La solución para Extremadura que dio el gran Baretti hace 259 años

Sergio Lorenzo
SERGIO LORENZOCáceres

Duermo poco, muy poco, porque en la cabeza no paran de dar vueltas las cosas que tengo que hacer y que me resulta difícil llevar a término. Así, el jueves, a las cinco de la madrugada, ya me encontraba sentado en un sillón orejero en la zona de la biblioteca de casa.

Estaba a oscuras y no me dio miedo, ni me molestó (más bien al contrario), cuando noté el brillo del difunto Sanjosé que se acercaba lentamente por el pasillo. Al llegar, con un gesto de la cabeza acercó a mí el otro sillón, se sentó y me preguntó:

–¿Qué te pasa?

–¡Qué me va a pasar! ¡Qué no sé de qué escribir este domingo! – me sinceré con el amigo.

–Vamos a ver – dijo pensativo recostándose en el sillón, y después de unos segundos de estar sujetando el mentón con una mano mientras miraba los lomos de los libros, continuó –. Este domingo es 22 de septiembre... y fue el 22 de septiembre de hace 259 años, el del año 1760, cuando Giuseppe Baretti pisó por primera vez tierra extremeña camino de Génova. ¿Por qué no escribes sobre las reflexiones que hizo Baretti sobre Extremadura?

Giuseppe Baretti (1719-1789).
Giuseppe Baretti (1719-1789). / S. E.

–¿Quién demonios era Baretti?

–El gran Giuseppe Baretti fue un escritor y periodista italiano, que nació en Turín en 1719 pero residió en Londres, y desde allí comenzó, a sus cuarenta años, un viaje a Génova pasando por Inglaterra, Portugal, España y Francia. Hizo un largo viaje de 99 días que cuenta a sus hermanos en 89 cartas, que luego publicó en un libro. De esas 89 cartas, en 9 cuenta su viaje por esta región. Caja Extremadura las publicó en un pequeño libro... y un ejemplar lo tienes a tu espalda, entre los libros que heredaste de mí al morir, y que por lo que veo los tienes un poco abandonados, cuando los libros dan mil veces más satisfacciones que las mierdas de programas y películas que ves en la tele.

Tras la reprimenda señaló con un dedo a la estantería, y salió de ella un librito que llegó volando a mis manos. Un libro que era cierto que no había visto nunca.

Di luz a la habitación y empecé a leerlo. Baretti cuenta que entró a Badajoz por un puente de piedra sobre el río Guadiana. «Ese puente es uno de los más largos y magníficos que he visto hasta ahora», dice mientras cuenta que en el puente le recibieron dos aduaneros que registraron sus baúles. Se queda en la posada de Santa Lucía con ventanas sin vidrios, en donde ve a hombres desayunando, a las nueve de la mañana, carne asada y olivas aderezadas. Otros hombres se afeitaban, mientras otros bailaban «fandangos» con mujeres, hasta que ellas se fueron a misa. «A las mujeres españolas, parece que, como a las portuguesas, les gusta oír misa todos los días del año. A las italianas sólo los domingos y días de precepto». En Badajoz visita al cardenal Acciaioli, que estaba en esta ciudad al haber sido expulsado de Lisboa.

El 26 de septiembre de 1760 ya está en Mérida después de hacer parada en Talavera La Real. Dice que el puente de Mérida «es casi tan bello como el de Badajoz», y que los emeritenses están orgullosos de sus muchas antigüedades, aunque «no parecen preocuparse mucho de esos restos». Al día siguiente está en Miajadas, en donde se queda en la posada de Tía Morena. «En este país – escribe – llaman tía a las mujeres viejas de baja posición».

Así vio Baretti la torre Julia de Trujillo, en ruinas en 1755.

