Ramón y Cajal recetó a Felipe Trigo hacer fotos

La nieta del escritor extremeño revela la historia que hay detrás de los archivos de su abuelo que se exponen en el Meiac

Carmen Trigo, de 87 años, muestra un autorretrato de su abuelo. / J. V. Arnelas
Natalia Reigadas
NATALIA REIGADASBadajoz

Hace dos años Carmen Trigo decidió entregar una de sus posesiones más valiosas, los documentos y las fotografías que guardaba de su abuelo Felipe. «Es un tesoro familiar y, como una no es eterna, sabes el riesgo que corren esas cosas de dispersarse. Había que protegerlo».

El Meiac de Badajoz va a ser el museo encargado de proteger los archivos personales del médico y escritor extremeño Felipe Trigo. En ese tesoro familiar, del que ahora se expone una parte hasta febrero, hay muchos objetos que revelan claves sobre Trigo. Destacan las fotos hechas por él mismo sobre su vida familiar. Ayer su nieta reveló que se volcó en la fotografía en los últimos años de su vida para luchar contra la depresión, y además, Felipe lo hizo por consejo de un profesor de su hija, el premio Nobel Santiago Ramón y Cajal.

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El archivo incluye también cartas de Trigo cuando le hirieron casi de muerte en Filipinas, bocetos de la casa que se construyó en Madrid hechos por su propia mano o incluso su proyecto empresarial para publicar el semanario literario 'La vida'.

Carmen Trigo tiene 87 años, pero los ficheros de su abuelo cayeron en sus manos hace poco. «Un primo, harto porque ocupaba mucho, me lo mandó y descubrí cosas maravillosas porque estaban tan guardadas y protegidas que no las conocía. Para mí fue un cambio de vida porque, a través de los documentos, me salí del mundo. Iba por Madrid y recordaba su vida familiar o sus amores».

Carmen decidió donar sus archivos a Extremadura, la tierra donde se refugiaba su abuelo cuando estaba triste; y espera que sirvan para que el público en general le conozca mejor. A ella ya le han ayudado porque confiesa que no podía preguntar a su padre por su abuelo, ya que el suicidio del escritor cuando tenía 52 años dejó mucha tristeza en su familia. «Yo deseaba saber cosas de él (no llegó a conocerlo), pero cuando le preguntaba a mi padre se veía que era un dolor tan grande... Se le notaba en los ojos y me daba pena. Espontáneamente, de vez en cuando, se acordaba de cosas. Por ejemplo, él era el maestro de sus hijos. Por Mérida les llevaba al campo, a los tres mayores, para darles lecciones».

«Les dio a sus hijos todo lo que el no había tenido», dice Carmen. Se refiere a una vida familiar feliz. El escritor se quedó solo cuando era muy joven y marcado por la tragedia. «Tenía cinco años cuando murió su padre y poco antes su abuelo, todos tuberculosos. Todos los hermanos, que eran seis, se fueron muriendo menos el mayor, que era José y él, Felipe, que era el pequeño. También murió su madre y, cuando se quiso dar cuenta, estaba solo».

Carmen Trigo delante de un autorretrato de su abuelo Felipe.
Carmen Trigo delante de un autorretrato de su abuelo Felipe. / J. V. Arnelas

Administró con cuidado su herencia, recuerda su nieta, y logró costearse la carrera de medicina. También se casó muy joven, tenía 21 años y su mujer 18, precisamente porque tenía claro que deseaba una familia. Entonces se convirtió en médico rural, estuvo destinado en pequeñas localidades como Trujillanos o Cabeza del Buey. Pero Trigo quería huir del entorno rural. Ambicionaba la agenda social de las ciudades y también poder dar una educación completa a sus hijos. Su nieta relata, por ejemplo, que adoraba a sus hijas, tenía una concepción moderna de la mujer y deseaba que se formasen.

Opositó y se convirtió en médico militar. Fue destinado a Trubia (Asturias) y luego a Sevilla. Ese cargo fue el que le llevó a Filipinas, donde se trasladó con su mujer e hijos y donde, según recogen varios documentos de la exposición, cultivó una de sus pasiones, el periodismo. «Era un periodista atrevido, decía lo que pensaba y le dijeron que, si seguía así, le iba a costar la carrera. Siguió igual y le castigaron, le mandaron a un fuerte donde estaban presos 200 tagalos con un pequeño batallón».

Herido en Filipinas

Allí vivió un suceso que le hizo salir en la prensa, aunque como protagonista. Fue el episodio de Fuerte Victoria. Los tagalos se sublevaron y mataron a todos los militares. Solo sobrevivieron dos, entre ellos Trigo, pero quedó malherido. Recibió al menos siete machetazos. A pesar de la gravedad de las heridas, logró huir para dar la voz de alarma, como recuerda su nieta. «Fue con la mano muy dañada, saltando los troncos por el bosque, como podía, hasta Iligan, porque allí estaba su familia. Sabía que los insurrectos iban hacía allí a matarlos a todos y él tenía cuatro niños allí. Llegó a tiempo de avisar y se convirtió en un héroe».

Las secuelas, dice Carmen, las mantuvo para siempre. «Le marcó». En la exposición del Meiac, además de las publicaciones sobre este hecho en varios periódicos, se conserva una carta a su familia en España. Empieza:«Consuelito, te escribo poco porque tengo heridas en el brazo...».

A su vuelta a España se retiró como médico y publicó su primera novela, Las Ingenuas. Como escritor tuvo un gran éxito y se instaló en Madrid. Se hizo una casa en Ciudad Lineal cuyo diseño pensó el mismo. Los bocetos, con anotaciones personales, se pueden ver en la muestra y prueban que tenía mucho talento. Curiosamente su hijo Felipe, el padre de Carmen, sí se convirtió el arquitecto. Llegó a ser arquitecto municipal de Madrid y también un gran acuarelista.

«La Biblioteca Nacional hubiese aceptado los ficheros, pero pensé que lo lógico es que estuviesen en su tierra»

En cuanto a las fotografías, las realizadas por Trigo que están en el Meiac muestran que se apasionó con este arte como con otras muchas disciplinas. Carmen narra que fue su última pasión porque ya estaba muy afectado por lo que el llamaba neurastenia. «Estando muy enfermo de melancolía, Luisa había sido alumna de Ramón y Cajal y este hombre, para sus estudios sobre el cerebro necesitaba usar fotografías, era un experto. Él le recomendó la fotografía para su melancolía». Le hizo muchas fotos a sus hijas. «Julia era más hosca, pero Luisa era muy dulce y posaban, que era difícil. Hay fotografías muy bonitas, pero se las ve tensas porque a lo mejor tenían que aguantar un minuto de exposición».

A su nieta le gusta un autorretrato de Felipe Trigo que está en el jardín con la mirada perdida. «Él tenía 50 años y hay una melancolía tan enorme en sus ojos, pero también una bondad tan infinita que, cuando veo esa fotografía, pienso: ¿cómo eran capaces de pensar si él era así o de otra manera, o un autor indiferente a todo, o esas barbaridades que decían». Se refiere a las críticas de otros autores sobre las novelas de Trigo calificadas, en ocasiones, como pornográficas. «Se creó una leyenda que no tiene nada que ver con cómo era».

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