El corcho sí quiere lluvia en primavera

Las precipitaciones de los últimos meses han salvado la campaña del sector, que ya veía difícil recoger la producción en el presente año

La extracción del corcho se realiza intentando no dañar el árbol y con los menores cortes posibles para que las planchas sean más extensas. :: arnelas
José M. Martín
JOSÉ M. MARTÍN

C omo si de una plaga se tratase. Al paso de las cuadrillas, los troncos de los alcornoques quedan desnudos y muestran su capa madre de un color marrón claro que contrasta con los tonos oscuros que en esta época del año tiene la dehesa extremeña. Sin embargo, el trabajo que realizan los profesionales de 'la saca' del corcho es necesario para los árboles y positivo para el mantenimiento y rentabilidad del bosque mediterráneo.

'La pela', como también se denomina a la extracción, comenzó en la tercera semana de junio y dura algo más de un mes, entre 30 y 35 días, dependiendo del año. En el presente, las lluvias primaverales han venido muy bien al sector corchero, que veía difícil la recogida de producción ante la escasez de precipitaciones producidas hasta entonces. «El corcho no se hace en un año y la calidad depende de todo el periodo en el que se forma, pero sin lluvias en la última primavera es difícil de extraer y se puede dañar el árbol», advierte Juan Antonio García, presidente de la cooperativa La Benéfica, de Oliva de la Frontera, de cuya finca saldrán esta campaña más de 240 toneladas de corcho. La climatología más adecuada para esta producción debe contar con «primaveras y otoños lluviosos y ahora un poco más de calor que el que está haciendo», manifiesta García.

Las planchas procedentes del campo se extienden para que comience el secado
Las planchas procedentes del campo se extienden para que comience el secado / J.V. ARNELAS

Respetar al máximo los alcornoques es la misión principal de los trabajadores a la hora de retirar la corcha, como se refieren los trabajadores al recubrimiento del árbol. «Las heridas en la capa madre harán que en esas zonas no se regenere bien el corcho», detalla Nino Nogales, guarda de la finca.

Un hacha con la parte final del mango en forma de pala es la herramienta indispensable para 'la saca'. La 'hurga', palo largo con el que se ayuda a separar el corcho del tronco en las partes más altas el árbol, y una escalera son los complementos que llevan todos los miembros de la cuadrilla. A la hora de trabajar se sitúan dos personas por alcornoque.

El objetivo a la hora de la extracción es que sean piezas lo más extensas posible. «Los trozos pequeños valen menos», indica Manolo Pinilla, capataz de una de las cuadrillas, que lleva 40 años trabajando en el sector.

«El precio de esta campaña es un récord para nosotros; estamos vendiendo a 152 euros el quintal (46 kilos)»

«El precio de esta campaña es un récord para nosotros; estamos vendiendo a 152 euros el quintal (46 kilos)» Juan Antonio García | Presidente de La Benéfica

Los golpes con el hacha deben ser cuidadosos, para no llegar al tronco, y realizar pocos cortes. A través de ellos, se introduce el mango -o la 'hurga' en las partes más altas- y se separa la capa protectora.

Si los árboles son rectos, las condiciones son propicias y los sacadores tienen experiencia, en menos de cinco minutos las corchas están amontonadas en el suelo esperando a que llegue el tractor. Antes, se acercará un miembro de la cuadrilla que se mueve entre las parejas. Es el 'rajaor', que portando una afilada navaja realiza los cortes necesarios en las planchas. Por último, la base de los árboles descorchados se sulfata «para evitar la aparición de hormigas o de la culebrilla del corcho», comenta Nogales.

Los tractores portan la producción a la zona de secado, donde espera a ser cargada en los camiones que la dirigirán a la industria.

Cada nueve años

Una de las particularidades que tiene 'la saca' es que solo se realiza una vez cada nueve años. Este es el tiempo que tarda un alcornoque en volver a crear la capa protectora alrededor de su tronco.

Además, tienen que pasar más de tres décadas desde que se plantan hasta que a estos árboles se les puede retirar el bornizo, el primer corcho que producen. Estos periodos tan largos suponen que los alcornocales necesiten otro aprovechamiento agrario para ser rentables. Por ese motivo, un alto porcentaje de las fincas tienen ganado, algo que incide negativamente en la producción corchera, según los industriales.

El corcho se corta y selecciona antes de dirigirse a la industria
El corcho se corta y selecciona antes de dirigirse a la industria / J.V. ARNELAS

«La calidad del corcho la marca, principalmente, el grosor y que los poros sean pequeños», indica Joaquín Bejarano, industrial del sector. «Es lógico que las fincas tengan animales para buscar su rentabilidad, pero hemos detectado, a lo largo de los años, que los poros son más abiertos en las zonas donde hay más ganado», apostilla.

La suciedad del monte es otro de los aspectos que incide de manera directa en la calidad del producto recogido. Una finca limpia y cuidada tendrá árboles más sanos y el corcho será mejor. En este sentido, Bejarano expone que hay algunas zonas en las que los alcornocales están en condiciones cada vez peores. «Como es un producto que se saca cada nueve años, hay muchos propietarios que no hacen mejoras», insiste.

La primera selección de la materia prima se realiza mientras se prepara para su transporte. En este punto, el sonido de la motosierra no cesa. Las partes inferiores de las corchas se retiran de las planchas y se sitúan junto a los pequeños trozos de corcho y el bornizo para ser trasladados a los molinos, ya que no tienen utilidad en la industria taponera -a la que se dirige la inmensa mayoría de las planchas- y serán triturados para otros procesos de transformación. «Las garras, que son la parte que está en contacto con el suelo, no sirven para hacer tapones porque pueden transmitir enfermedades a la plancha», comenta Bejarano, cuya empresa se dedica a preparar las planchas de las que luego saldrán los tapones.

El precio de la materia prima está muy relacionado con la calidad de la misma y el calibre. Se vende al peso, en una horquilla que se mueve entre los 60 y los 150 euros el quintal, que son 46 kilogramos. «En fábrica hacemos hasta 15 clases distintas», relata el industrial para explicar esa variedad.

Por su parte, los responsables de la cooperativa están satisfechos con los precios de la campaña. «Este año hemos alcanzado una cifra récord y nos han pagado las planchas a 152 euros el quintal», reconoce García.

La última selección del corcho que se realiza en el campo tiene lugar en el momento de subir el producto en los camiones. Los trabajadores de las empresas que compran las planchas hacen una última revisión de las mismas a la vez que las ubican en los remolques.

Para aprovechar al máximo los trayectos con los camiones, es necesario colocar la carga de manera que ocupe el menor espacio posible. «Es un arte», dice el guarda de la finca mientras observa como se va lanzando el corcho, pieza por pieza, a las personas que están sobre la montaña de planchas.

Las cuadrillas se reparten en dos personas por cada árbol
Las cuadrillas se reparten en dos personas por cada árbol / J.V. ARNELAS

Los cargadores son también los encargados de apretar la materia comprada con unos grandes palos de madera, atarla con unas sogas y cubrirla con una red. De esta forma, se pretende que no caiga nada a la carretera durante el trayecto y ajustarse a la altura máxima de cuatro metros que debe tener el vehículo. «Si está bien colocada, y por eso traemos a nuestros trabajadores, no se mueve nada», en palabras de Bejarano.

Al llegar a la industria, las planchas deberán esperar un par de meses antes de iniciar el proceso de transformación que terminará con el corcho convertido en tapones.

 

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