La noche confunde

La noche confunde
SERAFÍN MARTÍN NIETO

Las autoridades civiles y eclesiásticas siempre recelaron de las cofradías. Tal vez, su idiosincrasia popular y su régimen de organización fueran las causas. Los obispos trataron de someterlas a su pleno control, no sin que éstas se defendieran en múltiples ocasiones ante los tribunales. El poder real no le iba a la zaga, especialmente Carlos I tras las revueltas de las Comunidades. El ilustrado Carlos III, a instancias del obispo de Plasencia, proscribió en 1777, entre otras tradiciones, los empalados, disciplinantes, las procesiones nocturnas. A esta serie de medidas coercitivas, se sumaría la recién establecida Real Audiencia de Extremadura.

En 1571, la cofradía de la Cruz de los Disciplinantes acordó subir procesionalmente, acompañada de los franciscanos, todos los domingos de Lázaro al lugar del Calvario para asistir a la predicación. Sin embargo, el obispo don Pedro García de Galarza anexó dicho paraje a la cofradía de la Soledad, que él mismo ordenara fundar en 1582. A comienzos de 1583, se estipuló celebrar allí la ceremonia del descendimiento. Pero fue al estatuirse el traslado de la Virgen de la Soledad en la tarde del Domingo de Pasión y su estancia en el Calvario hasta la del Viernes Santo, cuando dio origen la costumbre piadosa de peregrinar a dicha ermita, bendecida en 1602.

Al inicio de la Cuaresma de 1792, la Real Audiencia, para impedir que las personas de ambos sexos, que so pretexto de recorrer el Vía Crucis y visitar la imagen de la Virgen, se valieran de la obscuridad para cometer «torpezas y otros punibles desórdenes», acordó publicar bandos y fijar edictos por los que se prohibía subir al Calvario después de la puesta del sol.

No debió de surtir el efecto deseado, pues en 1819, la Audiencia conminó al mayordomo de la Soledad a que cerrará por la noche las puertas de la ermita.

Ya en el siglo XVII, se prohibieron en varias ocasiones los cortejos después del atardecer, claro que eran tiempos de guerra y de toque de queda. A finales del XVIII, eran tiempos de salvaguarda de pública moralidad.