La realidad del refugiado en primera persona

Mesa redonda con Elena Esnaola, Afaf Al Hamrouni, Mamen Gómez, Carlos Armando y Patricia Sierra. / J. R.
Mesa redonda con Elena Esnaola, Afaf Al Hamrouni, Mamen Gómez, Carlos Armando y Patricia Sierra. / J. R.

Cáritas presta apoyo a expatriados que se sobreponen al drama de la guerra y la migración acogidos en la ciudad

LAURA ALCÁZARCÁCERES.

«La migración a otro país y la apertura de fronteras son un derecho y tenemos derecho a elegir dónde vivir». Son palabras de Patricia Sierra, miembro de la Plataforma de Personas Refugiadas de Cáceres y presidenta de la ONG Sonrisas en Acción. Su afirmación no es baladí. Esta maestra cacereña, que da clases en Cañaveral, lleva prestando ayuda como voluntaria en distintos campos de refugiados de Grecia, Serbia, Francia, el Sáhara y Líbano desde hace cuatro años, donde ha visto de cerca los horrores de la guerra en niños y familias. «Mi madre me dice que por qué no me voy a Conil en vacaciones, pero yo me voy a campos de refugiados a ver otra cosa», resalta.

Patricia y otra voluntaria de la Asociación Geum Dodou en Melilla, Elena Esnaola, expusieron el jueves sus experiencias vitales en la cruda realidad de los campos de refugiados, en una mesa redonda organizada por Cáritas Coria-Cáceres y moderada por la responsable del Programa de Inmigrantes de la diócesis, Mamen Gómez. En la mesa se les puso cara y ofrecieron su duro testimonio dos personas que han huido de la miseria y la guerra en sus países de origen y afrontan hoy un futuro más prometedor junto a sus familias en Cáceres.

Es el caso de Carlos Armando Mejía, que reside en un piso de Aldea Moret con su mujer y sus dos hijas adolescentes, a quienes consiguió traer a España tras su llegada solo al país. Este hondureño lleva en la ciudad desde hace cinco años, después de que se le truncara el sueño americano. «El 12 de junio de 2014 salí de Honduras, un país muy pobre, muy precario, donde sobrevivir es una odisea, derrotado, un don nadie, sin familia», relataba.

«Pasé una experiencia muy mala, muchos países no querían refugiados» Afaf Al Hamrouni, Refugiada

«En Honduras sales de tu casa, te despides de tu familia y no sabes si volverás a verles» Carlos A. Mejía, Honduras

Carlos empezó a frecuentar Cáritas, donde le brindaron ayuda y comida. «Me sentía muy bien allí, llegaba llorando y salía con otras perspectivas». Y es que al llegar a la ciudad las cosas no le fueron en un principio lo bien que él creía. «Ha sido muy difícil -explicaba- y le decía a Mamen (la coordinadora del programa) que iba a buscar a la policía para que me devolvieran a casa».

Honduras es un país castigado por la corrupción en la política y en las instituciones públicas, donde la vida no es fácil y menos para para los más vulnerables. «Allí sales de casa, te despides de tu familia y no sabes si volverás a verles», comentaba en relación al crecimiento de la delincuencia, hurtos y extorsiones que sufre el país. Carlos ha superado su caída en las drogas que «hundieron mi vida en Honduras», y hoy es «feliz» en una ciudad que ha acogido a su familia y en la que desea que sus hijas forjen un futuro. Mientras, él se esfuerza por ser ciudadano español con todas las de la ley: «Estoy estudiando para hacerme con la nacionalidad pero, ¡no se me queda!, es muy difícil la gastronomía, la geografía...», contaba como anécdota.

Afaf Al Hamrouni, por su parte, está en tratamiento médico para recuperarse del shock postraumático que le han causado la guerra de Siria y las dificultades a las que hizo frente a su paso por Líbano, Marruecos y Melilla hasta que cruzó a la península en 2015. Esta tunecina ha vivido en Siria desde los 16 años y en 2013 abandonó el país «sin nada», con cuatro hijos menores de edad y dejando a su marido en una Siria devastada por las bombas. Tras pasar por Málaga y Teruel, Afaf y sus hijos llegaron a Cáceres en febrero de 2016, apoyados primero por una asociación que se quedó sin financiación y les dejó «en la calle». Desde junio de 2018 es Cáritas la organización que presta ayuda a Afaf y a sus hijos -que no superan los 20 años- alojándoles en un piso cedido donde ahora rehacen su vida.

Esta madre coraje hablaba visiblemente emocionada con un español que día a día va perfeccionando y la pesadumbre de estar sobreponiéndose a la parte más cruel y miserable que puede deparar una vida, la guerra. «He pasado una experiencia muy mala, muchos países no querían acoger a refugiados; aquí estoy muy contenta y quiero vivir en Cáceres con mis hijos», aseguraba.