La oveja israelí llega a La Serena

José Antonio Fernández, a la izquierda, coloca las pezoneras en la ordeñadora de su nave de Higuera de la Serena. /J. M. Romero.
José Antonio Fernández, a la izquierda, coloca las pezoneras en la ordeñadora de su nave de Higuera de la Serena. / J. M. Romero.

Los nuevos ganaderos de la comarca prueban suerte con razas lecheras en una zona donde las merinas apenas dejan fincas libres

A. GILGADO

Suena Melendi en los altavoces sobre el tractor. El pastor abre la puerta del establo y las ovejas suben en fila india por un estrecho pasillo hasta la ordeñadora.

En grupo de doce bombean con la presión de las pezoneras durante ocho minutos. Tres litros de leche por cabeza antes del mediodía. Borras corpulentas, con lana desilachada y ubres por las pezuñas. Pasan el día estabuladas.

A la cerca solo salen las preñadas de tres meses para evitar los abortos por hipoglucemia o fragilidad muscular. Muchas cargan con barrigas de mellizos o trillizos y conviene sacarlas de la vida sedentaria de comer y ordeñar.

Al frente de la explotación está José Antonio Fernández. 38 años. Pastor por tradición familiar de Higuera de la Serena y un ejemplo claro de que la incorporación al campo de los jóvenes ganaderos encierra mucha letra pequeña.

En la comarca de la Serena y la Siberia pastan más de 400.000 merinas según el censo regional del sector. Los márgenes son tan estrechos que solo sobreviven las grandes pastorías.

Los pequeños abandonan porque no sacan para vivir y los grandes necesitan cada vez más terreno para mantenerse. En esta espiral no hay forma de que los jóvenes metan cabeza. No hay una finca libre para arrendar. Solo quedan disponibles canchales en los que no crece la hierba ni agarra el cereal de verano. Pastar en terreno de desecho te lleva a la ruina y mejor no probar suerte.

José Antonio y otros muchos jóvenes ganaderos de la comarca han tenido que buscarse un plan B.

Tanque que recoge la leche que se ordeña.
Tanque que recoge la leche que se ordeña. / J. M. Romero.

Han aparecido granjas de assaf, la oveja israelí que sale del cruce entre la awasi siria y la milchschaf alemana. O la lacaune, la del roquefort francés. Razas asentadas en el norte de España que se crían en intensivo.

Productoras estabuladas que se ordeñan 200 días al año. La antítesis de la merina, que se mueve por la dehesa de sol a sol y apenas se acerca a los barriñones. Pero a las pastores de las lecheras no siempre le salen las cuentas. «Muchos de los que empezaron conmigo ya lo han dejado porque no le sacan rendimiento», explica José Antonio.

Uno de esos casos fue el de Mario García. Nieto, hijo y sobrino de pastores. Todos de merina. Pasó varios años rastreando fincas entre Castuera y Campanario para pasar de quinientas a mil. Desistió y decidió probar con las assaf.

El préstamo para comprar merinas lo dedicó a ampliar la nave, comprar una ordeñadora y empezar con doscientas israelíes. «Fue un desastre», recuerda. Muchas enfermaron por las mastitis en las ubres y el precio de la leche se hundió. Experiencia fallida. «O merinas o nada. Pero no hay manera de dar con una finca libre». Sigue buscando.

José Antonio empezó en Higuera de la Serena con un préstamo de 80.000 euros con el aval de su padre. Optó por cruce de assaf y lacaune. Compró 300 cabezas y guardó 30.000 para una ordeñadora. Incorporando las hembras de renuevo de cada paridera ha llegado ya a la quinientas.

Ha ampliado su cabaña, pero la rentabilidad, explica, se mueve en el filo de la navaja. Lo que le pagan por la leche y los borregos se lo gasta en alimentación. «La subvención es la limosna que te llevas a casa».

En estos cuatro años no ha tenido un solo día de descanso y sigue investigando por su cuenta. Autodidacta que pregunta a otros ganaderos de lecheras, compara modelos de nutrición y experimenta para aumentar los litros de leche.

El manejo de estas ovejas, explica, no tiene nada que ver con las merinas. Otro mundo.

A la izquierda, una oveja assaf en una finca de Higuera de la Serena; a la derecha, oveja merina en una explotación de Zalema.
A la izquierda, una oveja assaf en una finca de Higuera de la Serena; a la derecha, oveja merina en una explotación de Zalema.

Su método para sacarlas adelante se basa en la mejora genética y en el cuidado constante.

No ha faltado un solo día al aprisco (recoger los animales). En ese afán por seleccionar su cabaña ha ido deshaciéndose poco a poco de las assaf y se ha volcado en las francesas.