Llega ese mismo 27 de septiembre a Trujillo, una localidad que desde lejos la ve hermosa, pero de cerca le parece desagradable, con muchos montones de piedras, «las calles están mal pavimentadas con pedernales rotos, las casas construidas irregularmente y muy bajas». Quizá sea razón de esa mala impresión que él se encontró en ruinas la Torre Julia, ya que se había derrumbado cinco años antes, en 1755, con el terremoto de Lisboa. De su posadera dice que es una mujer joven y guapa, a la que ve deshaciéndose en lágrimas, «y tiene razón bastante para afligirse, pues la viruela ha matado a sus dos hijos esta mañana (...) ¡Pobre posadera! Ojalá sus hijos hubiesen sido vacunados como muchos de Inglaterra. Pero en esta parte del mundo, no sólo no se ha adoptado la vacuna, sino que todavía ni siquiera se conoce». Escribe de los milagros de las vacunas, y cuenta la historia de una amiga suya inglesa que estaba enamorada de un hombre y él de ella, pero él no se atrevía a casarse. Ella le preguntó el motivo y esto, según Baretti, es lo que le dijo: «Es que, querida, usted no ha tenido todavía la viruela; si la tuviera después del matrimonio y destruyera su belleza, yo soy un hombre como los demás y probablemente me arrepentiría, pues, como sabe, esa belleza es lo que mayoritariamente induce a los hombres a amar a las mujeres, y todas las otras buenas cualidades no valen nada sin ella». Ante estas razones la mujer, en vez de mandarle a paseo se hizo vacunar, y después de unas semanas, al ver que la enfermedad no afectó a su «bonita cara»... se casaron.

Mujer infectada de viruela.
Mujer infectada de viruela. / S. E.

Sigue Baretti el viaje a Jaraicejo camino de Almaraz, y al pasar la Sierra de Miravete maldice los malos caminos de Extremadura, haciendo un razonamiento que tiene mucha actualidad: «estas desoladas regiones, donde pocas personas viajan porque los caminos son malos, y donde los caminos son malos porque pocas personas viajan».

Culpa de la despoblación de Extremadura a la expulsión de los moriscos por orden de Felipe III en 1610. Entonces España tenía ocho millones y medio de habitantes, y él dice que se echó a un millón; pero los historiadores actuales aseguran que fueron 300.000. El viajero italiano defiende la decisión de Felipe III. Dice que los moriscos se consideraban aún amos de España, y «cooperaban abierta o secretamente con franceses, ingleses, africanos, y con todos los enemigos de España». Elogia por tanto a los españoles, «por su gran moderación en solamente deportar a los moriscos».

Baretti se marcha de Extremadura el 30 de septiembre de 1760, después de pasar por el hermoso Puente de Almaraz, que años después sería volado en la Guerra de la Independencia. Se va dejando detrás a Navalmoral de La Mata, pero antes hace una gran reflexión sobre esta tierra.

Grabado de la voladura del Puente de Almaraz en el s. XIX.
Grabado de la voladura del Puente de Almaraz en el s. XIX. / S. E.

Dice de los hombres que habitan Extremadura, que «comen poco, van cubiertos de andrajos y se alojan pobremente. Es verdad que necesitan muy poco para mantener alma y cuerpo juntos, porque son sin duda la gente más sobria que hay sobre la faz de la tierra». Critica que por falta de interés del Rey de España, los extremeños pasen su vida, «tomando el sol en sórdida y hambrienta negligencia, cuando podrían tener abundancia, y quizá elegancia, con cuidado sin ansiedad, y trabajo sin fatiga». Asegura que un buen rey llenaría toda la región de encinas, de las que afirma que sus bellotas son tan buenas para comer como las almendras o castañas inglesas.

Y aquí es donde da su remedio para convertir a Extremadura en un rico paraíso, en donde sus habitantes nadaran en la abundancia: «Si se cultivasen más encinas, Extremadura sola podría abastecer a media Europa de buenos jamones, pues innumerables cerdos podrían alimentarse aquí sin apenas gasto (...) y no podéis imaginar lo buenos que son los cerdos que se alimentan de bellotas de encina».

Terminé el libro justo cuando clareaba el día. Sanjosé seguía mirándome desde el sillón.

–¿Te ha gustado, eh?

–Pues sí.

–Pues da de lado a la caja tonta, a las redes sociales y coge más los libros. Tendrás más y mejores ideas... y dormirás mucho mejor. Anda, dúchate, desayuna, y vete a la Redacción a escribirlo.