Antonio Montero recibe el cariño de la diócesis en sus bodas de oro episcopales

Monseñor Montero, sentado, estuvo acompañado por un cardenal y siete obispos. :: Pakopí/
Monseñor Montero, sentado, estuvo acompañado por un cardenal y siete obispos. :: Pakopí

La Iglesia extremeña y los representantes políticos de la época en la que fue arzobispo valoran su espíritu dialogante y su apuesta por la renovación

Evaristo Fdez. de Vega
EVARISTO FDEZ. DE VEGABadajoz

Si la cara es el espejo del alma, el arzobispo emérito de Mérida-Badajoz, Antonio Montero, debió vivir ayer uno de los días más emotivos de su vida. Arropado por un cardenal, seis obispos y más de 150 sacerdotes de la diócesis, las limitaciones físicas que sufre quien pastoreó a la archidiócesis extremeña entre 1980 y 2004 no impidieron que saludase emocionado a las personas con las que tantas vivencias compartió en sus 25 años de episcopado en Extremadura.

Contaban ayer sus hermanas Clotilde y Josefina que, después de la jubilación, el arzobispo emérito mantuvo en Sevilla una gran actividad hasta cumplir los 85 años. «Su vida era muy movida, no paraba de predicar, presidía tribunales de doctorado y escribía La Tercera del periódico ABC. Pero con esa edad comenzaron a fallarle las piernas y últimamente está más delicado».

A sus 90 años, Antonio Montero se ayuda de una silla de ruedas para desplazarse y su frágil voz no le permite expresar como quisiera lo que siente. Pero esos achaques de la edad no le impidieron saludar, escuchar y compartir impresiones con quienes se unieron ayer a la celebración de sus 50 años como obispo.

Sus hermanas confirmaron que por la cabeza de Antonio Montero rondaba desde hacía tiempo la idea de regresar a Badajoz para visitar a sus sacerdotes. «Pero nunca pensó que tendría un recibimiento como éste. Él estaba feliz de venir, pero no sabía que lo iban a homenajear de este modo».

Los actos se abrieron a las 11 de la mañana en la Catedral de Badajoz, donde se celebra cada Martes Santo la misa solemne en la que se bendicen los óleos y el crisma que utilizan los sacerdotes de la diócesis durante todo el año en la administración de los sacramentos.

La celebración fue presidida por el arzobispo de Mérida-Badajoz, Celso Morga, que estuvo acompañado en el altar por el cardenal Carlos Amigo; el Obispo de Coria-Cáceres, Francisco Cerro; el obispo de Plasencia, José Luis Retana; el de Ávila, José María Gil Tamayo; el arzobispo Castrense, Juan del Río; y los obispos eméritos de Albacete y Mérida-Badajoz, Ciriaco Benavente y Antonio Montero.

Morga habló en la homilía del cariño que tienen los sacerdotes de la Archidiócesis de Mérida-Badajoz a quien fuera su guía durante un cuarto de siglo. Ese aprecio se materializó en la medalla de la Virgen de Guadalupe que recibió como obsequio.

El deseo del arzobispo emérito habría sido tomar la palabra, pero su dificultad para hablar hizo que interviniera en su nombre Francisco Maya, quien fuera vicario general en la última etapa de Montero en Extremadura. «Él tenía el deseo de despedirse de la diócesis, muy particularmente de los sacerdotes a los que amó especialmente en esos 25 años de dedicación».

Mientras hablaba Maya, las pantallas de la Catedral mostraban el rostro del arzobispo emérito, que exteriorizaba emoción y júbilo, según el momento. «Lo queremos, lo queremos mucho», insistió Celso Morga en la despedida.

Recepción de autoridades

Minutos después, monseñor Montero fue llevado por Francisco Maya al arzobispado, donde recibió a las autoridades con las que compartió cientos de actos públicos y reuniones privadas cuando dirigía a la Iglesia extremeña.

El alcalde de Badajoz entonces, Miguel Celdrán, se mostró cariñoso con él; Juan Carlos Rodríguez Ibarra, que presidía la Junta, le regaló un ejemplar dedicado de 'El nombre de la Rosa'; Antonio Vélez, que fue alcalde de Mérida, le expresó su respeto. Y a ellos se unieron el presidente autonómico, Guillermo Fernández Vara; el actual alcalde de Badajoz, Francisco Javier Fragoso; y Feliciano Correa, un académico que compartió una estrecha amistad con el arzobispo emérito.

Recordó Juan Carlos Rodríguez Ibarra que su relación con Antonio Montero se afianzó a raíz de un conflicto en el que varios sacerdotes de la diócesis criticaron una decisión de la Junta. «Hablamos, dialogamos y buscamos una solución. Era una persona influyente con la que se podía hablar».

De su espíritu renovador habló José María Gil Tamayo, actual obispo de Ávila. El prelado extremeño, que comparte con Antonio Montero el hecho de ser periodista, valoró la apuesta que hizo cuando en 1992 convocó un sínodo que analizó la situación de la Iglesia de Extremadura y buscó nuevas fórmulas para adaptarse a la realidad de entonces.