Sixto debuta como escritor

Sixto Barroso, en el embarcadero, muestra la portada de su libro. / C. M.
Sixto Barroso, en el embarcadero, muestra la portada de su libro. / C. M.

El popular personaje del Casco Antiguo publica una novela de aventuras que reivindica el río y a sus barqueros

Miriam F. Rua
MIRIAM F. RUA

«Es como una mesa grande con muchas cosas: desde un bocadillo de mortadela a una langosta». Así describe Sixto Barroso Vázquez (Badajoz, 1952), 'El último barquero', su primer libro que acaba de salir de la imprenta.

Experto en naranjas, regente del chiringuito del pico del Guadiana, mánager de boxeo, promotor de flamenco, marinero, camarero en Estados Unidos, albañil, pintor y quien reinventó La Nacencia de la Legión, a sus 67 años este popular personaje del Casco Antiguo, que siempre va con gorra marinera, debuta ahora como escritor.

«Aficionado -recalca insistentemente-, pero escrito con mucho amor» y aliñado con las vivencias de un hombre que tiene el máster de la calle y la creatividad que le ha dado el mundo que ha trotado. Con ese poso, ha escrito un libro de aventuras, apadrinado por Alberto González, cronista de Badajoz, quien además firma el prólogo.

Recrea el Badajoz de finales de los 60 e inicios de los 70, donde se mueven más de cien personajes

«Es como la Odisea de Homero pero a mi manera» -compara-, una sucesión de aventuras. Algunas reales como el robo del manto de la Virgen de la Soledad, otras que son verdades enmascardas como el crimen del cinturón en la Plaza Alta y otras que son pura ficción, como el túnel secreto desde la catedral a la Alcazaba.

El trasfondo es el Badajoz de finales de los años 60 e inicios de los 70, con todos sus vicios y virtudes, con sus marteses e ilustrados y donde el autor añora los años dorados del Guadiana, los de la playa, los bañistas y los barqueros.

Precisamente, a Manolo, el último barquero que se mantuvo en la orilla con sus barcas para cruzar el río a los pacenses de la margen derecha, es a quien dedica el título del libro, elegido hace ya 30 años.

«En Badajoz hubo varias familias de barqueros, que antes fueron pescadores. Los Videla, el Vera, Serafín Tabares, Correa, el 'bicicleta' y Manolo, que hacían los pases del río por una peseta. Pero en los 70 empezaron a jubilarse y al final, Manolo fue el último en irse del Guadiana. Era un hombre extraño, que solo hablaba de peces, porque su vida era el río y sus perrinos», relata.

Lo conoció personalmente y entablaron amistad, pese a que -dice- era un hombre que no sabía o no quería amar. A Sixto le llamaba 'flamenco' y le llevaba en su barca los bloques de hielo hasta su chiringuito del pico que -presume- «era donde se servían las cervezas más frías de Badajoz».

El barquero y el Guadiana son los homenajeados, pero los protagonistas de su novela son el narrador, un andarín que llega de la sierra rumbo al norte y al que le acompaña Lezo (en homenaje a Blas de Lezo), un perro lisiado por las batallas. En su camino, para en Badajoz y algo le obliga a quedarse en la ciudad, convirtiéndose en el hilo conductor de todos los relatos de la novela.

El principio -describe- «es como un motor de gasoil, un poquito lento». Luego avanza con agilidad gracias a los más de cien personajes que salen y entran del libro en sus 470 páginas. Muchos son reales, casi todos del Casco Antiguo (donde Sixto es vecino cum laude), y muy pocos nombrados por su verdadero nombre, pese a que las referencias de lugar y tiempo -asegura- servirán a los lectores para identificarlos.

Sixto empezó a escribir a mano las primeras aventuras de su novela en los 90 para ahogar la pena que le producía pasear por un Guadiana, que había perdido su protagonismo urbano. Lo continuó en Miami -donde ya escribía a máquina-, a donde le llevó el amor de una americana a la que conquistó con cartas, pero con la que no regresó. Y lo retomó en Badajoz. «Estaba escribiendo para mí. Creía que le debía esa historia al barquero y a Badajoz».

Por eso, -se justifica- está escrito con «el lenguaje del pueblo, como yo hablo, como hablaban los personajes que conocí». Y, en las páginas, hay «conejitos que saltan», en referencia a los gazapos que haya podido cometer, dado que no ha tenido corrector antes de enviarlo a imprenta, porque no tenía ni dinero para pagarlo ni tiempo para retrasar la publicación. «Hay algunas piedras entre las lentejas, pero las lentejas están buenas».