían acabado. Ese alguien debía de ser un portento de la futurología: en 1979, Lina compró por 127 millones de pesetas el teatro de La Latina, bastante dejado de la mano de Dios, y lo convirtió en el destino para autocares llegados de todos los rincones de España. La emisión por la tele de 'Vaya par de gemelas' en las navidades de 1983 pulverizó todos los récords históricos de audiencia, con veinte millones de espectadores. Y, en 1993, con 'Compuesta y sin novio', empezó a enlazar las series que la convertirían en un fenómeno de la pequeña pantalla. El periodista Pedro Rollán debutó como actor junto a ella en 'Hostal Royal Manzanares', que se grababa con público en directo, y todavía se hace cruces al recordarlo: «Es que era increíble. Venían en autobuses y miraban a Lina igual que si fuese la Virgen de Lourdes. Le traían chorizos, tartas, panes, quesos, como quien ofrece presentes a una santa. Era una devoción absoluta: la tocaban, le decían cuántas veces la habían visto, cuánto la querían...».

Adoptar un niño

Los años 90 trajeron también el mayor cataclismo que sufrió la vida de María de los Ángeles: en noviembre de 1995 falleció su hermano y mánager José Luis, su mano derecha y la luz de sus ojos. Pese a ello, Lina grabó por aquellas fechas el especial navideño de TVE sin decir a nadie lo que había ocurrido, condenada a seguir siendo una profesional de la alegría. La devastadora muerte de José Luis fue una de las escasas irrupciones abruptas de la vida real en la carrera de Lina, junto al desprendimiento de retina que sufrió en los 80 y que estuvo a punto de dejarla ciega. Su biografía amorosa siempre fue un enigma: soltera, se la relacionó en su momento con compañeros como Juanito Navarro o con el extravagante realizador Jesús Franco, que la dirigió en 'Vampiresas 1930'. Se sabe también, porque ella lo contó, que intentó adoptar un niño, pero se lo negaron por no estar casada. Y sobre su carácter corren rumores que la presentan como una jefa despótica con tendencia al divismo, aunque ella prefiere definirse como «disciplinada». Pedro Rollán discrepa de esas murmuraciones: «Es una persona excelente, humana. Cuando un compañero de la serie tuvo un problema familiar, fue la primera en ponerse a su disposición. En el trabajo es muy seria, pero nada diva: nunca habrá que esperar a Lina porque no ha llegado, lo más probable es que espere ella».

«Lina exige, por supuesto: es de las pocas mujeres europeas que han tenido un teatro, y a eso no se llega sin un esfuerzo detrás», confirmó Jesús Cimarro, el empresario vasco que le compró La Latina en 2010, tras una trabajosa negociación de año y medio. La operación ascendió a seis millones y medio de euros y, entre las condiciones impuestas por Lina, destacó la de reservarse de por vida un despacho y su palco, desde el que siguió presenciando los estrenos. La actriz, que vivía con su hermana Julia, mantuvo una presencia pública muy restringida y llevaba algún tiempo retirada, pero Cimarro aseguró que se trataba de una jubilación puramente circunstancial: «Ella quiere trabajar, pero no ha encontrado la obra que le apetece hacer, una comedia con la que disfrute ella y la gente lo pase bien». Una pena que Lina Morgan no haya podido volver a los escenarios, el lugar donde nació.

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