La botella de papel

Hay noticias que, gracias a la prensa escrita,saltan de entre las sábanas de la memoria,hasta entonces dormidas en un sarcófago olvidado

FELICIANO CORREAEscritor

Hay curiosidades que a diario ocurren cerca de nosotros, son hechos singulares pero nuestro detector de mensaje no está dotado de la precisión deseable, es como si en ocasiones los sensores humanos anduvieran fuera de cobertura. No obstante, en ciertos momentos se activa más la atención y lo que sucede tiene especial relevancia.

Hace unas semanas publiqué un artículo en este diario con el título de 'El primer librero'. Comentaba el fallecimiento de un veterano amigo que, viviendo en un tiempo donde tantos analfabetos había, tuvo el atrevimiento de abrir una librería. Contaba yo que protagonizó una obra teatral titulada 'Azul de amanecer'. Unos días después de publicarse, recibo una llamada telefónica desde Sevilla; era una voz femenina, hablaba con toda fluidez. La señora dijo: «Mire, es que… ¡Quién me lo iba a decir! Acabo de leer su artículo y en él he visto mencionada la obra en la que yo protagonicé a la novia del librero que usted cita. Tengo casi 97 años y me he emocionado al recordar aquellos días en la primera mitad del siglo XX. Me llamo Bele Pérez Vargas, ya tengo 18 biznietos, estoy muy bien y con una estupenda memoria». ¡Ya lo creo! pensé yo. Luego, en una larga conversación fue deslizándome la crónica de aquellos momentos tan pretéritos. Citó nombres de lugares y de gentes, la mayoría ya desaparecidos. Como en una cascada sin ruido fue emocionándose su verbo y poniendo luz a la conversación. Tenían sus frases el sabor de un texto quevediano, pleno de pulcritud semántica. Al comenzar a oírle me levanté y fui anotando tantas cosas curiosas, mientras me invitaba a su casa sevillana para seguir contando cómo era aquel sabor novenario y de medio luto de la lejanísima vida pueblera. Mi corazón cabalgaba sobre una y otra de esas referencias porque, acostumbrado uno a la ardua investigación entre papeles, aquello que oía resultaba un sorbete aromático de limón que se colaba en los registros mentales deleitando mis entendederas.

Es verdad que la historia no se repite, pero tras colgar el teléfono, no pude evitar el recuerdo de Rose DeWitt Bukader, cuando con 101 años ve en la televisión de su cuarto de estar cómo el batiscafo de Brock Lovett, enseñaba una carpeta hallada en una caja sumergida dentro del Titanic. Al escuchar la noticia, aguzó Rose la vista, se acercó a la pantalla y descubrió un dibujo a carboncillo. Era el retrato de su rostro, con un diamante azul en su cuello. Pensó entonces en aquel joven seductor al que vio dormirse de frío en las heladas aguas del Atlántico. Rose rememoró esos días de navegación en que, junto al sentir amoroso, vivió una tragedia de la que se salvó. Nada mas verlo, llamó al explorador Brock Lovett para contarle que la chica de la imagen era ella.

Para Rose, fue la televisión el hilo que comunicó el lejano ayer de 1912 con el final del siglo XX. Para Bele Pérez Vargas ha sido una página del diario HOY que casualmente ha llegado al tapete bordado de su cuarto de estar. Uno de sus biznietos, al llevarle el periódico, le ha hecho revivir ese ayer que estaba apelmazado, como las barandillas del barco hundido, por el incesante bamboleo del tiempo repetido.

Y es que la prensa escrita resulta ser una botella de papel lanzada al viento, lleva su barriga atiborrada de letras donde cuenta la vida de unos y de otros. La legendaria botella marinera navega sobre las aguas y recala en una playa desconocida con el mensaje dentro de su pechuga de cristal. Esta otra de papel viaja por el espacio sin que sepan los redactores, colaboradores o directora del medio en qué lugar hallará dos ojos para acompañarle cuando aterrice de su vuelo. Aquella narración de James Camerón había hecho posible, sin él saberlo, un principio filosófico que dice «todo lo posible puede suceder, y acaba sucediendo». También en mi caso.

Hay noticias que, gracias a la prensa escrita, saltan de entre las sábanas de la memoria, hasta entonces dormidas en un sarcófago olvidado. Decía Cicerón que la memoria es tesorera de todas las cosas, es verdad, pero también es una pócima que hace posible resucitar otra vez el pálpito callado, ese pasado secuestrado con frecuencia en los sótanos del olvido.

Bele es hoy la venerable centenaria que recuerda su juventud y noviazgo con Miguel, en la vida real Manolo Colomer, el soldado protagonista en aquella incivil contienda que se representaba en 'Azul de amanecer'.

He conversado con gente mayor, he entrevistado a personalidades y a historiadores veteranos… pero la sensación que me ha producido esa llamada de quien se hace con mi número de teléfono y con una ternura que solo alcanzan en su verdadera plenitud los bisabuelos lúcidos, me ha resultado algo fantástico. Porque esto supone en verdad un regalo al modesto oficio del escritor. Sin duda el mejor premio que un articulista puede recibir es la gratitud de una desconocida a la que se le enternece al alma cuando creía que ya nadie podría acordarse de aquellos añejados tiempos. Para Bele es el ayer vivido una época que se ha llevado, con las hojas caídas del calendario, a casi todos sus contemporáneos, por ello esta resurrección imprevista ha supuesto para tan venerable criatura un pequeño milagro.