El cacereño que hace 131 años retrató Badajoz: Ramón Cilla

Las páginas dedicadas a Badajoz, por Ramón Cilla, en el número de 'Madrid Cómico' del 11 de diciembre de 1886 ./S.E.
Las páginas dedicadas a Badajoz, por Ramón Cilla, en el número de 'Madrid Cómico' del 11 de diciembre de 1886 . / S.E.

La revista del Madrid Cómico dedicó un número a la ciudad pacense

Sergio Lorenzo
SERGIO LORENZOCáceres

Me lo dijo una vez el viejo periodista Sanjosé: «nunca, nunca, en una colección de artículos vuelvas para atrás, para tocar un mismo tema, y mucho menos hagas un serial con números. Eso de poner un titular y I, al siguiente artículo el mismo titular y II, y así hasta que te canses... eso es un atentado hacia el lector».

Siento no hacerle caso, pero... tengo mis razones. La culpa la tiene el compañero Manuel Caridad, el del HOY digital, que al ver el artículo de la semana pasada: 'La visita a Cáceres, en 1887, del calentorro Sinesio', me dijo que si había encontrado la revista del Madrid Cómico dedicada a Cáceres, también podía encontrar la dedicada a su querido Badajoz y escribir un artículo similar. Me resistí, le dije lo que he escrito arriba sobre la máxima periodística del recordado Sanjosé; pero él siguió insistiendo y... me dio razones.

Tantas razones me dio que busqué el número y lo encontré. Es el 'Madrid Cómico' del 11 de diciembre de 1886. Hace 131 años. La portada estaba dedicada al escritor de Badajoz Adolfo Vargas. El cacereño Ramón Cilla le hacía una de sus caricaturas macrocéfalas, y debajo de ella hay escritos estos versos: «Entre la buena literatura/ Vargas un sitio debe ocupar,/ porque es un vate de Extremadura/ muy popular».

El número de Badajoz.
El número de Badajoz. / S.E.

Dentro de la revista estaban las dos páginas de Cilla con dibujos de personajes de Badajoz: unos militares, un aldeano, un porquero, un vendedor de guindillas, una mujer con un raro peinado... También rincones de la ciudad, como uno de la Plaza Alta, una calleja estrecha, y el arco de Trajano en Mérida.

En otro lado de la revista, estaban los versos de Sinesio Delgado dedicados a describir la ciudad:

«Señor don Pablo García/ capitán de Infantería:/ Recuerdo que en el café/ de Fornos, el otro día,/ prometí escribir a usté/ en cuanto llegara aquí./ Tengo palabra ¡eso sí!/ He visto la población/ y sus afueras, y ahí/ va la epístola en cuestión./ Temo, y es lo que me pesa,/ que lo que a usted le interesa/ se me quede en el tintero;/ pero cumplo mi promesa/ lo mismo que un caballero./ Le trae a usted, por azar,/ la profesión militar/ que es tiránica y atroz;/ y usted quiere, antes de entrar,/ conocer a Badajoz./ Lo que yo pueda decir/ de poco le ha de servir,/ pues aunque extenderme quiera/ mal se puede describir/ lo que se ve a la ligera./ Mire usted; la población,/ vista desde la estación,/ resulta cosa preciosa,/ no tanto que sea cosa/ de temblar de admiración./ Pero en fin, con su castillo/ en la cumbre de un cerrillo,/ sus almenas y su puente/ y sus torres de ladrillo/ parece un pueblo decente./ Todo está fortificado,/ defendido y artillado,/ muros nuevos, casas viejas.../ ¡Badajoz es un soldado/ armado hasta las orejas!/ Centinela de avanzada/ que no tiene que hacer nada,/ y duerme como un lirón/ y aprovecha para almohada/ la cureña de un cañón./ Sólo de Pascuas a Ramos/ podrá servir, pero ¡vamos!/ se ve que lo principal/ es que crean que tomamos/ por lo serio a Portugal.

