«Los hijos de ahora son más conservadores que sus padres»

Justo Vila, en la sala acorazada de la Biblioteca de Extremadura. :: J. V. A./
Justo Vila, en la sala acorazada de la Biblioteca de Extremadura. :: J. V. A.

En 'Mañana sin falta' retrata el Badajoz de los setenta a través de un auxiliar de biblioteca que emigró del pueblo Justo Vila Escritor

Antonio Gilgado
ANTONIO GILGADOBadajoz

Hay mucho de Justo Vila en Dámaso Tercero. El escritor de Helechal regresa a la novela con 'Mañana sin falta'. El Badajoz que se encontró Dámaso a principio de los setenta fue también el que se encontró Justo Vila. Una ciudad a la que se le rompen las costuras de intramuros y se expande hacia Portugal, con un mercado en la Plaza Alta y contrabandistas de café por San Juan. El Badajoz de los curas obreros en el Gurugú y en el que Álvarez Lencero, Delgado Valhondo y Manuel Pacheco hacían méritos literarios para compartir rotonda treinta años después.

-Al leer la vida de Dámaso se me van los ojos a usted.

-No es una novela autobiográfica. Pero podía ser la historia de la gente de mi generación. Muchos de los que nacimos en los años cincuenta o sesenta en los pueblos y éramos hijos de campesinos nos fuimos a la ciudad a buscarnos la vida. Nos creíamos que todo iba ser fácil. Hay un desarraigo evidente que uno no siente hasta que se va. En los pueblos, la gente emigraba a Alemania, a Suiza, a Madrid y cuando volvían para la Virgen de Agosto se mostraban triunfadores. Exageraban lo bueno de la ciudad. Contaban lo bien que les iba, aunque el coche fuera alquilado y en realidad malvivieran en una pensión.

«Con la democracia los cantautores desaparecieron, la gente pensaba que no eran necesarios»

-Y había quien acababa de contrabandista.

-Cuando me casé con 23 años al acabar la mili estuve a punto de meterme a contrabandista. No encontraba trabajo. Vivía en una casa minúscula y ya me había puesto en contacto con alguno. Me esperaban a las tres de la mañana en el quiosco que había en la plaza de San Juan, pero la tarde antes de debutar me llamaron para trabajar de auxiliar administrativo. Luego aprobé las oposiciones de Magisterio.

-'Mañana sin falta' tiene tanto de novela como de libro de historia.

-En cierto modo es la historia de los últimos setenta años en España contada desde una esquina. Siempre se cuenta desde Madrid, Barcelona, País Vasco o Sevilla como mucho. En este caso lo hacemos desde Badajoz. La historia real está también en la vida cotidiana de la gente.

-Aunque usted nunca la llame por su nombre, la Biblioteca de Extremadura es un personaje más. Y un refugio.

-En este caso hago un homenaje a los bibliotecarios. Conocía poco el mundo de los libros hasta que me nombraron director de la Biblioteca de Extremadura en el año 2002. Desde entonces he conocido a bibliotecarios de muchos sitios. Me encanta el trabajo de conservación y de fomento a la lectura que hacen. Cuando trabajaba allí, veía todos los días a gente que vivía en la calle y entraban a lavarse. Era su refugio para pasar el invierno.

-Y Manuel Pacheco se llevó libros a la Guerra en vez de embutidos.

-Lo de Pacheco también lo leí en el HOY. Era muy amigo mío y me lo contó. Quizá en realidad la caja no fuera tan grande, pero sí es verdad que muchos compañeros suyos creían que llevaba embutidos para sobrevivir en el monte y le ayudaban a cargarlo con la esperanza de que compartiera. En realidad solo quería compartir libros. Siempre se ha dicho que en Badajoz no había cultura. Y era mentira. Todo lo contrario. En los años sesenta la tríada Valhondo, Pacheco y Álvarez Lencero llenaba en los recitales. Manuel Martínez Mediero era uno de los dramaturgos de más éxito de final de la dictadura. Luis Pastor y Pablo Guerrero tocaban en los estadios. Recuerdo un recital en 1977 en el campo de fútbol de Mérida al que fueron más de diez mil personas con Luis Pastor y Pablo Guerrero. Con la democracia los cantautores desaparecieron. La gente piensa que ya no son necesarios.

-Dámaso hizo la revolución a su manera.

-En los años setenta, la verdadera izquierda se encontraba en el PCE y en algunos grupos de la Iglesia. Estaba la Hermandad Obrera de Acción Católica o la Juventud Obrera Cristiana. Los curas obreros ayudaron mucho en los barrios más humildes que surgieron en Badajoz. Por eso veo esta novela un poco como la historia de España. Ese movimiento de curas obreros se notó igualmente en otras ciudades.

-Decía Ángel Campos que el narrador no recrea la realidad, la interpreta. Usted utiliza un narrador omnisciente que incluso interpela al lector.

-Con Ángel Campos yo hablé mucho de eso. Me publicó mi primera novela hace 25 años. Me decía que lo importante en una narración es el punto de vista. Cuando pierdes el punto de vista no sabes salir del relato. Por eso también hay algunos pasajes en primera persona. El narrador que interactúa con el lector es un recurso muy de Saramago. Salvando las distancias, por supuesto, pero lo hace magistralmente.

-El choque entre generaciones resulta hiriente según lo cuenta usted en el libro.

-Los hijos de ahora, chicos de veinte o treinta años, son más conservadores que sus padres. Con la crisis han florecidos muchos discursos xenófobos. Los que nacimos antes de la democracia hemos sido más cautos con esto. Sabemos lo que costó. Pero los jóvenes han abrazado más intensamente los nuevos movimientos conservadores. A los profesores de secundaria sus alumnos de quince o dieciséis les confiesan que están deseando cumplir dieciocho para votar a la extrema derecha.

-Todos podemos ser gente honrada e íntegra hasta que nos tocan a nuestros hijos.

-A Dámaso le ocurre lo que a muchos hijos de campesinos. Se sacrifican lo que haga falta para que la próxima generación vaya a la universidad. Eso va en el ADN de los extremeños por la necesidad que tuvimos. Prefieren que estudien Geografía e Historia antes que fontanero. En estos tiempos, a muchos que han estudiado carreras de Humanidades les hubiera ido mejor siendo fontaneros. Y los padres que le animaron se sienten culpables. Sienten como propia la frustración de sus hijos.

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