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tribuna

Hospital de San Sebastián, patrimonio y memoria social

ACTUALMENTE, y hoy más que nunca, las decisiones sobre el patrimonio y los bienes culturales no debieran depender tanto de la administración, las instituciones o los técnicos, como de la sociedad civil, las asociaciones en defensa del patrimonio cultural y las comunidades locales afectadas. En todo caso, para evitar repetir ciertos antecedentes no agradables, el destino y los nuevos usos de los referentes patrimoniales debiera consensuarse entre los gestores del patrimonio cultural y la sociedad. El Patrimonio Cultural, como denomina la Unesco a las manifestaciones, materiales o inmateriales, que son referente de la memoria social de los pueblos y por ello reflejan su identidad, debe valorarse por lo que significa y representa.

La noción de patrimonio histórico-artística y arquitectónica o monumental ha sido sustituida por la Unesco, desde hace más de veinte años, por el 'concepto antropológico de Cultura', más comprensivo e integrativo. El Patrimonio siempre es cultural, porque representa la variedad de las formas y estilos de vida de los pueblos en su capacidad creativa. Lógicamente, en el seno de cada disciplina son los profesionales quienes deben reivindicar su patrimonio cultural, adjetivado en su caso como artístico, arquitectónico, arqueológico, documental, bibliográfico, natural, etnológico, etc. Todas ellos ramificaciones de la Cultura. Desde la Comisión Franceschini (1964-66) y la doctrina de los Bienes Culturales desarrollada por el también jurista Mássimo Severo Giannini (1974), la Unesco paulatinamente introdujo un giro copernicano en la denominación, el contenido y los significados de las manifestaciones que los distintos grupos sociales expresan a través de su creatividad. Desde entonces los documentos jurídicos normativos internacionales (Convenciones, Recomendaciones...) que aprueba y divulga después el organismo internacional aparecen bajo la rúbrica de Patrimonio Cultural. Incluso cuando se trata de los bienes medioambientales la Unesco los considera culturales, por entender que no existen actualmente medios naturales prístinos, sino que, en la mayoría de los casos, se trata de formas y testimonios antropizados o antropologizados; es decir transformados en diverso grado mediante la acción humana. Por ello creó la figura jurídica de «paisaje cultural» y otras en relación con esta idea.

El Patrimonio Cultural de los pueblos y los grupos sociales, como algo que se tiene en común y se comparte socialmente, tiene un valor simbólico que deriva de su 'capacidad de representar la identidad y reflejar la memoria colectiva'. Se olvida con demasiada frecuencia que la significación de los bienes culturales deriva de sus contextos sociales de referencia. Es la sociedad la que carga de valor el patrimonio cultural; porque en sí mismo los bienes culturales no tienen un valor inmanente; el valor se lo da el grupo social. Hoy sabemos que el patrimonio cultural, como la religión, la arquitectura, el arte, la literatura, etc., son construcciones sociales e ideológicas que cambian en el tiempo, el espacio y en los grupos sociales. Los bienes culturales, como recursos de identidad y de desarrollo social sostenible en el sentido que dio al término quien lo acuñó, Gro Harlem Bruntland, debieran definirse y valorarse no tanto por ser antiguos, escasos, creaciones monumentales, criterios y gustos que habitualmente han venido coincidiendo con las Bellas Artes, sino en razón de sus usos y capacidad de representación simbólica, porque son la imagen que sobre sí mismo construyen y proyectan las sociedades. De manera que actualmente asistimos a una resemantización del patrimonio: de los objetos a los sujetos, y de éstos a las ideas. Es decir, de la atención preferente a las formas, lo observable, se está pasando al interés por los significados. Porque en la práctica incluso el Patrimonio Cultural construido-edificado tiene incorporados componentes inmateriales, tales como valores, símbolos, saberes, conocimientos técnicos, etc., que son los que le confieren el valor como referentes de identidad y memoria grupal. 'Patrimonio y memoria son fenómenos interrelacionados'. Porque una de las características del patrimonio cultural es su función de nexo que enlaza el pasado con el presente. Su capacidad para representar la memoria social deriva de su valor afectivo-emocional y de su significación simbólica e identificatoria.

Los referentes patrimoniales, y el Hospital Provincial o de San Sebastián posee tal estatus para la mayoría de los pacenses, tienen un valor que remite a las funciones para las que se crearon en relación con la memoria colectiva. Perdidas en el transcurrir del tiempo sus funciones originarias, su 'resignificación' mediante la puesta en valor con nuevos usos sociales, en simbiosis negociada con las aspiraciones de la sociedad en la que están insertados, los convierte en referentes de una identidad renovada. El patrimonio cultural, si se analiza profundamente, se encuentra a caballo entre la «autenticidad» y el «simulacro». En la cultura, salvo en la mirada de los «puristas», «idealistas», o lo que es peor, de los integristas del patrimonio nada existe que sea auténtico; todo se transforma, cambia y adquiere, según las coyunturas históricas, políticas y sociales, diversos significados según los grupos sociales. Son los grupos humanos quienes cargan de valor y significado el patrimonio; porque éste no tiene un valor en sí mismo; sino que su valor deriva del que le confiere la sociedad en cada contexto temporal y social. Lógicamente, en cuestiones de patrimonio cultural debieran primar los 'valores de uso' (social y de identificación de la memoria colectiva), frente a los 'valores de cambio' (turismo y mercado). Porque es cierto que determinados modelos de desarrollo y de puesta en valor encierran ciertos riesgos para el patrimonio cultural, pero también lo es que el patrimonio cultural se transmite y perdura mediante procesos de 'refuncionalización y resemantización'. Combinar ambas dimensiones, progreso y conservación, puede contribuir a moderar ciertas polémicas y tensiones sociales que en un horizonte temporal cercano pueden generarse. La protesta y sensibilidad social en relación a los bienes culturales se neutralizan con el diálogo y la negociación.

Quizás ha llegado la hora de empezar a escuchar y dar mayor participación a los ciudadanos, los movimientos sociales y las asociaciones en las decisiones políticas que afectan a 'la herencia cultural común'. Porque el patrimonio ya no es una cuestión que sólo atañe a las administraciones, a los técnicos y especialistas, o a los responsables políticos; sino que también incumbe, y de qué manera, a la sociedad en conjunto.