A medias tintas

ÁLVARO RUBIO

Ni blanco ni negro, ni chicha ni limoná. Un poquino de aquí, un poquino de allá. 'Pichí pichá', que se dice por estas tierras. El cacereño no está acostumbrado a decantarse de un lado o de otro. Lo de 'mojarse', un término coloquial más, parece que no va con su manera de ser. «Yo te lo cuento porque es necesario que la gente lo sepa, pero no me saques en el periódico que a ver si se van a enfadar». Ya he perdido la cuenta de las veces que he escuchado esa frase. Casi tantas como esta: «No pongas mi nombre».

Algunos lo verán como una virtud y otros como un gran defecto. Nos pasa en el ámbito personal. Nos cuesta elegir, algo normal por otro lado. Lo de dar la cara es casi imposible para algunos.

Sin embargo, si hablamos de una ciudad, y de cómo gestionarla, la cosa cambia. Difícil gobernar para todos y más aún contentar a cada ciudadano. Opiniones aparte, lo único que está claro es que el miedo a molestar conlleva una falta de toma de decisiones que en la mayoría de los casos impiden avanzar. Moverse en ese terreno es a veces más peligroso que el propio inmovilismo.

Y en Cáceres hay más de un ejemplo. El más reciente es la Feria de San Fernando. Ni de día ni de noche. Ni en el centro ni en el recinto ferial. Apostar a medias tintas por dos opciones para no enfadar a los hosteleros ha acabado con descafeinar el ambiente festivo a ambos lados de la ciudad.

La cita más esperada por la mayoría de los cacereños ya no es lo que era. Ni un centro a rebosar lleno de charangas como en ciudades vecinas ni un ferial con más de 30 casetas. Apenas 13 repartidas por un espacio cada vez más decadente. El que tenga un poco de memoria sabrá de lo que hablo.

Pero más allá de citas que son una vez al año, pensemos en futuro. Para ello primero habrá que cambiar en nuestro día a día. En esa tarea la tibieza poco ayuda. El miedo menos.