La marca que nunca altera/ este guardián de frontera,/ es el dejillo, el ceceo/ que no puedo, aunque quisiera/ remitir por el correo./ Consiste en la sobriedad/ con que con facilidad/ merman el idioma rico/ de modo que la mitad/ se va quedando en el pico./ Este modo de comer/ las letras, no puede ser/ más fácil, pues por decir/ 'Pérez', es un suponer,/ dicen 'Pere', ¡y a vivir!/ Así se abrevia el vocablo,/ es verdad, pero ¡qué diablo!/ se pega el deje al oído/ ¡Y usted lo usará, don Pablo,/ a poco de haber venido!/ Economía anulada/ por la esplendidez marcada/ que se ve en ciertos detalles:/ ¡Los rótulos de las calles/ ocupan media fachada!/ y, lo que es de agradecer,/ hacen, tal vez sin querer,/ tal derroche de bondad,/ que hasta llega a parecer/ importante la ciudad./ En fin, tengo para mí/ que siendo, como es, así/ el carácter de esta gente,/ puede usted pasar aquí/ la vida divinamente.

Hace días fue el estreno/ del teatro, que es muy bueno,/ y muy lindo, por más señas./ Cuando yo fui, estaba lleno/ de adorables extremeñas./ Grande, bien proporcionado,/ elegante el decorado,/ la concurrencia escogida.../ Yo me creí transportado/ a mi Madrid de mi vida./ Así de la ilustración/ prueban en la población/ que el alza y la baja llevan.../ ¡Ah! Hicieron un 'Robinsón',/ ¡qué si lo ve Santisteban!/ Aquí lo más principal/ es la milicia, lo cual/ significa, amigo mío/ que estará en la capital/ como la anguila en el río./ Acaso sea aprensión,/ pero al ver la animación,/ todos los que encuentro a mano/ se me figura que son/ militares... de paisano./ Porque de la madrugada/ a la noche, no oigo nada/ más que ruido de cornetas,/ toques de rancho y llamada,/ y dianas, y retretas./ Y si paseo al acaso,/ veo aqui un soldado raso,/ en seguida un coronel,/ una guardia a cada paso/ y en cada esquina un cuartel./ (...) Las calles son tortuosas,/ tan estrechas y angulosas/ que se pierde el más pintado.../ ¿Qué entendían de estas cosas/ los que las han alineado?/ En aquella edad guerrera,/ era la cuestión primera/ buscar amparo y abrigo,/ que, al mismo tiempo, sirviera/ de obstáculo al enemigo./ Las casas, con vanidad,/ ocultan su antigüedad/ bajo una capa de yeso;/ no lo logran, es verdad,/ pero les basta con eso./ Diré, en fin, si usted me deja/ que Badajoz se asemeja/ con esta mezcla tan rara/ a una señora muy vieja/ que se embadurna la cara.

Conque abur, señor García,/ capitán de Infantería,/ yo he cumplido mi misión/ y puesto que usted quería/ conocer la población,/ la he descrito a la ligera,/ pronto y de mala manera./ Por dentro, yo nada sé;/ es capital de tercera,/ ¡conque figúrese usté!/ Hay tertulias, hay casino,/ cafés y tiendas de vino/ (si a usté le da por ahí),/ y el pueblo extremeño es fino,/ y galante porque sí./ ¡Ah! no se olvide al pasar/ hacia Badajoz, de entrar/ en Mérida;lo merece:/ ¡Y cuidadito al probar/ el cocido, porque escuece».

La verdad, es que que me alegro de que Caridad me haga volver a Ramón Cilla, un gran maestro del dibujo que nació en Cáceres en 1859, y fue, además de un gran caricaturista, un innovador ilustrador, al que se le debe muchos de los dibujos de los cuentos de Calleja. Él se casó, con 29 años, con la joven salmantina de 20 Andrea García Laporta. Tuvieron tres hijos. Cilla se murió el 20 de marzo de 1937, con 77 años, en Salamanca, al no regresar a Madrid por cogerle la Guerra Civil veraneando en El Espinar (Segovia).

Ramón Cilla. ::
Ramón Cilla. :: / S.E.

Tres meses antes de morir la revista Mundo Gráfico publicó una entrevista al maestro. Cilla ya no dibujaba, llevaba varios años casi ciego, y se lamentaba de como habían cambiado los tiempos, sobre todo las mujeres. «Les habla usted de amor a las mujeres de ahora – decía –, y le responden explicándole el binomio de Newton. Las mujeres de mi época lloraban leyendo las rimas de Bécquer. Las de hoy dicen que Bécquer estaba enfermo, que si Freud, que si patatín, que si patatán...»

Bueno, igual te preguntas ¿y cuáles son esas razones para que no haga caso a mi maestro Sanjosé? Las razones me las pondrán hoy en una mesa de El Globo. Si la Biblia cuenta que hay quien se vendió por un plato de lentejas... cómo me voy a resistir yo a varios de arroz con bogavante. ¿Cómo?

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