Turistear

ÁNGELES REDONDO

Con la llegada de lo que en nuestra tierra llamamos buen tiempo, antes, nos despojábamos de la pereza invernal y nos transformábamos en viajeros. Ya no es así. Ahora da igual la estación meteorológica o la situación personal. Si acabas de suspender un examen, un viajecito es lo mejor para desconectar; si pasaste la prueba, con más motivo te mereces el viaje; si te casas cómo no vas a realizar un periplo por el mundo, es lo normal; si está cerca tu jubilación, qué bien así podrás recorrer el mundo cuando quieras. Como si hubiera que escapar, huir de nuestro sitio en el orbe, como si los lugares interesantes solo estuvieran lejos.

Si a eso le añadimos la necesidad de exhibirnos que las redes sociales nos han creado, el bajo coste de las compañías aéreas y la superación de la barrera del idioma, al menos entre los más jóvenes, el cóctel está servido. Da igual que te guste o no, lo motivante es decir que has estado allí, en ese museo o en aquel restaurante, cuanto más lejos mejor. Y es así como volvemos con el estrés habitual del que turistea, hartos de correr de un lado para otro arrastrando maletas, con colas interminables a las espaldas y los bolsillos exprimidos.

Este feroz consumismo viajero ha destruido ya barrios, ha transformado el comercio local y ha atestado las calles de cámaras de fotos, mochilas y bermudas en muchos lugares. Muchos ignoran que para evadirse basta con un libro, que la lectura nos lleva más allá de nuestra experiencia y a la vez nos enriquece de manera sosegada. Pero en la era de la inmediatez somos más consumidores de ocio, turistas ansiosos que viajeros culturales. Parafraseando a Pessoa «El viaje son los viajeros, lo que vemos no es lo que vemos, sino lo que somos».