Regalarse tiempo

Regalarse tiempo
J. López-Lago
J. LÓPEZ-LAGO

Niños y mayores suelen ser los más agradecidos cada vez que alguien organiza algo. Quienes quedamos en medio avanzamos por la vida preocupados por mil cosas, unas veces porque las farolas alumbran de menos, otras veces porque alumbran de más.

Sé del éxito que tiene en esta ciudad la Universidad de Mayores, la Feria de los Mayores y otros eventos que se celebran en su nombre, como esos ciclos de teatro de verano que programan sainetes y comedias de enredo de calidad limitada pero con gran éxito de taquilla gracias a las ganas de algunos de participar en todo. Cuando me he adentrado en la feria de San Juan he visto esos bailes agarrados ante una orquesta tan modesta que solo había una persona sobre el escenario y me han emocionado los rostros de agradecimiento de las parejas sobre la pista. Por edad -y vergüenza- no me ha tocado bailar así, pero sé que en apenas una generación habrá desaparecido esta costumbre, de ahí que me quede embobado unos minutos viendo cómo se dejan llevar algunos por los pasodobles.

A la Universidad Popular va gente más joven. La veo como una extraescolar para adultos que disponen de unas horas a la semana por las tardes. Ahora que leo los datos más recientes -más de mil alumnos, 62 cursos diferentes-, celebro la salud que conserva esta iniciativa porque recuerdo cómo en los años de crisis hubo unos recortes tan brutales que algunos gestores temían por la desaparición de estos programas.

Estos días niños y padres andan locos cuadrando las actividades de los pequeños, todo un sudoku de días, horarios y tarifas. ¿Y los demás? Ser mayor y apuntarse a algo es hacerse un regalo a sí mismo, reservarse un hueco para la evasión física y mental, la mejor medicina que nos podamos administrar.

El tiempo libre debería ser lo más preciado y su gestión debería estar blindada por ley, sobre todo si se conjuga con la formación. Lo mismo da aprender a cuidar de un huerto que restaurar un mueble o que te enseñen a pilotar un dron. Todo suma.