Una crónica de Badajoz

Gracias a las hemerotecas de prensa histórica resulta sorprendente, salvando las distancias temporales, descubrir cuántas similitudes tenían las noticias y sucesos del siglo XIX comparados con las actuales

JESÚS GALAVÍS REYES

A mediados del siglo XIX proliferaban por España los periódicos. En provincias, más bien eran semanarios. En Extremadura también, y no había población importante que no contase con su periódico, que entonces no tenían vocación regional, sino una orientación más local. Concretamente en Badajoz, por la década de 1860, se publicaba 'Crónica' (sin el artículo). Aparecía cada cinco días y añadía a su cabecera el subtítulo de 'Periódico de intereses morales y materiales, de literatura, artes, modas y anuncios'.

Gracias a las hemerotecas de prensa histórica, es posible acceder a su lectura por internet y resulta sorprendente, salvando las distancias temporales, descubrir cuántas similitudes tenían las noticias y sucesos de entonces comparados con las actuales. En concreto, he rescatado noticias de la primavera y verano de 1864, que creo les gustará leer. Una queja constante, era la lentitud en la construcción de las líneas de ferrocarril (la de Madrid-Badajoz y la de Mérida-Sevilla). Esta última se comenzaba con quince meses de retraso desde que se celebró el banquete de inauguración de la obra y se escribía: «Los compromisos en la subasta están por hoy bastante bien satisfechos, destrozando las pechugas de unas cuantas gallinas en vez de rocas, vaciando botellas en vez de vaciar las montañas por donde han de pasar las locomotoras…».

Acerca del mal estado de los espacios públicos de Badajoz, aparecen suficientes testimonios. Uno de ellos, terrible: «…que la ciudad está sucia, que las calles están mal empedradas, que su acerado es pésimo, que los faroles no alumbran cuando son más necesarios, que no se obliga a edificar a los propietarios según el plano que está en el Ayuntamiento, que no tenemos por apatía un alcantarillado que recoja las aguas inmundas de las casas, etc.». Y respecto al abastecimiento de aguas, en 'Crónica' lamentan que Badajoz no disponga de una traída de agua acorde con el siglo en que viven (de la Ilustración, se dice) y explica que se necesitaría un aporte de 150 litros por habitante y día para cubrir las necesidades. El articulista propone que se tome el agua del río Gévora, mejor que las aguas del Guadiana, y sostiene que «bastará una máquina de fuerza de 40 a 45 caballos para poner en movimiento una bomba impelente que eleve hasta la plaza Alta, o sea, 31 metros de altura vertical (sic), los 3.500 metros cúbicos (de agua necesaria)». Como fuerza motriz, se usaría una máquina de vapor marca Cornuailles. Incluso se evidencia que todavía por entonces se practicaba el medieval y poco higiénico sistema del «agua va»: «Advertimos a nuestros lectores que no transiten por la calle de la Sal desde la hora de las 10 y media de la noche hasta las 12 de la noche sin ir prevenidos de un buen paraguas, que no esté en buen uso, pero que llevarán abierto, porque no cesan de echar baños de aguas sucias desde los pisos más altos de algunas casas».

Igual que ahora, a los pacenses les encantaba divertirse en verbenas y saraos. Los ecos de sociedad de entonces daban cuenta, por ejemplo, de la verbena del día de San Juan celebrada en la noche del 24 de junio de 1864, en el paseo de San Francisco. Se quejaba el cronista de que no fue lo esperado, pues los farolillos eran escasos, había mucha gente, el ambiente sofocante, exceso de 'pollos' (jóvenes rijosos. «El pollo es el azote de la sociedad», dice), escasez de sillas para sentarse, poca música salvo la de la banda militar… y para colmo, se acercó a la plaza de Minayo a comprar buñuelos, pero había tales colas en los puestos, que tuvo que desistir. Otras diversiones de aquel tiempo eran los bailes y la zarzuela. Contaba Badajoz con tres casinos. También había un teatro, donde las compañías actuaban con regularidad, a pesar de las deficiencias: en una de las representaciones se quejaron del alumbrado del teatro pues «…es inmensamente peor que otras veces, y a no ser por las fúlgidas estrellas de las beldades hechiceras que concurren a nuestro coliseo, seguramente viviríamos en tinieblas». Y se informa que ya se habían acabado las obras de reformas del liceo-casino: «La junta directiva las hizo a pesar de los cuantiosos gastos y de la indiferencia de las personas que más debían haber ayudado. ¡Cuándo desaparecerán ciertos hábitos de apatía!».

Tampoco faltaban los toros: para agosto de ese año se anunciaron corridas en los días 15 y 16, coincidiendo en Badajoz y en Olivenza. El periódico hace votos por que se celebren alternados para que los aficionados puedan asistir a todos los festejos.

Y para acabar, un triste suceso fruto de una ola de calor, que entonces no se llamaban así; en julio había sido «hallado muerto, al parecer asfixiado por el calor, un hombre que iba desde Monterrubio a la capital, hallado junto al río Búrdalo, en el camino de Santa Amalia».