Etiquetados al servicio del consumidor

Hay muchos productos pendientes de disponer de una norma de etiquetado que les permita dar una mejor información al consumidor, conseguir una mayor transparencia en el mercado o mejorar su competitividad: la miel, el vino, la aceituna de mesa, la patata...

JUAN QUINTANA

Recientemente se ha aprobado la norma del etiquetado para el sector lácteo, que obliga a especificar el lugar de origen de la leche y el de transformación, entre otros asuntos. Pero como bien recordaba la pasada semana J.J. Ríos en Efeagro, hay otros muchos productos que están pendientes de disponer de una norma de etiquetado que les permita dar una mejor información al consumidor, conseguir una mayor transparencia en el mercado o mejorar su competitividad.

Un caso muy paradigmático es el de la miel, sometida a la potente presión comercial de la miel china que, con una sustancial diferencia de calidad y un dudoso control sanitario en origen, entra a precios muy bajos en Europa y surte masivamente a buena parte de la industria. Para la industria este etiquetado supone un riesgo, ya que el consumidor podría cambiar su hábito de consumo y optar por mieles autóctonas y mejor trazadas, aunque con un coste más elevado. Pero no solo eso, también sería necesario saber si la miel ha sido o no sometida a un tratamiento térmico como la pasteurización, que le hace perder aromas y contenido enzimático, eliminando también la cristalización. Son características intrínsecas y relevantes para muchos de los consumidores de miel, que presuponen que es un alimento producido por las abejas y con muy poca o ninguna transformación. Sobre estos tratamientos ya se informa en otros alimentos, por ejemplo en los envases de leche, que muestran bien claro si ha sido sometida a procesos UHT, uperisación, esterilización o pasteurización.

No solo la miel está en lista de espera, el propio vino tiene un interesante debate abierto. Los vinos se consideran alimentos, al igual que la cerveza; un logro del propio sector que así consigue diferenciar las bebidas fermentadas de las destiladas y que tiene ventajas impositivas. Pero como alimento, ahora se les requiere un etiquetado más detallado que, por ejemplo, muestre el contenido calórico, que lo tiene, al igual que contiene nutrientes. Cierto es que en este caso la información no favorece al sector, pero no por la cantidad de calorías que aporta sino por la mala interpretación que puede hacer el consumidor. Me explico, un vino tiene más o menos contenido calórico en función del grado alcohólico, con lo que será diferente entre uno y otro tipo. Por ejemplo, una copa de crianza puede aportar alrededor de 75 kilocalorías y un blanco 70, lo que supone aproximadamente entre el 2,5 y el 3,5% de la aportación diaria recomendada.

En el caso de la aceituna de mesa la preocupación es otra, ya que la variedad es un factor todavía por descubrir por una buena parte de los consumidores y debería ser conocida, al igual que sucede con los vinos. El etiquetado de origen es también una carencia, no solo por este aspecto, sino porque existen conocidos territorios con nombre propio en donde no todo lo que se envasa como aceituna de mesa es producción local, insuficiente para surtir a la industria de encurtido. Al menos las identificaciones geográficas de calidad son parapetos que frenan este problema desinformativo, aunque hoy por hoy no cubren todas las zonas productoras ni obligan a todos los productores de la zonas a pertenecer a los consejos que las regulan.

Otro caso muy emblemático es la patata. Nuestra patata joven necesita defenderse de la patata vieja conservada en cámara, mucha de ella proveniente de importaciones francesas. Con carácter general el consumidor, poco acostumbrado a buscar el etiquetado en este producto no conoce esta diferencia y suele optar por aquella con un envasado más atractivo o un aspecto más limpio y regular. En un producto con tan poco margen comercial y sometido a intensos dientes de sierra, es necesario el etiquetado en origen y también el de almacenaje. Este avance proporcionaría una importante ayuda al productor nacional y optimizaría la toma de decisión del consumidor.

Son solo algunos ejemplos de los muchos que se podrían enumerar y que muestran el todavía largo camino por recorrer para que el consumidor pueda acceder en el mismo envase a una información clara, útil y proporcionada.

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