La escuela del corazón

Los pacientes de la Unidad de Rehabilitación Cardíaca trabajando sobre las bicis y controlados por el equipo médico. :: JOSÉ VICENTE ARNELAS

Una decena de pacientes con infarto reciente estrenan la Unidad de Rehabilitación Cardíaca de Badajoz

Miriam F. Rua
MIRIAM F. RUA

El 10 de mayo, Manuel Crespo cogió los bártulos y se fue de pesca. Llegó al río, lanzó la primera caña y al colocarla en el trípode sintió una sensación extraña. No era dolor, pero se asustó. Hizo caso a su intuición. Recogió, se montó en el coche y se fue a su casa. Cuando iba llegando, sufrió un infarto. Le dio tiempo a avisar a su mujer para que llamara al 112.

«La ambulancia llegó enseguida. Uno me ponía el gotero, el otro me daba la pastilla, otro los cables y otro me despelotó. Me metieron dos muelles (stents) y me dijeron: 'Manuel de esto ya no, será de otra cosa'. Incluso creo que San Pedro miró la lista y me mandó otra vez para abajo porque no me tocaba».

Este pacense de 72 años cuenta su infarto como si fuera un monólogo de humor. Está aplicando el primer consejo médico que le dieron cuando salió del quirófano: tomarse la vida con filosofía. Nada fácil para un escorpio -dice- propenso al cabreo.

«Después de un infarto, lo más importante es que el paciente se incorpore a la sociedad plenamente, no como un enfermo»

«El médico me ha dicho que no haga muchos esfuerzos, que mis nietos jueguen con sus padres, lo que me ha venido muy bien porque ya nada más que se acercan a mí para darme un beso. Mi mujer no me deja sacar la basura porque es mucho peso y yo me aprovecho. Menos mal que hay cosas que no me han quitado del todo -dice picarón-, pero eso no se lo puedo contar».

Ahora piensa en vacaciones. En las que ya tiene pagadas en agosto, en los tres días que se va a pasar en un spa de Huelva que su hijo le regaló por Reyes y en los dos o tres -si le llega el dinero- viajes del Imserso a los que se va a apuntar en septiembre.

Cuenta su planes estivales montado en una bicicleta estática, está entrenando su corazón aunque lo que se le resientan sean las piernas. Él es uno de los diez pacientes que han sufrido un infarto reciente y que están estrenando la Unidad de Rehabilitación Cardíaca, la escuela para el corazón que ha puesto en marcha el Hospital Universitario de Badajoz.

«Después de un infarto, lo más importante es que el paciente no solo viva, sino que se incorpore a la sociedad plenamente, no como un enfermo». Así resume Juan José Romero, médico rehabilitador de la unidad, el objetivo de este nuevo servicio, que echó a andar a mediados del mes de junio.

La cardióloga María Yuste, coordinadora de la unidad, va más allá: «Se trata de mejorar la calidad de vida del paciente pero también de disminuir los índices de mortalidad». Lo dice, recordando a continuación que las enfermedades cardiovasculares siguen siendo la principal causa de muerte en los países industrializados.

Para combatirlo, no hay secreto: hay que llevar una vida cardiosaludable y eso es precisamente lo que les enseñan a los pacientes en esta unidad, cuyo perfil común antes de sufrir el infarto habla de tabaco, hipertensión, sobrepeso, colesterol, sedentarismo...

El programa dura entre 6 y 8 semanas y se basa en entrenamientos físicos y cambio de hábitos de vida

Durante seis u ocho semanas, llevan a cabo un programa para cambiar de hábitos que se centra en el entrenamiento físico. «Primero se hace media hora de ejercicios de calentamiento, calisténicos, biométricos y con pesas y después pasan a hacer cinta o bicicleta».

En todo momento, a los pacientes se les controla la frecuencia cardíaca, la tensión y la percepción del esfuerzo para que el corazón trabaje pero dentro de unos márgenes seguros.

Alrededor de los ejercicios, pivotan otras actividades sobre alimentación saludable, factores de riesgo, la importancia de la medicación y los problemas después del infarto relacionados con el estado de ánimo o la actividad sexual.

El miedo predispone al cambio

«Los pacientes se tienen que comprometer durante estos dos meses a colaborar porque el propósito es que interioricen aquí los cambios en su estilo de vida para que los mantengan fuera de aquí», explica Romero. El objetivo -añade Yuste- «es conseguir que lo que han aprendido durante estos meses, lo apliquen el resto de su vida».

Por esto es importante que los pacientes entren en el programa de rehabilitación cardíaca cuanto antes. «Normalmente pasan entre tres y cinco semanas desde que el paciente sufre una cardiopatía isquémica hasta que llega a la unidad. Es importante que no se alargue en el tiempo para que no pierdan el miedo y estén predispuestos al cambio». El corazón, dice Yuste, se puede recuperar después de un infarto.

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