Juancho Viola y la desaparición de los hombres lobo

Sergio Lorenzo
SERGIO LORENZOCáceres

«Mal empieza la semana», dijo aquel al que ahorcaban el lunes. Yo también empecé mal esta semana al despedir el lunes a Juancho Viola, el cónsul honorario de Portugal en Cáceres, que se nos fue, siguiendo su ataúd un acordeonista que tocaba alegres giras portuguesas, tal como él quiso.

Le conocí al año de llegar yo a Cáceres, cuando él organizaba el I Congreso Internacional de la Caza en Extremadura que se celebró en esta ciudad en 1987. Recuerdo que me impresionó ver el gran tamaño de un ave disecada en donde se celebraba el congreso. «Es una avutarda – me dijo – y las hay a cientos en Sierra de Fuentes, aquí al lado. Hubo un tiempo que se prohibió su caza porque había pocas, pero quizás pronto se puedan volver a cazar». Conversador ameno me contó historias de la caza de estas aves que reflejó en el magnífico libro 'La caza en Extremadura', como cuando en el Alburquerque en el que él nació, los hermanos Isidro y Jacinto Alcón conseguían hacerse con alguna: «A veces, cuando las avutardas estaban próximas a un carril y este cruzaba un regato, al pasarlo con la bicicleta, que era el vehículo de los hermanos Alcón, Isidoro se dejaba caer con la escopeta y Jacinto seguía pedaleando dándole la vuelta. Las avutardas distraídas con el ciclista no se apercibían de que Isidoro por el regato se les venía encima y el final era que una o dos avutardas acababan también montadas en la bicicleta B.H. camino del cortijo de 'La Galga'».

Viola me habló muchas veces de la necesidad de hermanar a portugueses y extremeños, también de los grandes beneficios que podía dar a Extremadura una caza bien gestionada. Defendía a los cazadores humildes como el 'Tío Crespo' que ejercía el furtivismo de subsistencia, y decía que a nadie se le debía negar la posibilidad de practicar la actividad más antigua del hombre. Con él conocí a cazadores que son más ecologistas que los que ahora dicen serlo, y quieren que se prohíba la caza, algo inaudito.

Cuando más me sorprendió el amigo Juancho Viola fue el miércoles 31 de enero de 1990. Ese día salía en el Diario HOY una crónica, firmada por el que junta estas letras, que hacía referencia a uno de los juicios más extraños a los que he asistido.

Contaba la crónica de tribunales que el día anterior había sido juzgado un hombre de 61 años acusado de matar a un convecino de la localidad de Carrascalejo. Rufino, que así se llamaba el acusado, era el guarda jurado de una finca y llevaba varios días intentado cazar a un perro cimarrón que estaba matando ovejas en la zona. A las doce de la mañana del 4 de abril de 1986 él iba montado en su mula, por el camino que une Carrascalejo con Castañar de Ibor. A cuatro kilómetros de Carrascalejo por fin vio a su enemigo. Estaba en una zona de monte totalmente asalvajada, llena de jaras y arbustos de más de dos metros. Apuntó al perro cimarrón con su escopeta del calibre 12, cargada con munición de postas... y disparó.

Lo que ocurrió después fue un infierno para Rufino, porque cuando se acercó como pudo al lugar, vio que no había disparado contra la alimaña que llevaba días persiguiendo. Quien estaba tirado en el campo, muerto: era un amigo suyo, un vecino de 46 años que estaba casado y tenía tres hijos. El disparo había sido mortal. Le alcanzó de lleno en el pulmón izquierdo.

Aún me acuerdo de como Rufino lloraba delante del juez, diciendo que no comprendía cómo podía haber matado a su amigo, cuando él había disparado al perro cimarrón al que vio con claridad. Tampoco se explicaba qué hacía en esa zona tan salvaje el vecino. En el juicio se dijo que el lugar era casi intransitable y que para que la jueza se acercara a realizar el acto del levantamiento del cadáver, hubo que hacerle paso cortando ramas. Recuerdo que la viuda aseguró que el acusado era amigo de su marido, y que unos días antes habían estado comiendo juntos un cabrito.

Estaba yo desayunando ese miércoles en el Gran Café cuando se me acercó Viola con el periódico:

–Lo que tú cuentas aquí – me dijo con su típica sonrisa –, es un caso de hombre lobo.

–¿Estás de broma? - le pregunté.

–¡Qué va! Cuando al hombre lobo se le mata cuando está transformado en lobo, al poco vuelve a su figura de humano.

