La paradoja del pollo

Pese al calor, en verano se dispara el consumo de pollos asados, una carne de la que España es la cuarta productora europea

ANÁLISIS AGRARIO JUAN QUINTANA

Si nos ponemos a pensar en alimentos que disparan sus ventas en verano, posiblemente nos vengan a la cabeza el gazpacho, los helados, la horchata, etc. En verano, los alimentos frescos son los reyes, y pocos pensarían en los asados, en los que la alta temperatura de su cocina y de su consumo parece que los relega a lejanas posiciones en este ranking. Por eso, en una primera lista, quizás a pocos se les ocurra incluir el pollo; pero se confundirían.

El pollo dispara su consumo en verano. El motivo del repunte de ventas estivales son los célebres pollos asados, presentes en todas las zonas turísticas españolas, en particular en las de costa. Las ventas se duplican especialmente en julio y agosto, a pesar de que en grandes ciudades como Madrid, el consumo baja. Los supermercados en zonas de veraneo aprovechan para implantar máquinas de asar que les ayudan a captar a los innumerables consumidores de este producto. Las cartas de restaurantes y chiringuitos también incluyen este paradójico alimento veraniego, lo que contribuye a su gran consumo.

Según datos proporcionados por la interprofesional Propollo, en verano, el 65% de las ventas son pollo para asar, que corresponden a animales de menor peso. Un porcentaje sensiblemente superior al del resto del año.

En España hay 5.527 explotaciones de pollo de carne, casi un 14% menos que hace diez años, a pesar de los veranos. El descenso ha sido continuado, salvo un ligero repunte en 2013 y 2017. La producción total anual de carne en España ronda los 1,5 millones de toneladas, solo superada por Francia y Reino Unido, pero sobre todo por la gran productora que es Polonia. En Extremadura estaban registradas 322 granjas de producción de pollos para carne, además de dos de multiplicación, una de selección y una de cría. Con respecto a 2013 se ha incrementado en 16 explotaciones, un 19% frente a la disminución a nivel nacional en el mismo periodo, entorno al 1%

En cuanto al consumo, éste se sitúa en 542.715 toneladas al año. Llama la atención la importante caída, no tanto por el volumen, que se ha reducido en un proporción similar a la producción, como porque se produce en una época donde los consumidores buscan cada vez más mejorar la calidad de su dieta. En este contexto, las carnes rojas están siendo atacadas con cierta virulencia y en muchos casos con poca información, por colectivos ambientalistas y otros vinculados a la salud. En algunos países como Dinamarca, ya se está trabajando en un etiquetado en función del bienestar animal del pollo antes del sacrificio. Un modelo basado en la identificación con corazones, tal como se hizo en el porcino, que en este caso vendría condicionado por la velocidad de crecimiento, el espacio disponible y el acceso a zonas al aire libre, entre otros. Además de la caída del consumo, el cierre de algunos mercados internacionales ya consolidados en el año pasado, como el Sudafricano, generó importantes problemas al sector.

Sin entrar en este debate, del que solo puedo decir que muy pocos alimentos son malos si se comen con moderación y dentro de una dieta equilibrada, el hecho es que este sector no ha sacado partido de esta tendencia. Posiblemente como consecuencia de la influencia de un debate similar al que se ha producido en el sector de los huevos, relacionado con la calidad de vida de los animales, y que ha sido promovido por colectivos animalistas. En todo caso, además de ser una carne saludable, al margen de lo que ingiere el pollo o de su sistema de explotación, su consumo es muy seguro para el consumidor, tal como confirma la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria. De un total de 64.501 animales analizados, solo 48 de ellos (0,07%) sobrepasaron los límites máximos de residuos permitidos, lo que en ningún caso supone que su consumo sea peligroso para la salud.

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