Mi portera es sueca

Christina Gustavsoon y su marido, Severino Puerto, en la portería de Antonio Silva. :: /LORENZO CORDERO
Christina Gustavsoon y su marido, Severino Puerto, en la portería de Antonio Silva. :: / LORENZO CORDERO

Christina Gustavsoon lo tiene todo bajo control en una comunidad multilingüe de la céntrica calle Antonio Silva

Laura Alcázar
LAURA ALCÁZAR

Aunque aquí no se dan situaciones tan estrambóticas como las que se suceden en cada capítulo de la desternillante serie televisiva 'La que se avecina', Christina Gustavsson reconoce que en más de una ocasión ha sido el paño de lágrimas de algún vecino, cuando además de realizar las tareas propias de portera que demanda una comunidad de 70 viviendas, ha ejercido de confidente de sus residentes. Esta sueca de padre finlandés y madre noruega, a la que le queda poco para cumplir los 64, es el 'alma matter' del número seis de la céntrica vía Antonio Silva, una de las perpendiculares que desemboca en la avenida de España por los impares. «Soy 'la mamma'» dice en un guiño al estereotipo de la protectora matriarca italiana, con su marcado acento noreuropeo. «Vienen algunos contándome sus cosas, les escucho, y les digo lo que pienso porque llevo ya muchos años aquí y tienen confianza conmigo».

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¿Pero cómo llega una nórdica a Cáceres? Como otros compatriotas suyos Christina vino a España buscando los rayos de sol mediterráneos que tanto seducen a los habitantes norteeuropeos. No se instaló en la ciudad por casualidad. Su marido es extremeño, de Torre de Santa María, una pequeña población cacereña situada entre Valdefuentes y Montánchez. Severino Puerto trabajaba en la hostelería mallorquina cuando en el 79 conoció a una joven rubia y de ojos claros que veraneaba en la isla, «fue un amor de vacaciones», recuerda Christina, que aquel verano tuvo que volver a su país. Pero ambos quedaron prendados y la joven sueca regresó a Mallorca para reencontrarse con Severino e iniciar la historia de amor que dura hasta hoy.

En un viaje a la Europa de los fiordos al extremeño le impresionó tanto Suecia que allí han pasado 24 años de sus vidas. Él, trabajando en varias fábricas, de plásticos y neumáticos, hasta colocarse como conserje municipal en la localidad de Gislaved -en la misma región donde dio sus primeros pasos el gigante internacional que es hoy IKEA-, y Christina como empleada en una empresa médica. «Mi marido estaba muy a gusto allí; trabajaba mucho en los colegios y disfrutaba del mismo horario que los profesores», confiesa sonriendo.

«Soy la 'mamma', algunos vecinos me cuentan sus cosas y les escucho; tienen confianza conmigo»

En 2006, con sus retoños ya adultos -Eugenio y Alexander- , que hoy viven en Estocolmo, la pareja emprendió sola la vuelta a España. Durante un año disfrutaron del paro sueco y terminaron la casita familiar que por entonces tenían «medio hecha» en el pueblo. «Cruzamos en coche toda Europa desde Suecia con nuestro perro, conduciendo yo», relata Christina, que en 2007 volvió con su marido a Suecia para dejar todo resuelto en su país antes de instalarse definitivamente en Extremadura. El mostrador de la portería lo ocupó Severino en junio de 2008. En 2014 se jubila y su esposa, muy querida ya en el vecindario, es quien toma el relevo. Se alojan en un pequeño pero coqueto piso cedido por la comunidad en la planta baja, donde Christina está prácticamente las 24 horas a disposición de todo aquel que la necesita. «Antes me ocupaba de limpiar algunas casas aunque ya no tengo tiempo» apunta, y añade: «aquí viven señoras mayores a las que ayudo, por ejemplo, si no les funciona el mando de la tele o la lavadora me llaman, o si hay que colocar algo en la cocina, bajar cosas de los armarios, etc.».

A las seis y media de la mañana está ya acicalando el portal, aunque su horario oficial comienza a las ocho. «Empiezo temprano arreglando los pasillos para tener el edificio limpio; lo tengo todo controlado para que no haya ninguna avería», declara esta agradable y servicial mujer a la que los residentes han echado en falta los 20 días que ha pasado en Estocolmo con sus hijos y nietos en julio. «Yo creo que la gente está contenta. El otro día me dijo la hija de una señora mayor que vive aquí: ¡qué bien que Christina ha vuelto ya de vacaciones!». Los mayores la adoran pero también genera simpatía entre los jóvenes que residen en el bloque. Como Carmen y Raúl, que aunque llevan solo diez meses no tienen «ninguna pega». «Es muy limpia, tiene todo muy recogido y tanto ella como su marido están para lo que se les necesita», dice la joven, que tiene una vivienda alquilada en el quinto.

«Siempre hay alguna queja por ruidos, todos los hacemos, no tiene que ver con las nacionalidades»

La convivencia en esta comunidad de setenta familias, en la que unas cuantas son extranjeras, es «muy buena». «Siempre hay alguna queja por ruidos, todos los hacemos, y no tiene nada que ver con las nacionalidades», subraya la portera que en poco más de un año se jubila y cambiará Cáceres por Torre de Santa María. «Cuando regrese al pueblo echaré de menos la Parte Antigua y salir de tapas, es lo que más me gusta; también que desde cualquier sitio ves campo y no hay tanto asfalto». Los vecinos sí añorarán entonces a la vitalista Christina y sus charlas en la portería.