La primavera salva los pajares

Los precios de la alfafa, el heno y la paja se mantienen esta campaña y permiten las mermadas reservas por el invierno tan seco

La primavera salva los pajares
Antonio Gilgado
ANTONIO GILGADOBadajoz

La alfalfa es como el jamón ibérico». Ezequiel González lleva una vaquería con más de 70 cabezas en Valdelacalzada. Treinta en ordeño y el resto novillas o en recrío. Desde la carretera de acceso al pueblo se ven los animales y las pacas forradas con plástico azul.

La 'dieta del jamón' en su explotación la acompaña con paja de trigo, pienso, pulpa de remolacha y semillas de algodón. A las que no saca leche le prescinde 'el jamón'. Ezequiel ha echado sus cuentas. Una vaca a base de alfalfa produce casi dos litros más de leche al día. En total, más de setenta litros. «No debemos escatimar en forrajes». De ahí su empeño.

La alfalfa de sus comederos sale de parcelas cercanas que cultivan desde hace veinte años Sixto Mansilla y su hermano Moisés. Siembran, siegan, empaquetan, cargan y, si es necesario, la forran antes de venderla por medio país.

Aunque el caladero nacional está en el valle del Ebro o Castilla y León, en Extremadura también hay algunos productores por el demostrado beneficio que aporta a los rumiantes. Los ganaderos prefieren llenar sus pajares con forrajes y leguminosas del entorno para evitar el gasto extra del transporte. Incluso hay quien lo cultiva por su cuenta y después paga a maquinistas para que lo sieguen y lo enfarden. Es el caso de Ezequiel. Saca su propio forraje. Abarata los costes de producción. Cada ración por cabeza en las productivas -de ordeño- le sale a cinco euros y medio. En las novillas no llega a tres.

Es la diferencia entre cargar o no alfalfa en el carro mezclador. «Gracias a que lo que siembro puedo llenarlo y no escatimar. Me sale más barata».

Ezequiel es uno de los muchos ganaderos que reclama cada mes de mayo a los hermanos Mansilla de Valdelacalzada. A algunos, solo les hacen las pacas y a otros se la sirven de sus propias producciones.

Sixto Mansilla calcula que este año llevan más de 700 parcelas de alfalfa en pequeñas parcelas distribuidas por la comarca de Mérida. Trabajan en terrenos propios y en alquilados que explotan.

La alfalfa la siembran en agosto, con tiempo suficiente para que crezca antes de las heladas de invierno. En primavera, todavía verde, empiezan la siega. Esta variedad permite hasta siete cortes escalonados en el tiempo con unas cuchillas incorporadas al tractor. Tras este primer paso, se deja secar unos días y se aísla con unos molinos que van formando montones. Por último, se recoge formando pacas. Se vuelve a regar y se corta al mes siguiente. Depende de cada cosecha, pero en alguna ocasión se les ha echado encima el mes de diciembre segando alfalfa. «En los otoños secos y sin heladas podemos llegar hasta final de año».

De una vez

El heno de avena es más sencillo. Siembra en septiembre y se corta en mayo. Solo hay un corte, cuando la avena aún está verde. De un paso con la cuchilla del tractor se tumba toda la producción. Ahora, por tanto, están en temporada alta.

Los ganaderos trabajan en modo hormiga. En primavera acarrean para el invierno. Llenan los pajares y graneros para las heladas.

La paja es lo que más demandan. En realidad es un subproducto del cereal. Sale de los residuos que dejan en el suelo los peines de las cosechadoras cuando recogen el trigo o la cebada.

No aporta proteínas, pero da volumen al animal y ayuda en los rumios. Siguiendo con el símil de Ezequiel, la paja es como el pan. Los animales lo necesitan a diario para una dieta equilibrada. Es lo más barato que se despacha. La tonelada se vende a entre seis y 11 céntimos de euros por kilo en origen y empacado. Aunque su principal destino es la alimentación, también se tira al suelo en las naves donde duermen los animales en invierno.

