Paseos con el padre

El poeta extremeño Álvaro Valverde. :: l. cordero/
El poeta extremeño Álvaro Valverde. :: l. cordero

El poema de Álvaro Valverde es una invocación serena a la figura del progenitor, con quien habla el autor en un espacio de recobrada camaradería

FERNANDO ARAMBURU MADRID.

Necesitamos palabras. Las necesitamos a todas horas, en cualesquiera circunstancia. También durante el sueño o cuando estamos solos. Es cosa triste no tener nada que decirse. Por lo general, las palabras están en nosotros, en nuestra competencia lingüística, esperando a ser dichas, escritas, cantadas; pero no siempre es así. A veces las necesitamos en momentos especiales y no acuden a la boca que quisiera pronunciarlas, a la mano que se empeña en escribirlas. Momentos particularmente emotivos, intensos, dolorosos, que no se dejan expresar articulando el lenguaje de la manera acostumbrada.

Se nos ha muerto, pongo por caso, un ser querido. Deseamos evocarlo, rendirle homenaje o despedirlo con una nota necrológica, con unas pocas frases para una esquela mortuoria, dignas de la estimación que le tuvimos o de sus méritos. En fin, es nuestro propósito honrarlo sin caer en las trivialidades propias de quienes se limitan a despachar un trámite o de los que por desgracia (o por formación deficiente) no están dotados del debido talento.

Perspectiva del poeta

En tales ocasiones, no haremos mal en pedirle a la poesía que nos provea de palabras; se entiende que de palabras hondas, consoladoras, bellas. Cierta clase de poetas cumple con singular acierto dicho cometido. Son aquellos que conciben el poema como un espacio para la meditación a partir de una mirada serena, a veces conciliadora, a veces crítica, hacia las cosas comunes, los paisajes y las gentes de cada día. Sus poemas adoptan a menudo la forma de un soliloquio caracterizado por la expresión clara y sobria, con rasgos narrativos. Álvaro Valverde (Plasencia, 1959) es un destacado cultivador de este género de poesía.

En 2008, Valverde publicó 'Desde fuera', libro de poemas en el cual se incluye, con el título de 'Entonces la muerte', una serie de cuatro piezas dedicadas a la muerte de su padre, acaecida unos años atrás. El difunto no aparece en el texto singularizado con nombre propio ni señas personales. Uno de los poemas sitúa el fallecimiento en un hospital. Otro alude al hábito que practicaban padre e hijo de pasear juntos por el campo. Dichos detalles confieren humanidad a la figura rememorada, pero son transferibles a otros hombres y están, por consiguiente, lejos de trazar un retrato individual.

Al lector, pues, no le cabe otra posibilidad que situarse en la perspectiva del poeta. La novela, el cine, el teatro, admiten espectadores de vidas ajenas. La poesía, no. El poema se asume o nos negará su sustancia poética. Por fuerza el padre fallecido es el del propio lector (reemplazable en el pensamiento por otro ser querido), como también es del lector, durante la lectura, la voz del poeta. Esta implicación sin fisuras hace que la poesía pueda proporcionarnos las palabras de las que a veces carecemos en los momentos especiales de nuestra vida.

La cuarta pieza de la serie evoca los paseos del padre y el hijo por el valle del Jerte, no lejos de Plasencia. Y no sólo los evoca: los actualiza en forma ritual tras haber asumido el hijo la ausencia física del padre. Porque una cosa es morir y otra desaparecer, borrarse para siempre en la memoria de los vivos, a lo cual se opone el poema. Este ha sido escrito desde la superación del duelo, simbolizado por la tormenta reciente. Disipadas las nubes negras, interiorizados el dolor y la pena, el poeta entiende que ahora el padre fallecido perdura como recuerdo, pero también como destinatario de su amor inquebrantable. Y puesto que el buen tiempo y la hermosura del paraje invitan a hacer camino, el poeta reanuda el hábito que lo vinculó con su padre, al par que mantiene vigente, en la esfera de la conciencia, dicho vínculo.

Se trata de un paseo en dirección contraria al rumbo de la muerte. Recordemos los célebres versos de Jorge Manrique: «Nuestras vidas son los ríos/ que van a dar en la mar,/ que es el morir.» En el poema de Álvaro Valverde, el poeta remonta el río al modo de quien retrocede en el tiempo y se dirige de vuelta hacia su infancia, textualmente hacia las fuentes de la vida; por tanto, hacia las épocas pasadas en que su padre aún vivía, lo cual constituye una forma de reencuentro.

Y, en efecto, allí está el padre transformado en los componentes actuales del paisaje. El hombre aquel que un día de tantos perdió la vida consiste ahora en río y cerezos, en bancales y cascadas, con los que le es posible al hijo huérfano cruzar la mirada o entablar diálogo. Todo es igual a primera vista (la flora, los accidentes del terreno, la luz de la tarde), pero un factor nuevo confiere apariencia familiar al paraje. Se abre allí, en aquellas soledades naturales, un espacio de honda intimidad, incluso de recobrada camaradería. Por obra del amor filial, el padre no sólo reside en el paraíso. Es el paraíso.

Fidelidad y afecto

Lo imaginamos hablando con el hijo a través del canto de los pájaros, mediante el rumor de la corriente o de las hojas agitadas por el viento. Se da a este punto un encaje admirable entre la emoción y la escritura, sin el cual un texto, aunque contenga versos, difícilmente se constituirá en poema, entendiendo por poema el lugar donde se da, donde ocurre en grado de excelencia (o punto menos) la poesía. Y no admira menos el que la complejidad del mensaje se compadezca con un estilo claro y llano, lo que prueba una vez más que los poetas, para decir cosas profundas, no necesitan ser oscuros. Todo se entiende y nada es trivial en estos versos de Álvaro Valverde.

El poema entero es una invocación serena a la figura del padre. A él están dirigidas las palabras, con él habla directamente el poeta. Te has muerto, pero yo hago que vivas, aunque no en tu cuerpo, y seguimos juntos como en los viejos tiempos. Tal es la idea sustentadora de este poema conmovedor.

Aquellos paseos de ambos por la campiña extremeña no se limitaban a un simple y quizá deportivo pasatiempo. Brindaban, además, la ocasión para que el hijo se adentrase de la mano paterna en los secretos de la naturaleza, obtuviese provechosas lecciones de vida, se formara en el respeto de los animales y las plantas, desarrollara el gusto estético y aprendiera los criterios morales que hacen de nosotros hombres positivos.

Hay en el poema de Álvaro Valverde gratitud, fidelidad, afecto, pero también un noble gesto que en mi modesta opinión constituye uno de los mayores homenajes que pueda hacérsele a un progenitor: el de mostrarles los hijos a los padres su disposición a hallar satisfacción, bienestar, alegría, en las cosas sencillas (tal vez «vulgares o anacrónicas», dice el poeta) que nos rodean y, por tanto, en el mundo no exento de infortunio en el que fueron sin su voluntad depositados. Ello implica para los padres una grata confirmación. ¡Qué mayor victoria contra la condición trágica de la especie que haber propiciado un hijo dotado para la felicidad!