Palazuelo siembra arroz en seco para acabar con las malas hierbas

Un tractorista prepara el terreno para sembrar arroz en el término municipal de Palazuelo. :: J. M. Romero/
Un tractorista prepara el terreno para sembrar arroz en el término municipal de Palazuelo. :: J. M. Romero

La resistencia de algas y los escasos herbicidas autorizados obligan a buscar alternativas a la inundación previa

Antonio Gilgado
ANTONIO GILGADOBadajoz

Las Vegas Altas se encharcan cada vez menos. Los arroceros desisten. Las treinta mil hectáreas que se trabajaban hace una década han menguado a veinte mil. Hay quien salta al maíz y al tomate. Pero la rotación no siempre es posible.

En Palazuelo, entre Don Benito y Miajadas, se creó una llanura fluvial cuando se canalizó el río Ruecas en el Plan Badajoz. Tierra arcillosa en la que solo arranca el arroz.

Pueblo de casas bajas blancas, tractores grandes y en el que destacan los silos de la cooperativa La Encina. Más de 150 socios trabajan sobre 2.400 hectáreas del entorno. «Aquí la tierra es exclusivamente arrocera. No podemos irnos a los frutales o al maíz».

En la llanura fluvial sobre el Ruecas no hay alternativas como el maíz o el tomate

Mario Moreno es el gerente de La Encina. Su diagnóstico es contundente para entender el sector. Hace ocho años, una hectárea se llevaba seiscientos euros de gasto en semillas y tratamientos para sacar adelante el cereal. Ahora hay que arrimar más de mil doscientos euros.

Los costes se han disparado, el precio de venta se estancó hace años por las importaciones asiáticas y los agricultores se quedan sin químicos a los que recurrir para matar las malas hierbas que nacen en los charcos donde nace el arroz.

Con tantas piedras en el camino no extraña que muchos opten por cambiar de sendero. Pero en Palazuelo no hay alternativa. De aquí salen cada año ciento sesenta mil toneladas de arroz en cáscara para que las industrias de la Comunidad Valenciana y Tarragona las descascarillen, las pulan, las blanqueen y las envasen. También aportan a la industrias regionales Extremeñas de Arroces o a Dorado.

Descargando grano en cáscara en La Encina:: J.M. ROMERO
Descargando grano en cáscara en La Encina:: J.M. ROMERO

Entre los agricultores que estos días entran y salen de la nave de la cooperativa para llevarse el abono cuesta encontrar a alguien optimista. Los precios y las plagas vegetales resistentes en los arrozales les lleva al desánimo. Los quinientos vecinos de Palazuelo viven del arroz. Y quieren seguir haciéndolo.

Por eso buscan alternativas al modelo tradicional de inundar y plantar. Lo arroceros practican ahora lo que llaman la siembra directa o siembran en seco. Entierran la semilla como los cereales de invierno. De esta forma, la planta va siempre por delante de las malas hierbas que crecen en las zonas inundadas.

Al crecer antes, el cultivo se apodera del terreno e impide la reproducción de otras especies vegetales. También resulta más barato porque los agricultores con este sistema se ahorran varios tratamientos y necesitan menos agua.

Pero hay un riesgo. José Rodríguez es técnico de La Encina. Cuenta que en seco no siempre sale adelante porque si llueve a los pocos días de plantarse, la tierra se compacta y el arroz no rompe hacía arriba. «Si la climatología lo permite y tienes humedad en el suelo es la mejor alternativa».

José Rodríguez comrpueba las impuerezas del arroz:: J.M.R.
José Rodríguez comrpueba las impuerezas del arroz:: J.M.R.

A pesar de los riesgos, la mayoría de los socios de La Encina se ha pasado ya a la siembra en seco. Ahora encharcan después de plantar. El ciclo va de mayo a septiembre. Las variedades más tempranas necesitan 120 días para espigar y las más tardías 145.

Los trabajos previos se inician en enero fangueando el suelo mojado. En mazo, ya seco, se pasa la vertedera y las gradas para fijar el terreno. En abril se abona y a finales de mayo se siembra. En septiembre y octubre se cosecha y tras la recogida dejan descansar el suelo hasta finales de año.

El ciclo se mantiene igual que siempre, explica el técnico, solo que ahora se cambia el orden. Primero se planta y después se inunda.

Han optado por este sistema porque se enfrentan a plantas de agua cada vez más resistentes en sus parcelas en la fase de nascencia.

A los quince o veinte días de sembrarse, nace la semilla junto con otras especies acuáticas como el mijo, las algas o el arroz salvaje. Para combatirlas, hay que aplicar herbicidas selectivos porque entrarían en competencia con la planta. Hay quien recurre también a la escarda manual arrancando de cuajo todo lo que no se ha llevado el herbicida.

Pero con el paso de los años, los principios activos que aplican pierden eficacia, las algas se resisten y los rendimientos del cultivo en campo se desploman.

Cargando abono para iniciar la campaña::J.M.R.
Cargando abono para iniciar la campaña::J.M.R.

El problema se agrava porque tampoco pueden acudir al mercado. El Ministerio de Agricultura ha eliminado el uso de la mayoría de los químicos que utilizaban por las restricciones de la Unión Europea y los requisitos del 'greening' de la PAC.

Las escasas opciones resultan más caras e inútiles, según los resultados de las últimas campañas.

Los agricultores, explica el gerente, se esmeran, pero se sienten impotentes porque no ven resultados. Han pasado de herbicidas que salían a ocho euros la hectárea y salvaban el cultivo, a otros que cuestan treinta y no lo hacen.

A través de la sectorial tratan de conseguir usos excepcionales. En la campaña pasada, por ejemplo, pudieron recurrir al molinato, el más popular por su precio y su vigor contra las algas. En la reunión de la semana pasada, la sectorial no pudo sacar al molinato de la cuarentena para este año.

«Estamos con las manos atadas», se resigna el gerente de La Encina. Los agricultores temen que las exigencias agroambientales les dejen sin opciones en el mercado.

Con las plantaciones inundadas de algas, cada vez hay que plantar más extensión para llegar al margen de beneficios. Lo de vivir con seis o siete hectáreas como hacían los primeros colonos cuando llegaron al pueblo se ve hoy como una quimera. Ahora hay que gradear más de treinta hectáreas y corres el riesgo de que lo que te paguen por el arroz se lo acabe llevando el comercial de los abonos.

La industria a la que se dirigen los productores de Palazuelo suelen abastecerse también de importaciones de Tailandia, Myanmar y otros países del sudeste asiático. Sus precios en puerto resultan muy competitivos e inalcanzables para los productores nacionales.

Las estadísticas que maneja el Ministerio de Agricultura reflejan que el arroz sembrado en España se vende cada vez menos en Europa. En el último año han demandado 90.000 toneladas menos que en el anterior.

En Palazuelo temen que la tendencia se consolide y la industria siga suministrándose de terceros países. Para hacer frente esta campaña se ha puesto en marcha lo que se llama la cláusula de salvaguarda, que no deja de ser unos aranceles extras a producciones del sudeste asiático.

Esto se ha traducido en que los arroceros de Palazuelo hayan vendido sobre 290 euros la tonelada de largo y cerca de 300 el redondo a la industria en la última venta. Acostumbrados a no pasar de los 260 notan el efecto de la cláusula de salvaguarda, pero insisten en que ni mucho menos cubren los costes de producción. «No es un alivio ni una solución». Encharcar los bancales de las Vegas Altas sigue siendo demasiado.

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