Una joya cacereña de papel y una mierda de cielo

Calle de Guadalupe, vista de Cáceres desde El Rodeo y Casa señorial de Trujillo :: Tomás Martín Gil
SERGIO LORENZOCáceres

Reconozco que con 20 años de menos me hubiera muerto de miedo. Algo bueno tiene que tener cumplir años.

Ocurrió a primera hora de la tarde del martes, 11 de junio, cuando me disponía a escribir media página del juicio al que había ido por la mañana, el de un exalcalde acusado de meter la mano en el cajón. De pronto, el ordenador se puso a lanzar destellos de todos los colores del arco iris, como si fuera un anuncio de la Fiesta de los Palomos de Badajoz. Yo me quedé quieto en la silla, mientras el compañero Salvador Guinea, que es más joven, se apartó temiendo que el ordenador estallara. Cuando terminaron los destellos, en la caja de la noticia dispuesta para el titular, se fue formando una frase con letras mayúsculas del cuerpo 40:

«OS ESPERO AL INICIO DEL VERANO, EL 21 DE JUNIO, AL ATARDECER, EN SAN MATEO. SANJOSÉ».

Me giré hacia el sorprendido Guinea y le dije contento: «¡Bueno, parece que el difunto... sigue vivo!».

Pasamos esos diez días trabajando en nuestras cosas. Yo tuve que cubrir otro juicio de otro alcalde acusado de malversación de caudales públicos (no me explico cómo la gente se pelea por ser alcalde cuando muchos terminan en el banquillo de acusados); y entre noticia y noticia, también hablamos bastante del gran humanista Tomás Martín Gil (Coria, 1891 – Cáceres, 1947) con el que estamos ahora entusiasmados.

Vista de Plasencia antes de 1929. :: Tomás Martín Gil
Vista de Plasencia antes de 1929. :: Tomás Martín Gil

Resulta que descubrí en la Biblioteca Virtual Extremeña una auténtica joya de papel. Es una Guía Artística de la Provincia de Cáceres editada en 1929. Un libro de alrededor de 300 páginas con un cuidado texto, cuyo autor es José Blázquez Marcos, del que solo he podido averiguar que era bibliotecario provincial. El libro tiene la peculiaridad de que cuenta con 143 fotografías de Tomás Martín Gil.

Son muchas de ellas fotografías que llaman la atención, al ver palacios de la Ciudad Monumental encalados, o una irreconocible torre de la Yerba de la Plaza Mayor, o una imagen bucólica de una vaca lechera bebiendo en la charca de El Rodeo, con la ciudad de Cáceres al fondo. También hay fotos antiguas de Alcántara, de Coria, Plasencia, de Yuste, Trujillo, Guadalupe y Baños de Montemayor.

En esta guía se señala que hace 90 años, en la ciudad de Cáceres había tres hoteles: El Hotel Europa en la Plaza Mayor; Nieto Hotel en la calle Alfonso XIII (calle Pintores) y el Hotel Nacional en la calle Parras. Había otros tres locales en la categoría de fondas y hospedajes: La Española en la calle Ríos Verdes, La Madrileña en la calle Gabriel y Galán y La Sevillana en la Plaza Mayor. También estaban los llamados 'automóviles correos', que salían a diario para Trujillo, Alcántara, Montánchez, Coria, Plasencia, Miajadas y Madrid.

Se dice en este libro que en Cáceres la agricultura muestra como frutos más valiosos y predominantes el aceite y los cereales. «Las industrias no son muy ricas ni artísticas – indica –, pudiendo señalarse principalmente la harinera y las del corcho, curtidos, fabricación de muebles y jabones».

Con la peculiar manera de escribir de la época, José Blázquez dice de esta provincia que, «es uno de los solares de más valiosa y sugerente riqueza monumental y artística; vibran en sus viejas villas y ciudades, como en parte alguna, las voces elocuentes de una casta hidalga, aventurera, luchadora y mística (...). Señorial y prócer en las típicas mansiones de Cáceres, Plasencia Trujillo; díscola y guerrera en las almenas y murallas de Plasencia, de Coria y de Montánchez; devota, recogida y mística en Alcántara, en Yuste y Guadalupe, ofrece en el peregrinar de estos lugares todo un rico emocionario de fervores altos y sentires hondos. Y con todo, su tesoro artístico y sus valores históricos yacen, por indiferencia y apatía de los naturales, en vergonzoso olvido y total apartamiento de las rutas del turismo mundial».

Así fueron pasando los días, hasta que por fin llegó el viernes 21 de junio. Apuramos la tarea y antes del atardecer, Guinea y yo fuimos a San Mateo, llevándonos con nosotros al compañero Manuel Caridad, que sigue algo alelado con las pastillas que toma. Al llegar a la plaza más alta de la Ciudad Monumental, se me saltaron las lágrimas de alegría cuando vi junto a la gran puerta de madera de la iglesia, la figura del viejo periodista enfundado en un desgastado abrigo negro, del que salían periódicos y papeles por los bolsillos (hacía calor, pero ya se sabe que los muertos no lo padecen).

Plaza de Santa María con casas encaladas. :: Tomás Martín Gil
Plaza de Santa María con casas encaladas. :: Tomás Martín Gil

Después de los alegres saludos, lamentando no poder abrazar al ser etéreo, los tres vivos nos sentamos en el banco corrido de piedra adosado al exterior del templo, y el muerto se quedó de pie frente a nosotros para explicarnos el motivo de su desaparición durante varios meses.

–¡Me han expedientado! – resumió –. Quería ayudar a Caridad a hacer un documental de la Extremadura vaciada. Vi que Guinea le había regalado un número de lotería nacional para, si había suerte, él tuviera dinero para hacer la película. Quise amañar el sorteo para que le tocara el número… y me descubrieron. Los jefes me castigaron sin poder bajar y veros hasta que empezara el verano, que ha sido hoy a las 17.54 horas.

La historia nos sorprendió. Caridad, que despertó un momento de su letargo, le dio las gracias algo emocionado; pero, luego le empezó a hacer preguntas.

Torre de la Yerba. :: Martín Gil
Torre de la Yerba. :: Martín Gil

–Oye. ¿Me puedes explicar eso de que tienes jefes ahí arriba? – Le pidió Caridad que es anarquista machadiano, de los de «nadie más que nadie» – Vamos a ver ¿Es que no nos vamos a librar de los jefes ni en el cielo? – le preguntó levantándose y encarándose con el difunto.

–Sí. Lo siento... pero tenemos jefes. ¡Es lo que hay! – dijo Sanjosé encogiéndose de hombros.

–Pues... vaya mierda de cielo. No entran ganas ni de morirse. ¡Vaya mierda de cielo! ¡Vaya mieeeerda de cielo! – repitió gritando. La vista y los brazos hacia lo más alto mientras caminaba al centro de la plaza, rodeado de una nube de turistas que le hacían fotos, seguramente pensando que era algún espectáculo del Festival de Teatro Clásico de Cáceres. Así se fue: enfadado... pero entre aplausos.