Contra el Reino de Italia

SERAFÍN MARTÍN NIETO

Las relaciones internacionales son complejas y frágiles. Basta con un bocachancla o un prófugo para que se ensombrezcan. Para ejemplo, los excesos verbales Matteo Salvini contra Emmanuel Macron; o los recientes de Trump acerca del Brexit; o el asilo de la justicia flamenca al huido Puigdemont, que le ha escaqueado de sentarse en el banquillo junto a sus subordinados que están siendo juzgados.

Los movimientos revolucionarios de 1820, 1830 y 1848, inspirados en un fuerte componente nacionalista, suscitaron en los italianos el deseo de unificar la península, que se hallaba dividida en varios reinos y estados. Gracias a la ayuda, no desinteresada, de Napoleón III, pues anexionó para Francia la Saboya y el condado de Niza -paradójicamente la ciudad natal de Garibaldi-, la Lombardía se incorporó al Reino de Cerdeña tras la derrota de los austriacos en Solferino en 1859. Simultáneamente, Garibaldi, expulsó a los borbones de las Dos Sicilias. En 1861, Víctor Manuel de Saboya se proclamó Rey de Italia. Faltaban el Véneto y los Estados Pontificios, que Napoleón III protegió por temor a los católicos franceses. Sin embargo, fueron los propios súbditos los que se rebelaron contra el Papa, cuya autoridad terrenal quedó circunscrita a la ciudad de Roma.

La reacción de Pío Nono no se hizo esperar. Mediante encíclicas y alocuciones dirigidas a los obispos, excomuniones, misivas a los reyes europeos, condenó el nuevo statu quo. El gobierno español, bajo la presidencia de O'Donell, protestó diplomáticamente por la ocupación de los Estados Pontificios, retiró al legatario en Cerdeña al tiempo que instaba a los países católicos a ayudar al Papa. Casi toda Europa reconoció al nuevo reino, pero España no cedería hasta 1865. La oposición de los obispos españoles estalló inmediatamente. Célebres son las diatribas entre el arzobispo de Santiago y el liberal Sagasta.

El 10 de julio de 1869, medio centenar de placentinos «muy católicos por la gracia de Dios», se dirigían a Isabel II para suplicar que no reconociese de ninguna manera al Reino de Italia por las «usurpaciones descaradas» y sobre todo por el «odioso sacrilegio» contra la «suprema autoridad de la Yglesia» y el Papa. No sé si el gobierno español les haría mucho caso; desde luego el italiano no, que un año más tarde ocupó Roma y la convirtió en capital del reino, poniendo fin al milenario poder temporal de los papas.