Fruterías y quioscos

Fruterías y quioscos
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MARCOS RIPALDA

No es posible que un ser humano con un aparato digestivo estándar pueda ingerir cinco piezas de fruta al día, a no ser que sean arándanos o, si me apuran, peritas. Una rodaja de melón, una manzana, un kiwi, un plátano y una taza pequeña de frambuesas, uf. Los niños y los adolescentes no van a aumentar las dosis de frutas (o verduras) por muchos espacios dedicados a la fruta sabrosa y la hoja verde que abran en esta ciudad. Aunque debe ser un negocio solvente a tenor de que hay calles donde se han abierto hasta seis fruterías. Sospecho que hay una minoría de seres humanos con aparatos digestivos perfeccionados que, en lugar de comer las cinco piezas de fruta que recomiendan las revistas de tendencias y los nutricionistas majos, se están echando al coleto cuarenta y siete piezas porque si no, no me cabe en la cabeza, por mucha fiebre vegana que estemos soportando. Y mientras las personas se atiborran de melocotones, piñas y mangos de procedencias diversas, van desapareciendo los quioscos de prensa, y eso que la fruta, con tanta fibra, vitaminas y variedad de colores, se supone que favorece estar en paz con uno mismo, y un buen periódico o suplemento se echa de menos en esos momentos. Hoy, sin ir más lejos, me acerco al quiosco de la calle de Los Naranjos, situado en la avenida de Pardaleras, para recoger el Cinemanía que vengo encargando todos los meses desde que me cerraron el quiosco que tenía más a mano. Como casi siempre que voy, se me van los ojos a alguna colección de figuras o tebeos que sé que iniciaré entusiasmado y acabaré abandonando en cuanto le suban el precio en la segunda o tercera entrega. Me encanta como se despliegan las revistas alrededor del quiosco, como soldados de infantería, y me entran ganas de leer hasta la revista de Ana Rosa o hacerme con la colección de deuvedés de la II Guerra Mundial a un euro, que no es dinero. Porque un quiosco es la palmera de huevo del goloso con inquietudes o el caprichoso ocasional, que confluyen muchas veces en uno solo. Y casi siempre puedo pegar la hebra con alguien y opinar sobre lo mal que está todo sin necesidad del café con leche de antes o después de lo que haya venido a hacer a este mundo, que digo yo que no era a comer tanta fruta. Ni aunque sea de temporada, conste.