Fumata blanca en Zahínos

Tras varios años de espera, los hornos del pueblo han conseguido las autorizaciones ambientales para seguir quemando carbón vegetal

Un carbonero de Zahínos cubre con arena el horno en el que quema la leña. :: /J.M. ROMERO
Un carbonero de Zahínos cubre con arena el horno en el que quema la leña. :: / J.M. ROMERO
Antonio Gilgado
ANTONIO GILGADOBadajoz

La Agencia Tributaria ha puesto a Zahínos en el mapa. En su informe anual de rentas medias por municipios, este pueblo de la Sierra Suroeste ocupa el farolillo rojo. Conclusión. Cada pocos meses los vecinos se topan con algún equipo de reporteros interesados en contar la vida de los pobres.

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Al girar por la EX-112 y serpentear por la provincial que cruza los encinares resulta fácil cruzarse con trailers cargados de troncos de eucaliptos o remolques de leña. En las cunetas se amontona el carbón y los hornos levantan columnas de humo en el horizonte. Chirría el contraste en el corazón de la dehesa más poblada de encinas del sur de Europa. En el punto con menor renta media se respira -literalmente- una intensa actividad industrial.

José Rangel da algunas razones para entender la antítesis. Este ingeniero abrió una asesoría técnica en el pueblo y tramita desde el año 2008 los expedientes para legalizar los hornos de carbón vegetal de Zahínos. Más de la mitad ya ha salido del ostracismo, el resto no tardará porque todos cuentan con autorización ambiental unificada. El proceso, explica, lleva su tiempo. Muchos viajes a Mérida, muchas reuniones con representantes de la Junta y estudiar al detalle cada instalación. Las carboneras necesitan casi tanta documentación como una refinería de petróleo por sus elevadas emisiones de monóxido de carbono.

 «Hay que agradecer la predisposición de la administración con el problema»

«Hay que agradecer la predisposición de la administración con el problema» José Rangel | Ingeniero técnico

Rangel pone número a la actividad: en este pueblo de 2.850 vecinos hay 86 hornos quemando leña para hacer carbón. Si se suman los 33 de Higuera de Vargas, los 18 de Oliva y los seis de Jerez, en un radio de 15 kilómetros cuecen en 143 instalaciones. Alimentarlos durante todo el año requiere 250 puestos de trabajos directos y 40.000 jornales cargando leña en verano o podándola en otoño. Los salarios en el campo no pasan de 50 euros el día y los carboneros son empresarios que sacan para vivir sin lujos. No hay millonarios que tiren de la media municipal hacia arriba.

El carbón es un sector relativamente reciente. Hace veinte años apenas había tres o cuatro vecinos que empezaron prendiendo en el suelo. Les bastaba un poco de paja y tierra para cubrir la hoguera y trabajaban en la pira a mano. Una forma de ganarse la vida en una zona muy limitada industrialmente por la protección de la dehesa. Lejos de la siderúrgica de Gallardo y de los frutales de Olivenza tenían las encinas en la puerta de casa y había que sacarle algún partido. Se ofrecían como podadores a los propietarios de las fincas, se llevaban la leña por el trabajo y la convertían en carbón. Esos inicios los recuerda sin mucha nostalgia Juan Rodríguez Díaz. Debutó con los tizones a los trece años acompañando a su padre. Entonces, sacaban 500.000 kilos al año y podían vivir con lo que ganaban. Hoy produce cuatro millones de kilos anuales en sus siete hornos de ladrillos de mampostería y chapa. Y las cuentas casi no le salen. Se acabó la materia prima gratis. Ya no quedan encinares cercanos por podar y tienen que surtirse de las ramas de eucaliptos que se cortan a más de cien kilómetros. El precio sigue subiendo -ahora se vende a siete céntimos el kilo- porque las plantas de biomasa también demandan madera.

Un tractor apila la leña de eucalipto que llega a la instalación
Un tractor apila la leña de eucalipto que llega a la instalación / J.M. ROMERO

Juan llena sus siete hornos a diario, cierra las puertas, les da fuego con un trozo de papel y gasolina, abre algunos respiraderos en el techo de chapa para que entre oxígeno y deja la leña cociéndose durante cuarenta y ocho horas a más de 300 grados. Con la madera reducida a carbón, vacía los depósitos y extiende las trizas negras bajo techo para que se enfríen. En esta última fase toca vigilancia permanente. Siempre quedan tizones ardiendo que pueden avivar las llamas y dejarlo todo en un manto de ceniza. Cuando Juan habla de un trabajo que exige 24 horas diarias no exagera. Su jornada arranca a las seis de la mañana -a las cinco en verano- y termina a las once de la noche. Ya en casa, el móvil le suena cada dos horas. A través de una aplicación conectada a las cámaras de la nave, comprueba que el carbón enfriándose en el suelo no se ha prendido. Más de una vez ha tenido que saltar de la cama de madrugada por alguna estaca encendida. «Con el tiempo te acostumbras, pero renuncias a dormir tranquilo para siempre». Mueve mucho volumen, pero sabe que no puede permitirse el lujo de perder ni un solo gramo de producción. Para conseguir un kilo de carbón necesita cuatro y medio de troncos. Si la madera ya te vale 7 céntimos el kilo, la rentabilidad llega si el carbón no baja de los de 28 céntimos. De momento, este año cotiza a entre 30 y 40 céntimos. Los carboneros juegan en el límite de la navaja. A base de créditos para comprar leña que después tienen que pagar con los beneficios. Y por si fuera difícil cuadrar los números, en invierno, con la humedad, las heladas y el frío la combustión se reduce. Algunas partidas salen a una proporción de seis kilos a uno. «Nuestro negocio depende del volumen, en mover muchos kilos de material y en aprovechar todo lo que podemos en primavera y verano. De mayo a octubre estamos todo el día sin parar».