Las israelíes producen más leche, pero su lana no se vende y el cordero solo lo quieren con 25 libras, de lechal. En cebo el mercado lo desprecia porque tiene mucho sabor. Las francesas dan algo menos de leche, pero mejor borrego y lana.

«Si yo tuviera una finca me iría a por las merinas, pero esto es lo que nos toca a los que empezamos ahora», asegura.

Incluso pensó en una explotación estabulada con merinas, pero echó cuentas y los beneficios quedaban muy lejos. Apenas dan leche y sus borregos se crían peor en la nodriza sin madres.

Apuesta definitiva por la raza francesa de la que tanto presumen los ganaderos galos y los del norte de España. En su plan de trabajo hay tres pilares: acertar en el renuevo, la alimentación y el manejo. En su cabaña se quedan solo las hembras de las madres más productoras. También acude a ganaderías selectas.

Tras mucho probar y llevarse más de un disgusto, José Antonio ha encontrado en una explotación de Villalpando, en Zamora, su caladero donde pescar. «Me inspira confianza y eso hoy en este sector que todo el mundo cree que tiene las mejores ovejas es difícil».

Los machos que se trajeron de Zamora le constaron 400 euros más la guía y el transporte. El abanico del ganado gourmet es muy amplio. Basta rastrear algunas ofertas en Internet para encontrar partidas de ochocientos euros por cabeza. En Francia, algunos sementales de lacaune salen a mil euros.

La inseminación artificial puede ser otra vía. Pero tampoco resulta barata. No todas las ovejas que se cubren con semen congelado de carnero se quedan preñadas. No hay garantías, pero solo a base de mejorar se consigue una cabaña competitiva.

En este sistema intensivo, las cuentas salen cuando cada animal aporta, de media, seiscientos litros de leche al año. Hay explotaciones en Francia y en Zamora que llegan a ese volumen, pero en la zona de la Serena todavía queda muy lejos. José Antonio recuerda que el primer año que empezó sacó 300 litros por cada una.

Ahora se acerca a los cuatrocientos, pero cree que si sigue afinando en las añadas puede conseguir quinientos por cada una.

Ovejas de raza lacaune entre los comedores.
Ovejas de raza lacaune entre los comedores. / J. M. Romero.

Hay que producir tanto porque el precio de la leche se ha desplomado. La sobreproducción de leche de vaca arrastró hace tres años a la de cabra y más tarde a la de oveja. Hay un resquicio de esperanza por la evolución de los últimos meses. Se recupera lentamente, aunque todavía muy lejos del umbral de lo aceptable.

La horquilla se ha movido entre los 72 céntimos por litro actuales hasta los 85 de la época boyante. El suelo se quedó en 67 céntimos a finales del año pasado. La industria láctea no compra a un precio medio, depende de la cantidad -en otoño cuesta más porque hay menos que en primavera- y la calidad -según los rendimientos en grasa y proteína-.

Para evitar la tentación de echar agua, los industriales pagan solo por la suma de grasa y proteína en cada litro, lo que en el mercado se llama el extracto. Las ovejas no producen siempre la misma cantidad de grasa y proteína.

En invierno dan mejores índices porque metabolizan más grasa para protegerse. La calidad baja también durante la gestación.

Los pastores en intensivo tienen que dar con el equilibrio entre tantos condicionantes y luchar a veces contra precios demasiado bajos. «Aquí es donde deberían intervenir las administraciones. Se tendría que garantizar un precio mínimo por ley para que al menos no te cueste más producir que vender».

Llegar a fin de mes sin entrar en número rojos depende también del gasto en alimentación. Para llenar las ubres de leche primero hay que llenar los comedores. Y no vale cualquier cosa. Tirar por lo barato y cargar las tablas de paja y heno hunde la producción. Ni tan siquiera con cereales remontan. José Antonio recuerda sus errores de principiante. El desembolso y la inversión inicial le dejaron casi sin reservas para pienso y durante meses se sostuvo con lo mínimo.

Los resultados le llevaron a ponerse en mano de un nutrólogo animal. Ahora comen una mezcla medida y calculada para cada estación del año y de gestación del animal a base de alfalfa, soja, maíz, semilla de algodón, cebada y avena.

En el manejo diario en la explotación no hay más receta que no levantar los ojos de los animales. Hay que estar a primera hora de la mañana en la nave y no moverse hasta la noche. El pastor debe garantizar camas de paja seca a diario y vigilar la salud de cada una de sus lecheras.

Los animales en alta producción suelen sufrir muchos problemas en las mamas y conviene prevenirlos curando con yodo los pezones.

Al primer síntoma de animal enfermo hay que aislar para evitar contagios. Vigilancia constante. No exagera José Antonio cuando dice que esto no se parece en nada al pastoreo con las merinas por los pastos de cereal. Es un plan B.