El otro Senabre

JORGE MÁRQUEZ ESCRITOR Y DIRECTOR TEATRAL

CONOCÍ a Ricardo Senabre hace veinte años, cuando el jurado que él presidía otorgó el Ciudad de Salamanca a 'El claro de los trece perros'. En el acto de entrega del premio, el profesor Senabre tuvo el generoso detalle de presentarme a Gonzalo Torrente Ballester, a quien apenas dirigí unas palabras de admiración cuando conseguí cerrar la boca (de hecho, en la foto que alguien nos hizo a ambos al lado del alcalde de Salamanca, mi cara de pueril emoción raya lo comprometedor). Con todo, lo que más me sorprendió fue la admiración de Torrente Ballester por la erudición de Senabre. Después, ya más relajados, el profesor me asaeteó a preguntas sobre los entresijos de la novela premiada, cómo había escrito esto y lo otro, en qué me había basado para tal metáfora o cual símil, cómo había construido no sé qué trama. Yo no daba crédito: a pesar de su vastísimo conocimiento de la literatura (y, por cierto, no solo de la española), el enorme catedrático y riguroso crítico quería saber detalles de las técnicas de un novelista bisoño. Hasta que caí en que aquella era, simplemente, la sincera humildad de los grandes: la curiosidad de Ricardo Senabre por la literatura no conocía límites. Ahí estaba el origen de su excepcional capacidad para diseccionar, con gafas de Aristarco -la expresión es suya-, una obra literaria, el de su abrumadora erudición, el de la pasión por la literatura y su instrumento, la palabra. Ahí radicaba la justificación del esfuerzo de toda una vida dedicada a ella, y ahí, el talento genial para analizarla con un amor que le hacía sufrir cuando alguien la dañaba desde la ignorancia o, peor aún, desde la insolencia.

A partir de aquel día, poco a poco fuimos intercambiando llamadas y correos, lecturas y opiniones -no solo sobre libros- donde el mayor beneficiado, claro, era yo. Cultivábamos sin pretenderlo una relación en la que con toda naturalidad los temas cotidianos, incluso personales, se iban haciendo sitio entre comentarios sobre el prostituido mercado editorial, los grupos de presión, autores que realmente merecían la pena, nuevos títulos. y hasta epigramas (le encantaban, y se sabía de memoria cientos de ellos). Un buen día, el eximio profesor y justísimo crítico don Ricardo Senabre elevó nuestra relación a la categoría de amistad cuando me anunció que no volvería a reseñar una obra mía porque él jamás criticaba las obras de sus amigos. Sentí una gran satisfacción no exenta de cierta contrariedad; pero me aclaró enseguida que seguiría leyendo encantado todo los originales que quisiera mandarle. Desde entonces hasta mi última comedia, hace apenas tres meses, tuvo siempre la generosidad de leer lo que yo escribía y trasladarme su opinión, sus recomendaciones y sus advertencias sobre mis errores, lapsus, inconcreciones. Confieso con rubor que he tenido para mí los consejos privados del mejor crítico literario de España, y todo ello a cambio, sólo, de mi sincera amistad. ¡Qué chollo!

De su mesura, de su prudencia y exquisita honradez intelectual da testimonio una deliciosa coincidencia que me cupo protagonizar hace años. Comíamos juntos Ricardo y yo en un restaurante de la margen izquierda de Salamanca cuando recibí una llamada de una autoridad de la Junta de Extremadura consultándome mi opinión (entre decenas, me imagino) acerca de ponerle a la nueva biblioteca pública del Estado en Mérida, que estaba a punto de inaugurarse, el nombre de Jesús Delgado Valhondo o el de Ricardo Senabre. Miré a Ricardo, que aguardaba cortésmente a que yo concluyera la llamada con el rostro ladeado, contemplando a través del amplio ventanal las vistas del Tormes y de las dos catedrales de su ciudad adoptiva, y durante un segundo dudé si decantarme por él; fue solo un instante, enseguida recordé al gran poeta y amigo muerto y dije su nombre. Colgué y le conté la anécdota al propio Ricardo, que se echó a reír con aquella franca rotundidad mediterránea suya y se llevó las manos a la cabeza. No, repitió varias veces, no, no. y concluyó con una frase que resumía todo el saber de su ciencia: Los escritores, siempre delante de los críticos. Era un íntimo convencimiento que ya había expresado con toda solemnidad al recoger la Medalla de Extremadura (las primeras que se concedían): le tocó hacerlo después de Manolo Pacheco, y comenzó diciendo: «Cuando los poetas hablan, todos los demás deberíamos callar». En el Teatro Romano se hizo un silencio emocionante. Recordamos el momento en aquella comida, brindamos y pedimos café.

Hace pocos años le llegó la jubilación, que -ahora lo sabemos- traía consigo la maldita hoja roja delibesiana, y me confesó que tenía más trabajo que cuando estaba en activo. Y trabajando le sorprendió la muerte, no podía ser de otra manera. Al felicitarnos el nuevo año me dijo que estaba delicado, como si la delicadeza no hubiera sido su estado natural. Poco después dejé de recibir sus correos, los memes que pasaba y que tanto decían de su manera de ser: críticos, libérrimos, sagaces, sarcásticos, heterodoxos, contrarios a cualquier forma de tiranía (ideológica, sectaria, folclórica, abierta o encubierta); algunos de ellos, incluso con tintes volterianos. pero siempre agudos, comprometidos y, a poder ser, chispeantes y cáusticos.

En esta hora triste, un poco más huérfano, me recreo mirando algunos de los regalos -materiales- que me envió, siempre libros muy escogidos, y reniego, como nunca sospeché, de una era en que las cartas ya no llevan papel, ni caligrafía, ni firma. A cambio, me consuela pensar que he tenido la fortuna de disfrutar de la amistad de un hombre cuya humanidad era aún más profunda, si cabe, que su humanismo, el Senabre más desconocido.