Me aseguró que en Extremadura se han dado muchos casos de licantropía, contándome que él iba a cazar a muchos puntos de la región, que hablaba con los lugareños, y tenía recogidas en fichas muchos casos de hombres lobo de bastantes comarcas. Me dijo el último caso que le habían contado, el de una mujer que vivía en una finca y que dejó a su bebé un momento fuera de la casa y al volver vio que un lobo lo estaba olisqueando. Comenzó a gritar hasta que el animal huyó. Cogió al bebé y al poco tiempo apareció su marido que tenía en la barba... un hilo de la ropa del bebé. Le dije que podía prestarme sus apuntes para hacer un reportaje, pero él me dio largas: «No, que me compromete. Va a pensar la gente que no soy un hombre serio. Ya te los daré». ...Y no me los dio.

Para quitarnos el disgusto de la muerte del amigo, el fotógrafo Salvador Guinea nos invitó un atardecer a tomar en su huerto unos vinos, acompañados por patatera y morcillas de Arroyo de la Luz. Se nos dio por hablar de ese hipotético caso de licantropía en Carrascalejo y, mientras bebíamos, buscábamos información en internet. Vimos un artículo de José María Domínguez Moreno, que señalaba que Caro Baroja mantenía que en el oeste peninsular es donde se ha dado con más arraigo el fenómeno de la licantropía, y que en Extremadura esos fenómenos se adscriben a zonas determinadas de la franja con Portugal, la Sierra de Gata, Las Hurdes, la Tierra de Granadilla y en Las Villuercas. También vimos que Publio Hurtado escribió bastante de los hombres lobo extremeños, y que en Santibáñez el Alto se contaba un hecho que daba razón a lo que dijo Viola: Un joven cazador logró matar a un lobo que atacaba su rebaño las noches de luna llena. Al ver el gran animal le cortó una garra y se la llevó como trofeo, metiéndola en el zurrón. Al llegar al pueblo enseñó el trofeo y en vez de la garra mostró una mano humana. Fueron todos a donde estaba el lobo muerto y encontraron el cadáver de un joven sin una mano, que era el hermano pequeño del cazador que hacía unos años había desaparecido.

Entre vino y vino, nos fuimos animando. Manuel Caridad, ya algo faltón, me dijo. «Oye, juntaletras, ¿y no has oído hablar del caso de Romasanta, el único hombre que ha sido juzgado en España por matar a personas convertido en hombre lobo? ¿Qué vas a saber?».

Le callé la boca, porque había visto la película de Pedro Olea 'El Bosque del lobo' de 1971, donde un magnífico José Luis López Vázquez interpreta a Romasanta.

Haciendo de erudito, mirando internet, Caridad dijo que Manuel Blanco Romasanta, que nació en una aldea de Orense en 1809, era un hombre que enviudó al año de estar casado, con 23 años, y se metió a buhonero matando a mujeres y a niños. En el juicio, que duró un año, se demostró que había cometido nueve asesinatos, pero él aseguró que había matado a 13 personas convertido en hombre lobo. Se le conoció como el 'sacamantecas', ya que vendía grasa que se aseguraba que era de sus víctimas. Murió en 1863, de cáncer de estómago, en la prisión de Ceuta.

Descubrimos que sobre Romasanta hay reportajes de prensa recientes, ya que se asegura que este hombre lobo, en realidad era... una mujer loba. En su partida de nacimiento figura que era una niña que se llamaba Manuela y no Manuel. Medía 137 centímetros y se decía que tenía facciones femeninas. Antes de andar vendiendo ungüentos trabajó de modista.

Estando ya así la reunión, recordé las cosas que me decía mi abuela sobre los lobishome.

–Ya sabéis que ejerció de meiga en tierras de Romasanta, y me aseguraba que cuando un matrimonio sólo tenía hijos varones, el quinto y séptimo eran hombres lobo seguro. Solo se les podía quitar el maleficio si al ser bautizados su padrino era el hermano mayor, y le ponían de nombre Antonio.

–Pues entonces - dijo algo entristecido Caridad-, ya te digo yo que en Extremadura se han extinguido, porque aquí no tenemos dinero casi ni para casarnos, y los pocos que se casan normalmente tienen dos hijos como mucho. Una pena.

Ya era de noche, y junto a las ramas del centenario alcornoque del huerto se veía la Luna, que hacía unos pocos días había estado llena. Caridad se levantó como pudo y levantando la copa hacia el astro, brindó: «¡Por los hombres lobo! ¡Otros que también se han ido de Extremadura».

Hubo que llevarle a casa.