El rincón de Jacobo

El rincón de Jacobo
PETER NATALI
RAQUEL PERIANES

Hay calles y rincones de Cáceres de los que no hace falta decir su nombre, basta con citar un símbolo para saber a qué lugar nos estamos refiriendo. Y ese símbolo aún es más cercano cuando nos referimos a alguien. Este sentimiento de cariño es el que se despierta en muchas personas al mirar la fachada del antiguo edificio sindical para saludar aunque ya no esté a Jacobo, o a Jakob como le conocían hace más de veinte años en Austria su país natal, antes de pisar España, mucho antes de elegir Extremadura como su hogar. Su lugar habitual ahora está vacío, pero solo desde el punto vista físico, no emocional.

El nombre de Jacobo Surek quizás no te suene, pero después de mencionar su rincón y su pelo plateado puede que lo visualices con un libro en su silla, leyendo siempre leyendo, con sus gafas negras de pasta. Seguro que su recuerdo ya te provoca una sonrisa entrañable.

Te lo podías encontrar leyendo en su alemán natal sobre mecánica. Surek tenía entre sus proyectos más inminentes diseñar los planos de su nueva silla, desde su visión, sus necesidades y su perspectiva de vida. Andaba ilusionado en este proyecto de la mano de la ONG cacereña Confines Solidarios; Antonio se hizo cargo y desde el primer minuto congeniaron e involucró a media Universidad en el proyecto.

Jacobo también leía en italiano, pero no cualquier cosa, era hombre culto y de espíritu crítico. Leía francés, pero nada de frugalidad, él leía a Simone de Beauvoir. Usuario empedernido de la Biblioteca Pública en la que encontraba calor para el cuerpo y alimento para el alma. En ella pasaba largas horas contestando emails del reguero de amigos que dejó por medio mundo en sus múltiples viajes. Incluso encontró un baño accesible, todo un lujo para una persona que vivía en la calle y que se movía en una silla impulsada por sus ganas de vivir. Jacobo, en fin, hablaba y leía en seis idiomas.

No recuerdo qué día lo conocí pero sí cómo. Fui yo la que decidí que quería su amistad, algo debe de haber de reconocimiento de almas. Me pasé varias veces delante de él con excusas para entablar conversación, y Jakob acostumbrado a contentar a sus feligresas como él denominaba cariñosamente a toda aquella persona que se acercaba a interesarse por su persona, me dio palique. A veces cansado de la dureza de la calle, pero siempre amable para atender las almas que buscábamos acallar nuestras conciencias de manera inconsciente.

Podías hablar con él de casi cualquier tema y así ibas ganando ratitos de vida tan difíciles de conseguir como el puñado de monedas que descansaba al final del día en su gorro. Él recogía su libro, su cuaderno, sus gafas sus monedas y ponía rumbo al barrio de las Minas. Otras veces dormía al raso en un banco de la estación de autobuses, lugar transitado y por tanto seguro, donde además disponía de otro baño con alfombra para él.

Antes de marchar a Málaga, a su añorado barrio de El Palo, me entregó un regalo, su ponencia sobre «la felicidad» en la que estaba trabajando junto con su amigo Alonso para después de verano. Me estaba ofreciendo su último regalo, la amistad. Luego recibí unas líneas de Surek en la que me relataba su llegada al barrio malagueño con mucho tino y sentido del humor; el mail concluía con una de sus frases más repetidas: «Un día más en mi vida que vale la pena de haberlo vivido con este sacrosanto empeño que tengo de vivir cada día como si fuera el último». Y fue Cáceres la ciudad que eligió para sus últimos momentos. Aquí encontró un hogar, el de la solidaridad de sus habitantes que le hizo sentirse uno más y elegirla como su casa, como el lugar al que siempre volver.