De Zidane y del Atleti

Diego Simeone saluda a Zidane./HOY
Diego Simeone saluda a Zidane. / HOY
J. López-Lago
J. LÓPEZ-LAGO

La entrevista de ayer con el concejal socialista Fernando Carmona en estas páginas parecía una despedida triste, un desahogo sin más, pero en realidad sus palabras eran tan demoledoras como reveladoras sobre la política local. Huyendo del postureo -¡milagro!-, aunque sin nada que perder puesto que se marcha de la política activa, el abogado metido a concejal reconocía que no ha sido capaz de hacer nada útil en esta legislatura. Su inacción la atribuye a estar en la oposición y a la ausencia de una cultura del pacto, la cual tiene que ver con rechazar todo lo que se le ocurra al adversario, aunque sea buena idea. Pese a estar en la bancada de enfrente, Carmona alabó ayer la preparación del alcalde y dio varios capones a gente de su propio partido, donde seguramente se están revolviendo por no respetar esos códigos internos que terminan aislando de la realidad a quienes viven de unas siglas.

Cortoplacismo o vocación de permanencia fueron otros conceptos que dejó caer dando a entender que los partidos políticos tienden a ser una maquinaria de promoción de los mediocres. Quizás por eso, ahora que se avecinan elecciones multiplicadas por cuatro, no hay esa sensación de fiesta de la democracia de la que se hablaba hace unas décadas, sino una pereza generalizada al entender que acercarse a una urna cada vez sirve para menos cosas.

En 2003, entrevisté a este concejal cuando era conocido como Carmona Méndez, el árbitro extremeño de Primera División. Algunas de aquellas frases sobre fútbol recuerdan a la entrevista de ayer sobre política. Entonces acababa de pitar un Real Madrid-Barcelona y reconocía asombrarse cada vez que arbitraba a Zidane (al colgar las botas confesaría que él es del Atlético). También declaraba que jamás había recibido elogios de la grada y que la mayor gratificación para un árbitro era salir del campo sin que se metieran con él. Por último, me contestó que sentía rabia cuando en las repeticiones comprobaba que un jugador le había engañado, por eso les decía en el campo que se engañaban a sí mismos, pero sobre todo traicionaban al fútbol.