Del suelo que besamos

Del suelo que besamos
JOSÉ MANUEL SITO LERATE

Si tras llover creo descubrir en el asfalto mojado las pisadas que por allí pasaron, otras veces sin lluvia me digo, ¿de quiénes serían estos chicles tan pegados al suelo del paseo de San Francisco, imposibles ya de despegar? Pero sobre todo me llama la atención ver esparcidas por nuestras aceras tantas colillas como fumadores han fumado en Badajoz en esta y en muy anteriores fechas. Que si rodando junto a alguna alcantarilla de la plaza de España descubro colilla con carmín, pienso en alguna treintañera que desde muy joven ya fumaba, y que ahora quiere dejar de fumar y no puede, e incluso me retrotraigo pensando en aquel último cigarro Nobel que fumé bajo en nicotina, que sigue sin reconciliarse todavía con mis triglicéridos altos en chamusquina.

Y como el suelo de una ciudad es mapa para no desorientarse: que en Semana Santa llames costalero descalzo al pavimento, que llames a la piel del suelo hoja caída, que llames en carnavales a la posible pero imposible ingravidez de unos confetis: polvo de estrellas, estornudo del sol, la calima flotando de la luna, y por Puerta de Palmas dando igual desfile o cabalgata, de cáscaras de pipas gran alfombra o tapiz. Mas no lo dudes, a lo que sientas crujir bajo tus zapatos a las puertas de nuestra catedral, llámalo blanco tapiz de arroz, finalmente si ves a tu sombra seguirte sobre el firme, déjala que te siga, no sigas a tu sombra.

Y porque me miro en los charcos sin lodo contemplo en ellos mi ciudad, e igual aparecen como desaparecen la seguridad y las dudas con las cuales a veces escribo, aunque para seguir explorando palmo a palmo el suelo que besamos, rastrea de nuevo y ya, este mi particular frenazo: huellas de neumáticos en la hoja de trescientas palabrejas y pico.