Catas, o como sentirse un ignorante

DIEGO ALGABA MANSILLA

Doy un sorbo pequeño en una copa grande de cristal para distinguir los aromas y sabores de regaliz, fruta del bosque y madera de barrica que, según dice un entendido enólogo micrófono en mano, contiene el vino que estamos probando. A mí aquello solo me sabe a vino. Veo cómo el de al lado mueve la copa, pone una servilleta blanca detrás para apreciar el color y luego se lo acerca a la nariz. Yo también hago lo mismo aunque no aprecie ni los sabores ni el color ni el olor.

Decía un compañero de trabajo: «El vino lo hay bueno y mejor». Las catas tienen mucha literatura, y como la literatura, mucha verdad y también mucha ficción. Que un vino, en un momento concreto, esté mejor o peor se debe a varios factores. Por ejemplo: quién presente la cata, el ambiente en que se desarrolle la prueba y los compañeros de mesa. Las reuniones del grupo 'Jazz y vino' los últimos jueves de cada mes en el Hotel Río de Badajoz, pueden ser un buen lugar para disfrutarlas.

De vez en cuando voy a alguna cata con escepticismo porque, como he escrito antes, no tengo sensibilidad para apreciar los matices que con entusiasmo expone el enólogo. A las catas voy por lo que tienen de ceremonia casi religiosa, de teatro, de deslumbramiento colectivo, aunque sea incapaz de captar los matices que dicen las etiquetas. Me pasa igual con algunas obras de arte.

Hay vinos que me han parecido buenos y que luego, tomándolos solo en casa, ya no están tan ricos como cuando los compartía con amigos ensimismado en una buena charla, o cuando tenía delante a la mujer amada. A mí me pareció uno de los mejores vinos un pitarra que tomé, hace ya algunos años, en una bodega de Ahillones sentado en una mesa camilla con brasero de picón junto a 6 o 7 compañeros una noche fría y nublada de diciembre. También ayudó un salchichón con pan del pueblo.

Lo que he sacado en claro de las catas es que el mejor vino es el que le guste a cada uno. Aunque sea de pitarra a un euro el litro. Siempre que lo tome con Mané, Tono, Nuria, Manolo o Visi. En el etiquetado también podía poner si dan risa o llanto, aunque eso, igual que el sabor, también depende del estado de ánimo de cada uno.