Un país de gorrones en internet

Un internauta accede a una web de descargas ilegales con películas. :: hoy/
Un internauta accede a una web de descargas ilegales con películas. :: hoy

«La idea de que el copyright atenta contra la libertad de expresión es una fantasía paranoica», defiende Chris Ruen

OSKAR BELATEGUI BILBAO.

Chris Ruen (Milwaukee, 1981) es un periodista que ha escrito sobre música en revistas como 'Stereogum' y 'Slate'. Buena prueba de su prestigio son sus colaboraciones en el mismísimo 'New York Times'. Ruen trabajaba como camarero en una cafetería 'cool' de Brooklyn cuando se dio cuenta de que su suelducho era superior a los ingresos que obtenían los grupos de rock que merodeaban por el local. Como millones de aficionados, él también se bajaba discos de internet sin abonar un solo céntimo. Tras noches de conversaciones con músicos, entendió las consecuencias directas de la piratería. «Yo era uno de los que declaraba hipócritamente su 'amor' a la música», reconoce. «Una vez que me di cuenta de que la gran mayoría de artistas necesitan realmente que se respeten sus derechos, solo para tener la oportunidad de conseguir un mínimo equilibrio, las excusas habituales para justificar la piratería digital empezaron a mostrarse como estupideces inmaduras».

EL LIBRO

'Gorrones'

Autor: Chris Ruen. Ensayo.

Editorial: Quinto 20. 315 páginas.

Precio: 19.90 euros.

Ruen acaba de publicar en España 'Gorrones' (Ed. Quinto 20), atrevida traducción del original 'Free Loading' (Carga gratuita). Lejos del tono doctrinario y amenazante con el que se ha tratado las descargas ilegales, este ensayo desmonta mitos y señala a los beneficiarios de una práctica que en nuestro país todavía sigue impune: según la Coalición de Creadores, el Estado dejó de ingresar 1.648 millones de euros en impuestos por la piratería entre 2012 y 2014. El valor de los contenidos pirateados en este período supera los 54.000 millones.

El subtítulo del libro, 'Cómo nuestro insaciable apetito de contenidos gratis en internet empobrece la creatividad', apunta a que los primeros perjudicados son quienes aspiran a vivir de su trabajo. La causa de la defensa de los derechos de autor no solo es impopular, sino que apenas encuentra hueco en internet y las redes sociales. Quien se atreve a abanderarla se ve sometido al matonismo de los defensores de la 'cultura libre'. Hoy es más revolucionario defender a los gigantes tecnológicos que no pagan impuestos en España ni crean puestos de trabajo que a un artista que aspira a llegar a fin de mes.

«La piratería se puede vender a sí misma como 'cultura libre', pero quienes se lucran están participando en un mercado negro», constata Ruen, que califica de «fantasía paranoica» la idea de que el copyright pueda usarse contra la libertad de expresión. «No se trata de una información que quiera ser libre, sino más bien de una fraudulenta explotación económica y de empresas de tecnología pretendidamente ciegas que quieren hacerse ricas. Simplemente se están aprovechando de las lagunas del marco normativo. La piratería digital es un síntoma de subdesarrollo».

'Gorrones' contradice los eternos mantras de quienes justifican que los derechos de autor no tienen razón de ser en el ciberespacio. Que al 'campo' de la Red no se le puede poner puertas. Primero se aceptaba el saqueo porque no había oferta legal. Ahora ya la hay, pero se sigue pirateando. Ruen se detiene en Spotify -«con lo que obtiene un artista con los servicios de streaming no alcanza ni el salario mínimo interprofesional»-, pero en el caso del cine la situación no ha mejorado. El modélico portal Filmin lleva ocho años ofreciendo por unos pocos euros el mejor cine de autor. Y sigue en números rojos. La llegada de Netflix, prometieron los augures, acabaría con la piratería. El gigante estadounidense de vídeo bajo demanda no da cifras de suscriptores, ha trasladado su sede a Holanda para no pagar impuestos e incumple con la obligación legal de invertir en cine español.

«Hoy en día, cuando las opciones legales a un precio razonable para disfrutar contenidos digitales se están extendiendo por todo el mundo, la discusión de que la disponibilidad es el problema resulta aún más estúpida», lamenta el autor. «Afortunadamente nos encontramos con una generación de consumidores que, a pesar de que alguna vez pudieron creerse todas las tonterías acerca de la piratería, ahora, como yo, ya se han dado cuenta de que no es más que robar. Algunas de estas personas incluso han empezado a rebelarse y defienden los derechos de los artistas».

«El agua tampoco es gratis»

En la nueva era digital, parece que ir al cine, al kiosco, la librería o a una tienda de discos es de pringados. A los músicos no les afecta la piratería, promulgan, porque ganan mucho dinero con las giras. «Falso. ¿Qué porcentaje de los ingresos de las giras llega al bolsillo de los grupos?», se pregunta Ruen. En su libro recoge el testimonio de la cantante británica Imogen Heap, a la que la caída de ventas de discos impidió organizar una gira.

Los adalides de la 'cultura libre' también defienden que la piratería beneficia a los grupos indies, porque así el público los conoce más. Kyp Malone, cantante y guitarra de Tv On The Radio, explica en 'Gorrones' por qué se pasaron de un sello indie a una 'major'. «No podíamos pagarnos el coste de la vida en Nueva York. No puedo descargarme de internet el dinero para pagarme el alquiler ni la matrícula de la escuela de mi hija», admite el artista. «La música parece muy efímera, simplemente, se cuelga en el aire por arte de magia. Es como el agua. Pues, coño, el agua tampoco es gratis. Ese rollo antiempresarial me hace gracia. Las descargas solo son posibles porque grandes empresas nos dan herramientas para hacerlas. Estás más atrapado en las imposiciones del mundo empresarial al tener un ordenador en tu casa que si tuvieras un tocadiscos».

Cuando el Congreso de Estados Unidos debatía la ley antipiratería, recuerda el periodista, internet se levantó en armas contra la censura que, según los gurús digitales, suponía la norma. 'Gorrones' deja claro que detrás de esa presunta rebelión social estaban las empresas de Silicon Valley. Hasta a los propios artistas les da apuro reivindicar sus derechos para no enervar a esa masa indeterminada que llamamos internautas. Chris Ruen: «El director económico de Google lo ha declarado públicamente: todo lo que se requiere para impedir la infracción de los derechos de la propiedad intelectual es voluntad política».

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