Escasez hídrica a la vuelta de la esquina

El cambio climático es como un camión que empieza a caer cuesta abajo sin frenos. Cada vez aumenta más la velocidad, y si bien al principio es posible retenerlo, según acelera se convierte en un reto más complicado hacerlo

JUAN QUINTANA

El cambio climático es, sino la principal, seguro una de las más importantes amenazas para el futuro de nuestro planeta. Por supuesto y estrechamente relacionado, también para el del sector agrario. Dentro de los factores más sensibles, la disponibilidad hídrica es clave, no solo para la sostenibilidad de los ecosistemas y de los recursos naturales en su conjunto, sino también para garantizar la suficiencia alimentaria. El gran problema es que la disponibilidad y distribución de recursos hídricos puede verse alterada de forma sustancial en las próximas décadas.

De acuerdo con los datos del Centro de Estudios y Experimentación de Obras Públicas, en España se producirá una disminución hídrica antes de finales de siglo, que oscilará entre el 24 y 40% Así lo recordó el Secretario de Estado de Medio Ambiente Hugo Morán, en el reciente Foro del Agua organizado por el grupo Vocento y el diario ABC. Por otro lado, los informes científicos del Panel Internacional del Cambio Climático (IPCC) han alertado de los efectos dramáticos que podría tener para el arco mediterráneo la subida de solo dos grados en la temperatura media de la atmósfera. También en el Foro Económico de Davos (Suiza) reunido el pasado mes de enero, se incluyó la reducción de recursos hídricos como uno de los grandes riesgos mundiales.

Este horizonte, hacia el que desgraciadamente nos dirigimos, va a suponer un enorme reto hidrológico para el que, por el momento, no estamos preparados, ni siquiera cerca de conseguirlo. La aceleración en el proceso de desertificación cambiaría el modelo agrario de nuestro país, desapareciendo tierras fértiles, desajustándose la fenología de los cultivos, tanto leñosos como herbáceos, en particular en aquellos casos en los que la mejora genética no haya hecho posible adaptarlos a las nuevas exigencias climatológicas.

Además, la optimización en la explotación de los recursos hídricos disponibles es clave. Con mucha probabilidad será necesario redistribuir agua entre diferentes cuencas, retomando la política de grandes trasvases de las del norte a las más meridionales, potenciar y mejorar la desalación como actividad complementaria, mejorar los sistemas de riego y la gestión realizada por las comunidades de regantes, etc. Y más allá de estas estrategias de manejo de los recursos existentes, solo la mejora de las tecnologías de riego, la mejora genética, la reutilización, etc., podrán contribuir a corregir una situación que se anticipa dramática. Hay que considerar que la escasez de agua también genera un importante aumento de la salinidad de los suelos, un problema que avanza de forma acelerada en muchas zonas de España. En particular sucede en aquellos menos permeables, lo que les hace perder fertilidad y los convierte en eriales.

La escasez de agua, no será solo un problema para la agricultura, sino también para la ganadería, necesitada de este líquido elemento para el consumo de los animales, pero también para el saneamiento, la higiene, y para el crecimiento de los pastos.

En definitiva, no se trata de ser alarmistas, pero el impacto del cambio climático y de la previsible reducción hídrica, es como un camión que empieza a caer cuesta abajo sin frenos. Cada vez aumenta la velocidad y si bien al principio es posible retenerlo, según acelera, se convierte en un reto hercúleo; y todavía más si pretendemos volver a llevarlo al punto de partida. Solo teniendo las herramientas y la maquinaria a punto, podríamos frenarlo antes de que colisione, llevándose por delante todo lo que encuentre a su paso. Este es el verdadero reto de agro para los políticos, para la ciencia y para la sociedad en su conjunto.