A los carboneros no les renta cocer. Algunos paran en invierno pero otros mantienen la actividad porque tienen firmados contratos de suministro con clientes. Juan, por ejemplo vende el cien por cien de lo que quema a un envasador que suministra a una cadena nacional de supermercados.

Si el negocio viene por el volumen, hay que acarrear mucha leña de donde se pueda, cocer sin parar y darle pronto salida. La producción de carbón vegetal ha pasado de algo familiar y temporal a industrializarse. En estos veinte años se han multiplicado los hornos y la capacidad de producción. Y ahora toca lo más complicado. Dotar a este sector de la seguridad jurídica necesaria para seguir operando. Toda instalación industrial necesita un cumplimiento ambiental y urbanístico. En el apartado urbanístico hay que conseguir que una actividad industrial se pueda desarrollar en suelo rústico. Hay que solicitar la calificación urbanística para que pueda soportarla y cumplir con la ley extremeña del suelo. En el caso de Zahínos, se trata de parcelas pequeñas y la inmensa mayoría se concentra en dos o tres kilómetros. En el planeamiento inicial, la norma exige un distanciamiento para no concentrar la emisión de contaminantes en poco espacio. José Rangel recuerda que una batalla clave fue la modificación puntual de la norma que recogía el carácter excepcional de Zahínos.

Llenado del horno antes de prenderle fuego
Llenado del horno antes de prenderle fuego / J.M. Romero

Se tuvo en cuenta su tradición carbonera y que las leyes de protección de la dehesa y de la zona zepa invalidan muchas alternativas económicas. En el entorno de Zahínos pueden seguir operando las carboneras sin tener en cuenta el requisito de distanciamiento. El carbón abarca una masa laboral de difícil encaje en los pueblos: los jóvenes poco cualificados. «Sin el carbón y la leña, muchos se habrían ido del pueblo hace tiempo. Ahora algunos se plantean ampliar la carbonera del padre o trabajar en la que se están abriendo», explica Rangel, que valora la predisposición de la administración local y autonómica para dar una salida al problema.

«Yo siempre les digo cuando iniciamos algún expediente que son los niños bonitos de la Administración». Aunque hay otras zonas de la región como Cordobilla de Lácara, Puebla de Obando o Navalmoral de la Mata en las que también se produce carbón vegetal, la ley extremeña ha tenido en cuenta la singularidad de Zahínos, según ha comprobado Rangel tras casi una década estudiando cada instrucción y reglamento que regula el sector.

En el pueblo esperan que con el paso del tiempo se hable menos de su renta media y más de su carbón. Y para eso hace falta la regulación plena del sector. Ponerse al día requiere muchos expedientes ambientales. La transmutación de la leña en carbón deja un rastro voluminoso de monóxido de carbono, óxido de nitrógeno o dióxido de azufre en el aire. La normativa de emisiones se ha ido actualizado y muchas carboneras de otras comunidades autónomas han tenido que cerrar por sobrepasar los niveles.

En Extremadura, en cambio, se ha hecho una interpretación más flexible de este Real Decreto. José Rangel explica la diferencia. A través de las nuevas mediciones, otras comunidades autónomas impone a los carboneros que sobrepasan los valores de emisión que pongan un filtro o cierren por contaminantes. El filtro es técnicamente muy complejo para este tipo de instalación y económicamente inviable. Muchos desisten. En Extremadura, en cambio, no se valora la emisión, sino la inmisión que llega al suelo urbano más cercano. La interpretación regional se centra en proteger la calidad del aire de Zahínos.

Arrastre en el suelo para enfriarlo durante dos días
Arrastre en el suelo para enfriarlo durante dos días / J.M. ROMERO

El aire que se respira en el pueblo no debe superar los 10 miligramos por metro cúbico de monóxido de carbono. Las mediciones que se hicieron este verano, explica Rangel, quedaban muy lejos.

El humo de los hornos es muy volátil, se diluye a los pocos metros y no llega al pueblo. Para determinar todos estos valores, los carboneros presentan en su documentación un modelo de emisión de contaminantes. Se trata de un sistema matemático creado por la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos que simula los procesos físicos y químicos de los contaminantes cuando se dispersan en la atmósfera.

La ecuación matemática que calcula estos parámetros incluye la emisión real, la topografía del terreno o las condiciones climatológicas para calcular su efecto en la calidad del aire.

 

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