Huertos de alquiler a 15 minutos del centro de Badajoz

María José Paulino revisa y arregla su huerto. :: j. v. arnelas

Un empresario pacense arrienda las siete hectáreas de parcela familiar por partes para sacarle un mayor rédito

JAIME PANADERO

Ángela Silvestre y su hijo José Miguel Chico disponían de siete hectáreas de terreno arrendadas a las que no sacaban mucho rendimiento económico. A principios del año pasado quisieron innovar y descubrieron el mundo de los huertos de ocio.

Situado en el kilómetro uno de la carretera de Badajoz a Campomayor, el terreno de la familia era un antiguo desguace de vehículos agrícolas del que tuvieron que deshacerse. Sin ningún otro uso que darle, lo tenían arrendado a un vecino por contratos de un año para el cultivo de cereal, pero no era suficiente.

«Al ser pocas hectáreas no nos generaba mucho beneficio, por lo que empezamos a pensar en otras vías alternativas para aprovecharlas», asegura José Miguel Chico, promotor de la iniciativa.

«El sabor no tiene nada que ver con el de los supermercados», dicen los usuarios

Buscaron una forma diferente de explotar la tierra para sacarle más rédito. Cultivar sus propios productos nunca fue una opción para ellos. «Yo nunca he sido agricultor y necesitaría una maquinaria más pesada y unos conocimientos más profundos de los que tengo, por eso siempre alquilábamos el terreno», reconoce.

Así, se le ocurrió que podían fraccionarlo en parcelas más pequeñas y arrendar cada una de ellas a una persona. «Fue ahí cuando decidí buscar en internet para ver si había algo parecido y descubrí los huertos de ocio. Estuve informándome y ya existían en muchísimas ciudades», señala.

Los huertos de ocio o familiares son microparcelas de cultivo dirigidos a aquellas personas que estén interesadas en sembrar y recolectar sus propios productos y que no dispongan de espacio para ello. El arrendador cede una parte de su terreno, junto a las herramientas necesarias y abastecimiento de agua.

Si fuera necesario, el agricultor en cuestión también puede asesorar a sus usuarios sobre las técnicas básicas de cultivo en el caso de que no se tenga experiencia previa.

José Miguel Chico siguió navegando por diferentes páginas web y tomando ideas para crear su propio proyecto. Se fijó en los modelos implantados en otros municipios y consultó con sus familiares cómo llevarlo a cabo. Era una idea original, pero también arriesgada, porque no existía nada parecido en la región. «Teníamos claro que el precio debía ser muy bajo, para atraer a la gente a que viniera y probara, porque estábamos seguros de que a muchos les gustaría», apunta Chico.

Se ofrecen también parcelas acondicionadas como corrales para alojar y criar gallinas

Dudaron del precio inicial, incluso contemplaron la posibilidad de ofrecer el servicio de forma gratuita durante unos meses. Finalmente, decidieron poner el alquiler mensual de cada parcela a diez euros.

La iniciativa empezó a funcionar en los meses primaverales del año pasado. En los primeros meses, ya eran varios los huertos instalados.

Poco después, José Miguel pensó que podía ampliar el negocio y ofrecer también el arrendamiento de gallineros.

La extensión de los corrales es la misma que para los huertos. «En ellos ofrecemos un gallinero de madera y abastecimiento de agua, por lo que los usuarios sólo tienen que traer sus gallinas», asegura.

Hasta el momento, los huertos están teniendo más éxitos que los corrales. Chico cree que se debe a que los gallineros necesitan más atención. «Casi todos los días hay que pasarse a revisarlos para recoger los huevos. Es más sacrificado», garantiza.

En cuanto a los usuarios, Chico asegura que los hay de todo tipo: «Viene gente en paro, jubilados, jóvenes...». Ellos se muestran encantados con la iniciativa. Ángel García y Aurelio Álvez son algunos de los arrendatarios de los huertos. «Decidí alquilar uno para entretenerme y tener productos cosechados por mí», afirma Álvez.

El hecho de que los cultivos sean ecológicos es otro de los motivos que llevan a muchos a sumarse al proyecto.

José Miguel Chico posa junto a dos productos recogidos de uno de los huertos.
José Miguel Chico posa junto a dos productos recogidos de uno de los huertos. / J. V. Arnelas

Los productos más frecuentes en estos huertos son tomates, pimientos, sandías o melones. Sus propietarios suelen pasarse casi a diario, a primera hora de la mañana o última de la tarde, cuando el calor deja de apretar.

«Ahora sé que lo que como no lleva pesticidas ni insecticidas. Y el sabor no tiene nada que ver con el de los supermercados», manifiesta María José Paulino, otra de las inquilinas.

«Y es una buena forma de entretenerte al aire libre. A mí me ha servido como terapia para superar la muerte de mi padre», añade.

El futuro del proyecto aún es una incógnita. «El primer año nos lanzamos a hacerlo a modo de experimento, para comprobar si tenía aceptación o no. Este año parece que empieza a subir, pero muy lentamente. Realmente estamos todavía en una fase de desarrollo en la que todavía no sabemos si va a funcionar o no», apunta.

José Miguel Chico supervisa uno de los gallineros que tiene alquilados.
José Miguel Chico supervisa uno de los gallineros que tiene alquilados. / J. V. Arnelas

El precio de los huertos formaba parte de la promoción inicial, pero se modificará con el cambio de año. «A partir de 2019, el metro cuadrado pasará a valer un euro, porque el precio actual no se puede mantener. No llega casi ni para cubrir gastos, pero habrá que ver cómo responde la gente», asegura el organizador.

En estos momentos, la familia cuenta con 60 inquilinos entre huertos y gallineros, pero el objetivo es mucho más alto. «Nos gustaría tener por lo menos 150 o 200 para que fuera rentable», se lamenta.

Ante la posibilidad de que el proyecto pueda extenderse por la ciudad o la región, José Miguel Chico duda de su viabilidad: «No sé si habrá la demanda suficiente para que esto funcione a mayor escala. Todavía hace falta tiempo para consolidarse».

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