Adiós, Lusa, adiós

ANTONIO BUENO FLORES

Cuando nos la regalaron, era una bolita de pelo negro. Nació en Marbella, y estuvimos impacientes hasta que pudimos verla. Era una schnauzer miniatura, preciosa. Su madre se llamaba Luna así es que su dueña, mi esposa, que nació en Mérida, le puso Lusa de nombre. Nos dio pena llevarla al patio y la colocamos en una cuna en el aseo, junto a la cocina, arropada con una manta azul. Poco a poco, le fuimos enseñando buenas costumbres: donde tenía que hacer sus cositas, y que no se debía ladrar tanto a los vecinos. Se hizo una buena moza, apuesta, a la que los perros se acercaban con admiración. Ella los recibía con 'ñascos' pues no le daban miedo ni los más grandes. Cuando llegó el momento, le buscamos un novio de su raza y guapísimo. Pero, no lo dejó pasar de la alfombra que tenemos en la entrada de la casa. ¡Qué carácter!

Aunque se portaba muy bien, y nos quería con locura (lo demostraba moviendo el rabito a gran velocidad y con las orejas erguidas), no dejó de hacer alguna trastada. Un día en que volvía de jugar un campeonato de golf, a las cinco de la tarde, me encontré en la mesa la comida que me había preparado mi esposa. Cuando se levantó de siesta me preguntó ¿Estaba buena la ensalada de pimientos? ¿Qué ensalada?, le respondí.Se había subido a la silla y de allí a la mesa y había dejado la fuente limpia ¡como una patena! Debían estar buenísimos, porque seguía relamiéndose.

Se nos ha ido después de 15 años y medio en los que fue ganando terreno hasta dormir como los perros de la Edad Media: a los pies de sus señores. Me ha enseñado a ser feliz en cada instante.

Tengo que confesar que he llorado al escribir este artículo. Pero ha merecido la pena. Pienso como Dyango: «es mejor querer y después perder, que nunca haber querido». Quien no tiene un perro, no sabe lo que se pierde. Gracias, Jesús. Gracias, Begoña.