¿Modernidad?

JUAN CARLOS MARTÍN BORREGUERO

Aquellos que quieren pasar a la posteridad por la vía rápida y sin esfuerzo, suelen sufrir brotes de megalomanía que enmascaran con el nombre de 'progreso'. Gracias a estos ilustres iletrados, perdimos una lista interminable de patrimonio: Puerta de Mérida (1751), Puerta de Coria (1879); ermita de San Antón (1892), ermita del Humilladero (1903), torre del Foro de los Balbos (1930) por un efímero mercado, garita de Peña Redonda (1931), ermita de San Marcos (1964), seminario de Galarza (1969), convento de San Pedro (1992), etc. Por no hablar de restos arqueológicos de diferentes épocas que han acabado sucumbiendo al trazado de modernos bloques de pisos, autovías, o líneas del AVE, etc.

Algunos obligados a conservarse fueron víctimas de un legal engaño, pues vaciados, sus cascarones fueron rellenados con modernas estructuras. Como aquel intento de gran bloque de hormigón para un gran Hotel en pleno casco histórico, o esa modernista sede de un gran Banco. Otros tuvieron menos suerte, como el puente de San Francisco del siglo XVI, que tras sufrir transformaciones en 1879 y 1972, acabó siendo el mutilado adorno de una rotonda en 2003.

La suerte estuvo con los condenados al derribo como la Torre de Bujaco, o la ermita de Santo Vito (1914), y con los edificios marcados con grandes y peligrosas grietas que a punto estuvieron de ser engullidos en el gran hoyo que albergaría ese subterráneo aparcamiento privado en plena avenida pública.

Hoy, una escalera mecánica al aire libre, amenaza con destrozar la historia que fluye por conductos subterráneos de época incierta bajo las ya destrozadas pétreas escaleras, que curiosamente te hacían siempre acabarlas con la misma pierna con la que las empezabas. El nombre evocador de este calle, 'alzapiernas', quedará diluido por otro rastro absurdo de modernidad que ya no te obligará a alzar la pierna.