La fotógrafa enamorada de los niños de Cáceres que no supo ser madre

La fotógrafa enamorada de los niños de Cáceres que no supo ser madre

Sergio Lorenzo
SERGIO LORENZOCáceres

Salvador Guinea rompió el silencio de la Redacción cuando encontró, en www.todocolección.net, que vendían un libro de segunda mano, por 44 euros, de su idolatrada fotógrafa Inge Morath. Es un libro editado en Madrid en 1994 titulado ‘España años 50’.

–¡Dios! ¡Mira la portada de este libro! – me gritó cuando andaba ensimismado fabricando palabras –. Pero si es una foto de Cáceres hecha por la gran Morath y... ¡vaya fotaza!

La imagen es cierto que es bastante buena: tres niñas de blanco en la Plaza de Santa María, bien vestidas, de familia bien, pasando a su lado una mujer de negro con un gran cesto de mimbre en la cabeza, puede que una lavandera.

-¿Pero cuándo ha estado una de las mejores fotógrafas de la agencia Magnun en Cáceres? – se preguntó en alto, respondiéndole yo con un encogimiento de hombros mientras seguía con mis sucesos.

Ya he dicho alguna vez que Guinea se vuelve obsesivo cuando toma un tema que le gusta, y ha estado, días y días, con la vida de la fotógrafa, contando sus hallazgos. Nos habló de que nació en Austria en 1923, hija de padres científicos, y que vivía en Berlín cuando empezó la II Guerra Mundial. Fue obligada a trabajar en una fábrica en Tempelhof, de la que huyó durante un ataque de bombarderos rusos, llegando a pie a Austria. Lo que vio le marcó profundamente. Ella lo contaba así: «Todo el mundo estaba muerto o medio muerto. Caminé a través de caballos muertos, mujeres con niños muertos en sus brazos. No puedo fotografiar la guerra por esa razón».

Con enorme facilidad para aprender idiomas (llegó a hablar siete), tras la guerra empezó a trabajar como traductora y periodista. Con 25 años, en 1948, fue contratada por Heute, una revista de la Agencia de Información de los Estados Unidos. Al año Robert Capa, impactado por un reportaje suyo, la convenció para que fuera a vivir a París, para unirse como redactora a su recién fundada Magnum Photos.

Salvador nos contó que empezó a ser fotógrafa en 1951, con 28 años, «estaba en Venecia, vio un sugerente reflejo en una calzada mojada y decidió desempolvar la vieja Contax de la familia». En 1953 le enseñó fotos a Robert Capa y éste decidió que aprendiera más como asistente de Henri Cartier-Bresson. En 1955 ya formaba parte de los fotógrafos titulares de Magnum. Salvador no paraba de enseñarnos sus increíbles fotografías, como la que hizo en 1957, en Nueva York, de una llama asomando su cabeza y su largo cuello por la ventanilla de un coche, la que tomó en Irán de mujeres encerradas en ropa junto a pájaros enjaulados, o la que hizo en Londres de una millonaria editora y su chófer. A él le gusta mucho una que hizo en 1960 del rodaje de la película ‘Vidas rebeldes’ de John Huston. Una película maldita porque poco después morirían dos de sus protagonistas: Marilyn Monroe y Clark Gable.

–Mira – decía Guinea mostrando la imagen –. Hay tensión en la foto. En la penumbra de una habitación, Marilyn mira por la ventana y a su espalda su marido, el gran Arthur Miller, le está mirando a ella. Poco después se divorciaron y Miller se enamoró de la fotógrafa y ella de él, que era un genio, el autor de ‘Muerte de un viajante’ y ‘Las brujas de Salem’. Se casaron el 17 de febrero de 1962, y Marilyn se suicidó o la suicidaron unos meses después, el 5 de agosto.

Le di una alegría a Salvador cuando le dije que en la Biblioteca Virtual Extremeña estaban las fotos que Inge Morath hizo en Cáceres en 1955. Entonces fue un sinvivir. Todo el tiempo estaba mirando las fotos y localizando los lugares en los que habían sido hechas.

Las imágenes son increíbles, llamando la atención como la fotógrafa, que entonces tenía 32 años, estaba obsesionada con los niños. Hay cuatro fotos de niños que Morath dijo que hizo en Cáceres. Además de la de las niñas de la Plaza de Santa María, hay otra que hizo en el adarve de Santa Ana, que ella misma tituló: ‘Seis niñas y un niño tímido’. Los sitios de esas dos fotos son fácilmente localizables, pero no tanto una de dos niños corriendo por una calle llevando un cuadro de una reproducción de una Virgen de Murillo. Dudábamos en si era la calle Margallo o la calle Parras, hasta que Guinea aseguró que era la calle Barrio Nuevo, imaginando al fondo la Plaza de la Concepción.

La que nos volvió medio tontos fue la fotografía de una niña descalza con una hogaza de pan bajando unas escaleras enormes, viéndose al fondo otras escaleras. Pensamos que era la zona de la taberna del Inglés... pero no; que era por el Arco del Cristo... pero no. Cansados de buscar, le pedimos ayuda al catedrático Enrique Cerrillo, que nos dio la luz: «Esa foto no es de Cáceres. Es de Trujillo. Esas escaleras son de la iglesia de Santa María». Y así es.

Hay otra foto que según Morath tomó cerca de Cáceres, la de un aldeano con ropa llena de remiendos, «nunca he visto una ropa tan destrozada; pero si el Azarías de ‘Los Santos Inocentes’ (Paco Rabal) parece un dandi a su lado», dijo Guinea; pero esa foto tampoco es de Cáceres, fue tomada en Las Hurdes. Lo descubrió el compañero Jorge Rey, al ver otra imagen de la fotógrafa de Magnum, la de un hombre montando un jumento en Las Hurdes. «Las dos fotografías están tomadas en el mismo sitio. Sólo hay que fijarse en el fondo: está la misma piedra y los mismos dos caminos en paralelo con un árbol al lado». Morath también tiene fotos de niños de Las Hurdes. Destacando la de uno, de poco más de un año, con unos impactantes ojos claros.

Guinea llegó a ser pesado. Todo eran alabanzas a la fotógrafa y a su marido Miller, que tuvieron una hermosa hija, Rebecca, casada con el actor Daniel Day-Lewis. Guinea contó apesadumbrado como su Inge Morath se murió en 2002 y Arthur Miller en el 2005.

Todo eran alabanzas, hasta que nuestro fotógrafo dio con el reportaje del año 2007, de Vanity Fair, en el que se desvela que el matrimonio tuvo un hijo al que repudiaron al tener síndrome de Down. Nació en 1966 (ahora tiene 51 años) y a los cuatro días lo encerraron en un centro. Se dice que cuando cumplió 3 años Morath quiso integrarlo en su familia, pero Miller no le dejó, y que ella le iba a visitar los domingos; pero el matrimonio viajaba constantemente. El escritor ni siquiera le nombra en su autobiografía. Se sabe de su existencia porque antes de morir (con 89 años), Miller se debió de arrepentir y le dejó parte de su herencia.

«No quiero volver a saber nada, ni de la Morath ni del Miller ese – nos dijo Salvador hace dos días –. ¡Pero hombre!... si un niño Down es la dulzura pura, si es una bendición para una familia, porque une a sus miembros. Nada. ¡No volverme a hablar de ellos !».

¡Qué pronto caen los ídolos de pies de barro!

Y aquí ando yo... esperando que le dure el enfado, y me regale el libro de Morath que ha comprado por internet y estará a punto de llegar a la Redacción. Espero cogerlo antes de que lo estampe contra la pared.

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