La alfalfa, en cambio, se vende esta campaña entre los 120 euros y los 125 euros la tonelada y el heno a entre 60 y 65. Afortunadamente, cuenta Sixto, los precios han ido bajando conforme se sucedieron las lluvias en el mes de marzo. El campo resucitó justo para que se salvara el heno, ganará humedad la alfalfa y espigara el cereal.

El rescate llegó en un momento crítico. Tras un otoño e invierno tan seco, muchos ganaderos vaciaron sus reservas y se enfrentaban además a un verano complicado sin saber si esta temporada iban a poder llenarlas de nuevo. O comprar a un precio desorbitado.

José María Gudiño tiene una explotación de 70 vacas y 400 ovejas entre Mérida y Arroyo de San Serván. En enero se quedó casi vacío. Preguntó a vecinos y compañeros y todos andaban escasos para prestar. «Ni me planteé comprar porque sabía que no iba a poder pagarlo». Aguantó racionando más de lo debido. De gastar ocho o diez fardos pequeños a cuatro o cinco y ramón -restos de poda de olivo- a discreción. Ya tiene comprometido dos camiones de paja para junio y ha descargado el primero de heno. Ya no se le encoge el alma cuando abre la nave cada mañana. Vendrán más camiones.

El precio se ha estabilizado y tiene una partida de borregos en la puerta de salida. Pero la siega se ha interrumpido por las tormentas de mayo y toca esperar. Parte de la que ahora está en el suelo hay que dejarlo que se seque antes de cargarlo.

Las decisiones de estos días, cuenta Sixto, depende mucho de la calidad final del producto. «Es algo bastante más complicado que sacar la maquinaria y ponerte a empacar». Hay que aislar y recoger en el momento justo. Cuando se suceden muchos días de sol y calor se seca en poco tiempo, pero si se alternan tormentas, nublados y bajas temperaturas tarda más y precipitarse resulta fatal.

Ya seca, lo ideal es empacar por la mañana, con algo de humedad en el ambiente para que no caiga la hoja.

Si se lo lleva mojado, el forraje se pudre en cuanto se abre. Pierde todas las proteínas y pone en riesgo a los animales porque pueden enfermar. «Con la inversión tan grande de los ganaderos no puedes llevarles algo tan mal hecho. Hay que saber y no todo es tan sencillo», insiste Mansilla.

Por el precio que pagan hay quien prefiere evitar riesgos y opta por lo que en el mercado agroganadero se llama ensilado. El silo es cubrir la paca con plástico, una modalidad exportada desde el norte.

Más caro, pero interesa a largo plazo porque conserva las propiedades de lo que se enfarda. El forro evita el contacto con el sol y el viento sobre las hojas verdes.

Ezequiel, por ejemplo, prefiere el ensilado. «Es como si la vaca comiera en la pradera. Lo abres y se mantiene verde. Tiene un PH muy bajo y le facilita el rumio al animal».

En otros casos ayuda por la falta de espacio. No todas las explotaciones cuentan con naves grandes en las que resguardar durante el invierno. Si hay que dejarlo a la intemperie, mejor plastificado.

Sixto cree que toda la evolución en este tipo de alimentación se debe, en parte, a las exigencias de los ganaderos. Tras muchos fiascos y montones de pacas mal hechas, ahora miden la humedad y el PH de cada carga que compran.

Este cambio, lo ha experimentado José María. En la época de su padre, recuerda, se llenaban los comederos hasta que saciaban los animales.

Ahora cuenta con el asesoramiento de un veterinario que le fija la cantidad exacta de paja, heno o alfalfa según la época del año. En primavera, con pasto frondoso, casi no necesitan complemento. En invierno, apenas arañan lo que poco que crece. Hay que acudir a la alfalfa. Llega a la misma conclusión. «Es como el jamón ibérico».

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