La carga emocional del patrimonio cultural (A propósito del Hospital San Sebastián)

JAVIER MARCOS ARÉVALO

HACE años, durante un largo período, trabajé como antropólogo en proyectos de desarrollo cultural para un ayuntamiento en el medio rural extremeño. Regía entonces la institución local un alcalde socialista, cabal, inteligente y honrado. Un día en conversación informal me comunicó su entusiasta idea de poner en marcha un proyecto urbanístico para transformar y adecentar una de las plazas «tradicionales» y emblemáticas de la población. El planteamiento, a priori elogiable, partía de la idea de «dignificar» y «modernizar» una plaza vieja cambiando su fisonomía; o sea, su identidad. Le advertí de los riesgos que suelen llevar aparejados proyectos de tal naturaleza cuando se trata de intervenir en edificios, espacios, lugares que en las sociedades locales son referentes porque funcionan como hitos en la memoria de varias generaciones. Como estaba decidido a llevar a cabo el proyecto, le sugerí que tuviera sumo cuidado con la obra y la adjudicación de la dirección técnica. Transcurridos unos años de aquella conversación el proyecto se realizó. Y aunque objetivamente el espacio de encuentro y de interacción social que supone la plaza mejoró si nos atenemos a la general valoración que se hace desde fuera de la comunidad local; la percepción y valoración mayoritaria desde dentro, en cambio, fue negativa. Es más, el alcalde no salió elegido en las siguientes elecciones. Probablemente el resultado electoral tuvo que ver con múltiples y variados factores. Como antropólogo sondeé la opinión de la población local. Las críticas y la sensación de malestar por el proyecto estaban muy extendidas: «Nos han estropeado la plaza», «Se han cargado la plaza de nuestros mayores», «Esta ya no es nuestra plaza», «Era la plaza de toda la vida...», «No la conoce ni la madre que la parió...» , fueron algunas de las frases que recuerdo me transmitieron algunos de los vecinos con los que hablé. La noción de «atemporalidad», de que las cosas son de siempre, de «toda la vida», de que allí estuvieron siempre..., enlaza con la memoria colectiva, que a veces se idealiza o mitifica.

Traigo a colación el ejemplo, que conocí de primera mano, en relación con el controvertido plan arquitectónico que se pretende llevar a cabo en el Hospital de San Sebastián en la ciudad de Badajoz. Más allá de las formas materiales o estéticas que reviste el patrimonio cultural edificado, posee una carga emocional por convertirse, en el transcurrir del tiempo, en símbolo que condensa sentimientos y afectos. Porque los referentes culturales locales que han permanecido en el tiempo y han sido «vivenciados» por múltiples generaciones, adquieren un valor intangible, en correspondencia con su capacidad de representatividad y valor de significatividad, que sin lugar a dudas trasciende su propia materialidad, volumetría o mérito artístico. Al respecto piénsese, valga el caso, en las imágenes devocionales principales de la ciudad: la virgen de la Soledad y la de Bótoa. Alguien de Badajoz, al margen de los especialistas en historia del arte, ¿reconocen sus características estéticas?, ¿saben de qué escuela o estilo son?, ¿de qué siglo?, ¿quiénes fueron los imagineros que las esculpieron? Creo que la mayoría de los pacenses, en cambio, sí conocen el valor simbólico que tienen y la carga emocional que generan, dado que son parte de su identidad. Las sensibilidades que genera el patrimonio cultural, construido o intangible, se corresponde con el valor con que cada sociedad connota sus referentes culturales. Y en el ámbito de las emociones, los sentimientos y afectos ni la economía, ni la técnica, pero tampoco el supuesto progreso y la «modernidad», ni tan siquiera las buenas intenciones son suficientes para neutralizar el cuestionamiento social cuando se pretende intervenir en referentes simbólicos. Y aunque considero que es mera ilusión la actitud purista en los temas sobre patrimonio cultural y por ello estoy en desacuerdo con quienes lo han «sacralizado», la experiencia da lecciones de las que debiéramos aprender. El patrimonio cultural, en todo caso, es una construcción social; y por ello su consideración y valor cambia en el tiempo y el espacio. La conciencia sobre el valor social del patrimonio cultural es algo novedoso que se inicia hace unas pocas décadas. Por tal razón parece de sentido común, incluso desde un punto de vista interesado, que las instituciones cuenten con la participación activa y responsable de la sociedad a la hora de intervenir en los Bienes Culturales con valor icónico.