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TRIBUNA

Hospital San Sebastián, lo malo es el cómo

LA polémica en Badajoz sobre su patrimonio histórico, monumentos y configuración es larga. Comenzó a fines del XIX cuando se planteó por primera vez el derribo de las murallas y aún sigue. De un lado, los que con visión historicista pretenden su conservación y puesta en valor entendiendo que representan el pasado y la naturaleza de la población. De otro, los que fascinados por las revistas de arquitectura tratan de imponer su renovación en nombre del progreso. Simplificando: entre los que quieren mantener la esencia del Badajoz de siempre y los que propugnan su renovación a costa de dejarlo sin alma y sin referentes.

Aunque aparentemente incompatibles, las posturas son conciliables si los innovadores -que no son solo los arquitectos- calibraran mejor sus propuestas. Si se avinieran a entender que la ciudad no es suya, sino de ella misma, y que las intervenciones deben ser muy medidas. Como organismo vivo que es, Badajoz, como toda ciudad, está sometido a constante cambio, por supuesto. Pero cuidado con los cambios. Pues como decía el insigne arquitecto, urbanista y humanista Chueca Goitia, una ciudad no puede ser siempre lo mismo; pero no debe nunca dejar de ser la misma.

En este contexto, los pleitos por los atentados contra el patrimonio en Badajoz han sido constantes. En cierto momento hasta se planteó derribar la torre de Espantaperros y la catedral. Cayeron las puertas de Yelves y Carros, y las corachas; el baluarte de San Juan y parte de las murallas. Luego fue Puerta de Palmas; derribo de la Casa de las Aguas; encementado de la orilla del Guadiana para hacer el paseo fluvial; derribo del seminario San Atón y plaza de toros vieja; derribo de la Casa de Morales y actuación en la plaza de Santa María; destrozo del Puente de Palmas y convento de Santa Clara; vía rápida a la Alcazaba; cubo de Biblioteconomía; plazas de La Soledad y Minayo; restauración del Instituto de Segunda Enseñanza, Museo de Bellas Artes, fuerte de San Cristóbal, baluarte y puerta de Trinidad, o más recientemente, el Plan del Campillo. Y por último el hospital San Sebastián. Actuaciones todas gravemente atentatorias contra la historia e identidad de Badajoz, que con cada una de ellas ha experimentado un notable menoscabo.

En el caso del hospital San Sebastián, los aspectos que motivan la alarma ante el Plan Director para su rehabilitación son dos. Uno, el uso. El otro, su reforma integral. Es decir, el qué y el cómo. El primero es menos grave; pues si el que se decide, sin tocar demasiado el edificio, no resulta válido, siempre será reversible. Residencia geriátrica, mercado, centro sociocultural, sede de investigación, escuela de idiomas, o lo que sea, si no funciona se puede desechar y pensar en otro. Pero el monumento seguirá ahí. El gran peligro es el de modificarlo hasta el extremo de eliminar su naturaleza. Si se hace lo que se propone el daño será irreversible, porque una vez destruido el monumento, su restitución es ya imposible.

En cuanto al qué, esto es, el uso, las objeciones a los sugeridos de modo tan cogido por los pelos para justificar una obra inspirada en modelos de otros sitios -centro gastronómico, galería comercial y otros igualmente ajenos a la naturaleza del edificio y la tradición de la ciudad- más que por el interés de recuperar y poner en valor el monumento, están plenamente justificadas, habida cuenta su falta de arraigo en la población, fracaso de anteriores intentos semejantes, colisión de usos con zonas adyacentes, etcétera.

Lo inasumible, pues, es la transformación radical del monumento mediante una actuación irreversible para convertirlo en un laberinto de soportales, galerías e inventos espaciales y conceptuales meramente teóricos, de imposible encaje en ese lugar y su contexto urbanístico. Lo que hace pensar que los usos propuestos no son más que una excusa para justificar la actuación arquitectónica. Porque el planteamiento parece ser ese: primero la actuación arquitectónica; después, a ver qué metemos en ella.

Por tales razones y otras que no caben en este artículo, no es de extrañar que el Plan, cuyo fin principal parece más hacer un «hito emblemático» con firma de autor que recuperar y poner en valor el monumento y darle un uso acorde con su naturaleza, tradición y necesidades actuales de la población, haya suscitado tan fuerte rechazo en tantos sectores.