Un siglo con guarnición fija y el general que unió a Cáceres y Badajoz

Un siglo con guarnición fija y el general que unió a Cáceres y Badajoz
Sergio Lorenzo
SERGIO LORENZOCáceres

El compañero Manuel Caridad vuelve a estar mal. Deprimido porque todos los jóvenes de su familia se han ido fuera de Extremadura a buscar trabajo; cansado de solo ir a entierros y a ni una alegre boda, se atrinchera en los bares, se refugia en el alcohol... y la bebida cada vez le sienta peor.

Los amigos hemos hecho un plan para ayudarle: salimos con él a pasear por la Ronda Norte o a contemplar la ciudad desde La Montaña, y cuando no queda más remedio que entrar con él en un bar, vamos a los de camareros amigos con los que tenemos acordado que sus cañas tengan el 80% de cerveza sin alcohol. Él se las bebe diciendo que la cerveza ya no es lo que era, pero ya no hay que llevarle a casa dando trompicones.

Es hijo y nieto de militar y a mí, para tenerle ocupado, se me ha ocurrido hablarle de que en este 2019 se cumplen 100 años desde que tenemos una guarnición permanente en Cáceres, y que, sabiendo él del tema, bien me podía ayudar a buscar documentación para hacer un reportaje sobre este siglo del Ejército en Cáceres.

Dorándole así la píldora le tengo entretenido, dándome de vez en cuando el avance de lo que encuentra. De esta manera el otro día me dijo que tenemos la guarnición permanente exactamente desde el 2 de julio de 1919, cuando fue destinado definitivamente a Cáceres el Regimiento de Infantería de Segovia número 75, regimiento que fue creado el 20 de enero de 1694 con el sobrenombre de El Confundido. Le pedí que me hiciera el favor de averiguar el motivo del sobrenombre, y después de andar investigando me dijo: «Nadie sabe ahora en qué se confundieron, debió ser en algún hecho de armas a finales del siglo XVII en Marruecos o en el siglo XVIII en Italia».

Caridad me vino con fotos de la infanta Isabel, 'la Chata', cuando vino a Cáceres el 23 de octubre de 1919 para ser madrina del regimiento cacereño, entregándole al día siguiente su bandera en un solemne acto militar en el Paseo de Cánovas.

Al preguntarle dónde estaba acuartelado el regimiento, me vino con una foto del desaparecido seminario de Galarza, que estaba en la calle Parras y se convirtió en Cuartel de Infantería. «Aquí estuvieron – me dijo –, también en la Casa de los Caballos, que ahora es parte del Museo de Cáceres, y en la Casa de los Caldereros, hasta que en 1926 se fueron al cuartel Infanta Isabel que se levantó junto a la Plaza de Toros». El viejo seminario se derribó en 1969, y su fachada se trasladó al Palacio Episcopal, en la Plaza de Santa María.

Recogió en un libro de Germán Sellers que el regimiento de Cáceres intervino en la Guerra de Marruecos en 1921, estando también en África en 1922 y en 1924. Me contó de manera pormenorizada que en la Guerra Civil, formando parte del 'bando nacional', el regimiento, que pasó a llamarse Argel número 27, se dividió en tres batallones, que participaron en casi todos los frentes. Una tarde me vino asombrado con las bajas del regimiento de Cáceres durante la Guerra: ¡1.534 muertos y 345 desaparecidos!

Luego se extinguió el regimiento Argel número 27 para dar paso al Centro de Instrucción de Reclutas (C.I.R.) número 3, que se creó el 9 de diciembre de 1964, contando con el acuartelamiento Santa Ana de la carretera de Mérida, que ahora se llama Cefot número 1, y que es donde más soldados profesionales se forma de toda España.

Buceando en los orígenes del regimiento permanente, dio con el general Esponda, una figura que le encantó. Nacido en Madrid en 1828, Federico Esponda Morell fue un heroico militar que ascendió por sus méritos en numerosos campos de batalla, sobre todo en Cuba. En 1891 se le encomendó la capitanía general de Extremadura, afincándose en Badajoz. Fue allí donde en el año 1892 se dirigieron las autoridades de Cáceres para pedirle que mandara militares a la desprotegida ciudad. El general les hizo caso y envió un batallón de infantería y un destacamento de caballería, pero no con carácter permanente.

Los cacereños estaban tan contentos que concedieron al general Esponda el título de hijo adoptivo de la ciudad y le invitaron, a él y al Ayuntamiento de Badajoz, a celebrarlo en Cáceres en agosto de 1893. Escribió Miguel Muñoz, Conde de Canilleros, que las arcas municipales estaban vacías, «adoptándose la casi profanadora resolución de destinar a regocijos y a fiestas las 7.900 pesetas consignadas en los presupuestos municipales para construir un nuevo cementerio».

La fiesta fue por lo grande. Se levantó un monumental arco en la calle de San Antón, por donde pasó Esponda y las autoridades de Badajoz en un desfile formado por 25 coches de caballos. Caridad me mostró una maravillosa foto de la entrada de los agasajados hecha por Manuel Elizechea, fotógrafo afincado en Cáceres. «Fíjate – me dijo –. Esta foto simboliza como el general unió a Cáceres y a Badajoz. Los nombres de las dos ciudades aparecen enlazados por el arco y en la cabecera se puede leer: 'El Ayuntamiento y la guarnición de Cáceres al excelentísimo Ayuntamiento de Badajoz'». Hubo bailes, certamen de bandas de música y toros con los matadores Jarana y Quinito. Poco más de un año después, el 24 de diciembre de 1894, murió el general, con 66 años, y su viuda y su única hija regalaron a Cáceres la espada del héroe, que está en el Museo Municipal. Esta ciudad también le dedicó una de sus calles más importantes, la que une la Plaza de la Concepción con la Plaza Mayor.

Así estaba de volado el amigo con su general, cuando la otra tarde en la Redacción, la compañera María Fernández preguntó en voz alta, cuando no estaba Manuel Caridad:

–Vamos a ver, ¿quién es el cráneo privilegiado que le ha estado calentando la cabeza a Caridad con el general Esponda? Porque ahora dice que hay que conocer a fondo la calle que lleva su nombre en Cáceres, y entrar en todos los locales abiertos al público que tenga, sin faltar ni uno... y no sé si sabéis que a este hombre no le sienta bien el alcohol y la calle general Esponda es, nada más y nada menos, que la calle de los vinos de Cáceres, y debe de haber más de 10 bares.

Cuando levanté temeroso la cabeza por encima del ordenador, vi que todos los que estaban por la Redacción me señalaban a mí con dedos acusadores. ...Incluso el difunto Sanjosé que no sé qué demonios hacía por allí.