Papelerías

Papelerías
J. López-Lago
J. LÓPEZ-LAGO

El lápiz 2B, el bolígrafo borrable, el bloc de dibujo que vale para cera y rotulador, la libreta cuadriculada, el sacapuntas con depósito, ... Así es esta semana el pequeño universo sobre el que giran los pensamientos de los infantes en edad escolar.

Hoy empieza el colegio y son días de acopio de material. Suena a reflexión de padres, pero nadie es ajeno a estas sensaciones que nos abordan en septiembre. Todos hemos estado ante un pupitre y hemos experimentado la emoción que despertaba toda esta artillería de escritorio con sus formas, colores y texturas. Aquella goma, la regla y el estuche fueron nuestras primeras posesiones verdaderas, herramientas útiles, no como esos juguetes a los que perdías el aprecio en una semana.

El material que cada inicio de curso ponían en nuestras manos debíamos ordenarlo, mantenerlo, protegerlo a fin de cuentas. Éramos auténticos propietarios de algo.

La transición del lápiz al bolígrafo, cuando aprendes que de repente todo lo escrito pesa; el día que nos liberaron del papel milimetrado y estrenamos el vértigo de ese DIN-A4 en blanco, la carpeta clasificadora, ... Recuerdo la charla previa al mandato de traer un compás, poco menos que un arma blanca en manos de niños cuya madurez era dudosa, de ahí aquel relato disuasorio, seguramente ficticio pero que aún no se ha esfumado de mi cabeza, sobre un estudiante que quedó en silla de ruedas por culpa de un pinchazo en la espalda. Aquel estuche rígido que fue vanguardia, el transportador de ángulos, ... la sensación de ser mayor, casi arquitecto, de vuelta a casa con papel vegetal y los rotring del 0,2 y el 0,8.

Ahora está todo ordenado en grandes almacenes impersonales, pero cuando yo era chico se pedía en papelerías. Entonces eran territorios fascinantes. Las mías eran Rombo y Martínez. Esta última sigue abierta y si paso por la puerta me asomo a ver si siguen entrando niños con el último encargo del maestro, una nueva responsabilidad que los va conduciendo hacia la edad adulta.