La futura política del agua, todavía verde

El Libro Verde de la Gobernanza del Agua en España propone la reducción del consumo, pero apenas cuenta con el sector del regadío, que es responsable del 75% de la demanda en nuestro país

JUAN QUINTANA

El Libro Verde de la Gobernanza del Agua en España es uno de los proyectos más mediáticos que abandera el Ministerio para la Transición Ecológica. Por el momento, está en fase de borrador y le queda un amplio recorrido, pero por lo que se vislumbra, todavía está muy verde, haciendo honor a su nombre; y lo está tanto en el fondo como en la forma, con varios asuntos que preocupan, al menos desde una perspectiva agraria.

En todo caso es justo destacar que nace con un objetivo sensato y necesario, como es planificar un cambio en la política hidrológica en un momento en el que el cambio climático está alterando las reglas del juego.

La filosofía del Ministerio es que no hay que centrarse en la distribución de los recursos hídricos, ya que el paradigma ha cambiado y el objetivo ahora es reducir el consumo. Para ello, pone el foco en el sector agrario que, efectivamente, es responsable del 75% de la demanda de agua en España. El problema es que para reducir el consumo hay dos caminos principales: reducir la actividad agraria de regadío, o mejorar la eficiencia de nuestros sistemas de riego. Por el momento, parece que el Ministerio ha optado por promover la reducción del consumo mediante una subida del coste del agua, que por cierto, se añadiría a la compleja tarifación eléctrica para los regadíos, que eleva de forma sustancial los gastos de explotación de la empresa agraria. ¿Es eso lo que queremos?

Hay que recordar que uno de nuestros buques insignias es el hortofruticultura, muy necesitada de sol, del que andamos sobrados en buena parte de nuestro país, pero sobre todo, de agua. Por otro lado, la posible subida de precio de este imprescindible input se une al mencionado encarecimiento de la tarifa eléctrica. Un exceso en ambos inputs que puede formar un importante cuello de botella para este sector.

El gran problema es que para diseñar este plan, el Ministerio ha contado con treinta y dos expertos, de los que solo dos pertenecen al sector del regadío, siendo el resto mayoritariamente de ámbito medioambiental. Llama poderosamente la atención que solo un 6% de los planificadores provengan de un sector que consume el 75% del recurso evaluado. Por cierto, que es más que posible que esto no hubiera sucedido si los ministerios de agricultura y de medio ambiente no se hubieran separado. Pero ya se sabe que, con carácter general y desacertadamente, el colectivo medioambientalista no suele hacer buenas migas con el sector agrario.

Sin poner en cuestión que el cambio climático puede provocar a medio plazo que cuencas excedentarias en agua tengan limitaciones en el futuro, está claro que por el momento se echa en falta una verdadera estrategia de mejoras en infraestructuras hídricas y agrarias, algo que parece no ser prioritario. Entre ellas, trasvases desde cuencas excedentarias, que por supuesto solo se realizarían en los momentos en que el caudal hidrológico lo permitiera; la desalación, en aquellos territorios donde no sea viable el almacenaje o trasvase de agua; la mejora de la red de embalses y, por supuesto, la mejora de las infraestructuras de regadío, todavía con un enorme recorrido. Sobre este asunto el Plan Director de Regadíos es una herramienta clave que es necesario impulsar. Una iniciativa cuyo objetivo es modernizar 800.000 hectáreas.

La Federación Nacional de Comunidades de Regantes (Fenacore) observa con escepticismo lo que está pasando. Se quejan, y no les falta razón, de que en un asunto clave desde una perspectiva medioambiental, y también de relevancia económica, todavía la ministra no les haya escuchado. Ahora solo queda esperar a ver qué cambios se producen en el gobierno y, bien que con esta ministra o con quien ocupe su cartera, se pueda reconducir el tema.