El reportaje de Cáceres de 1935 y la ‘Virgen Ceres’

Sergio Lorenzo
SERGIO LORENZOCáceres

Recuerdo entre uno de mis mayores placeres (no carnales) el que tuve cuando heredé la biblioteca de Sanjosé. Libros interesantes y viejos de Torrente Ballester, de Valle-Inclán, de Felipe Trigo y Pío Baroja, la enciclopedia del erotismo de Camilo José Cela, tratados apolillados sobre la Inquisición, las ‘Ráfagas’ de León Leal, del dibujante El Perich, de Pedro de Lorenzo, tomos de la historia de Cáceres... Libros subrayados por él y con anotaciones suyas. ¿Por qué nos impresionará tanto ver la letra de un ser querido que se nos ha muerto?

También heredé del compañero varias cajas con revistas viejas. Una de estas noches estuve enredando en una de las cajas, y vi un ejemplar de la revista Oasis, de diciembre de 1935, que me llamó la atención porque contenía un amplio reportaje de 11 páginas sobre Cáceres que firmaba F. Layna Serrano.

Según he averiguado, Oasis era una revista mensual que se publicó entre 1934 y 1936, y Francisco Layna Serrano (1893-1971) un médico e historiador de la provincia de Guadalajara. Como médico llegó a tener cierta fama como otorrinolaringólogo, y como historiador escribió varios libros sobre la riqueza patrimonial de Guadalajara de la que sería cronista oficial.

Cuando publicó su reportaje sobre Cáceres, Francisco Layna tenía 42 años y según acompaña a su firma, era académico correspondiente de la Historia y Bellas Artes. Contiene el reportaje buenas fotografías hechas por él mismo, de la fachada de la Ciudad Monumental vista desde la falda de La Montaña, del Palacio de Godoy que entonces era sede del casino (el Círculo de la Concordia), del Arco de la Estrella, la Casa del Sol, y el Palacio de Carvajal, que señala que entonces era llamado ‘la Casa Quemada’ por un incendio que hubo en el edificio. También hay imágenes del Palacio de los Golfines de Abajo y de la torre que está junto al Arco del Cristo, torre que, por cierto, ahora mismo está en venta junto a la casa a la que está adosada, parece que el dueño de la casa lo es también de la torre.

Layna Serrano llama a la Ciudad Monumental ‘la parte vieja de Cáceres’ o ‘Cáceres la vieja’ alabando su conservación, al considerar que está igual que en pleno siglo XVI. «En Cáceres la vieja – se lee en el reportaje –, no ocurre lo que en Toledo, en Ávila, etcétera, donde modernas edificaciones adulteran el conjunto, despiertan al visitante de su deliquio evocador y perjudican con su plebeyez a las vecinas nobles construcciones del pasado». Dice que los cacereños han tenido, «sumo cuidado en conservar intacta la parte situada intramuros, o sea la Cáceres histórica; laudable conducta que, por desgracia, no cuidan de imitar otras poblaciones españolas».

Francisco Layna recomienda al lector conocer Cáceres viniendo por la carretera de Trujillo, y subir al santuario de la Virgen de la Montaña para ver desde allí la belleza de la ciudad. Aconseja ir a Fuente Concejo, «a la que de modo continuado bajan airosas cacereñas por agua», ver el Arco del Cristo y luego ir a la derecha hasta llegar a la Iglesia de Santiago, «orgullosa de poseer el magnífico altar mayor, última obra del famoso Alonso González Berruguete», y luego ver el Palacio de Godoy, «que tiene el más bello balcón esquinero de la ciudad y el más ostentoso escudo en ángulo que puede en ella admirarse». Luego llega a la Plaza Mayor, en donde hace un sorprendente comentario, al señalar que entre las almenas de la Torre de Bujaco, «está una estatua romana de Ceres, ante la que, hasta hace poco tiempo, persignábanse los cacereños, por estar disfrazada de Virgen María».

Lo cierto, según cuenta Jesús Sierra Bolaños en su blog Norba Caesarina, es que la misteriosa diosa Ceres estuvo subida en la Torre de Bujaco desde 1820 a 1962 y seguramente a muchos, desde abajo, les podía parecer una imagen de la Virgen María. Bolaños comenta que la diosa Ceres, «para el pueblo llano cacereño era conocida popularmente como la Santa de la Plaza».

En el artículo de 1935 se aconseja entrar en la Ciudad Monumental desde el Arco de la Estrella. Todo son alabanzas, sólo se queja de que el Palacio de las Cigüeñas había sido restaurado con escasa fortuna, y que en el Palacio de Mayoralgo, «dos lindísimas ventanas gemelas, con mal gusto se convirtieran en balcones». En la actualidad ya no existen esos balcones.

Recomienda también recorrer estas calles en noche de luna, y se queja de que Cáceres sea desconocida, diciendo de que ya es hora, «de que se divulguen por el mundo la multitud de sus encantos, a la vez que se inspiren en su ambiente y en su historia prosistas y rimadores, hasta hacer que prenda en las gentes el ansia de conocerla».

La verdad es que me gustó encontrar el reportaje de Cáceres de hace 82 años, pero más me gustó ver que dentro de la revista había esta pequeña poesía escrita con la letra de médico de Sanjosé:

Apoyo mi cabeza

en tu dolorido

pecho dormido.

Siento, dentro de ti,

un movimiento tranquilo,

igual al de una ola cansada.

Quisiera estar dentro,

darte mi vida.

Ser tu corazón.

Prolongarme en ti.

Comprobar que

padre e hijo somos uno:

una misma lágrima,

una misma sonrisa.

Su único hijo se murió de sida con 20 años, tras una larga agonia en el Hospital Nuestra Señora de la Montaña. Sanjosé no se separaba de su cama. Siempre me asombró la forma en la que sobrellevó su gran dolor.

Él decía que su consuelo eran sus libros. Estos libros que ahora me consuelan a mí y que aún no sé a quién consolarán mañana.

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